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“El lector de Julio Verne” de Almudena Grandes, dando voz a un pasado silenciado

El tercero de los “Episodios de una guerra interminable” de la brillante discípula de Benito Pérez Galdós es una historia tan completa y una lectura tan apasionante, no solo como el título anterior de la saga –“Inés y la alegría”- sino como cualquiera de sus otras novelas. Un emocionante viaje a la España rural, al retroceso franquista, a la guerra sorda de los años 40, a esa Historia (con mayúsculas) silenciada y a la que Almudena le da una voz fuerte y rotunda con la que ser conocida, reconocida y visibilizada.

ElLectorDeJulioVerne

Apenas conocí a Nino, el canijo de nueve años que en unos meses en su mundo, y unas decenas de páginas en el mío, comienza a leer a Julio Verne, vino a mi memoria el Daniel “el Mochuelo” de “El camino” de Miguel Delibes (1950). Seis décadas median entre estos dos chavales, además del estilo propio de cada autor, que nos dicen mucho sobre la manera de mirar a aquellos tiempos en que en demasiadas ocasiones no se recordaba lo que se veía ni se decía lo que se pensaba. Mientras Delibes plasmaba una visión de descubrimiento, de conocimiento sensorial, casi una descripción etnográfica, Grandes expresa una búsqueda de la verdad, una mirada con ganas de entender los porqués de lo que ocurre y a través de la cual se descubren las injusticias y los desequilibrios originados por el ejercicio fascista del poder.

Como bien explica en las notas incluidas, Almudena ha recogido una serie de acontecimientos y personajes reales de la década de los años 40 en la sierra sur de la provincia de Jaén para a partir de ellos construir un complejo y detallado mapa de lugares, personas y sucesos que funciona como el más perfecto de los engranajes. Una exhaustiva cartografía geográfica y social que no solo es reflejo de lo que allí pasó, sino que es también un escenario a través del cual mostrar el espíritu vilipendiado de una nación sometida a la brutalidad y a la sinrazón.

Sin caer en sentimentalismos, juicios morales o arengas ideológicas, nos da a conocer una realidad en la que no había una correlación directa entre vencedores y vencidos con buenos y malos. Cualquier acción fuera de las pocas opciones que permitía el régimen, y nunca de posibilidad de cambio o de progreso, sería duramente castigada tanto de manera directa –sobre uno mismo- como indirecta –sobre el marido, la mujer, los hijos, los padres, los hermanos,…-. De ahí que lo correcto no fuera siempre lo justo, que lo conveniente fuera ético o que lo legal concordara con los derechos humanos. Esa es la falta de lógica de todo conflicto y la muestra de que la Guerra Civil Española no acabó el 1 de abril de 1939, sino que se extendió 36 años más bajo la figura de un caudillo que sin excusa ni fin alguno –si es que hay alguno que lo justifique- siguió violentando y humillando a sus conciudadanos.

Una realidad que Almudena no cuenta valiéndose del recurso literario de la intriga y el “nada es lo que parece”, no. Lo que ella hace con sus palabras es convertir la vida y todo lo que se puede percibir a través de los cinco sentidos en una experiencia envolvente. Las páginas de “El lector de Julio Verne” son para nosotros, al igual que para Nino son las de los libros que descubre en ese cortijo al que acude enviado por su padre guardia civil pero a espaldas de sus vecinos, un medio con el que poder acceder a un tiempo que no son solo acontecimientos anteriores a nuestro presente, sino también vivencias colectivas de las que somos herederos y descendientes.

Un brillante ejercicio literario que espero prolongar con “Las tres bodas de Manolita”, el cuarto título de los publicados hasta el día de hoy de las seis novelas que conformarán los “Episodios de una guerra interminable” de una de las mejores autoras en lengua castellana de nuestro tiempo.

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Querida Almudena Grandes (a propósito de “Los aires difíciles”)

Personajes que viven más allá de las páginas, un completo repaso desde la cotidianeidad a las últimas décadas de nuestra historia, un placer para el corazón, un estímulo para el cerebro.

LosAiresDificiles

Vuelvo a escribirte después del periplo de 800 páginas en edición de bolsillo que me ha tenido viajando desde la costa de Cádiz a Madrid ida y vuelta, así como desde las primeras décadas del s. XX hasta un momento indeterminado de inicios de la centuria actual que es “Los aires difíciles”. Hace ya días que concluí la lectura, pero sigo con la sensación de que Juan, Sara, Maribel, Andrés, Tamara y Alfonso siguen flotando a mi alrededor allí donde voy. Quién sabe, cualquier día de estos te puede ocurrir como a Miguel de Unamuno en sus nivolas y que uno de tus personajes te diga que muchas gracias por haberle creado y que a partir de ahora él o ella decidirá por sí mismo su destino.

Tan bien los has descrito y dado vida a través de sus diálogos que no los he concebido como ficciones, sino como seres de carne y hueso con los que podría cruzarme en cualquier lado, en todos esos sitios donde tu novela me ha acompañado: en el metro en el que voy al trabajo de lunes a viernes, en el AVE que un día me trajo hasta Madrid desde Zaragoza sin darme cuenta de los kilómetros que estaba recorriendo, al levantar la vista hacia la calle cuando leía en el sofá de casa, en la cafetería en la que esperaba a un amigo,… Comenzarte ha sido una vez más un torrente, una carrera detrás de las palabras que conformaban tu propuesta deseando saber y conocer las historias que la formaban y los personajes que las protagonizaban. Entre unas y otros me he sentido avanzar en un camino tan impreciso, desordenado e ilógico como es la propia vida, intangible, etérea y nebulosa cuando miramos hacia adelante, pero que irónicamente resulta precisa, ordenada y lógica cuando echamos la vista atrás y observamos el camino ya transitado.

Ese deseo de futuro, construcción de presente y revisión de pasado se convierte de tu mano en auténtica literatura. Leyéndote, el recorrido vital que has creado se convierte en una experiencia que acompaña a su lector más allá del momento de tener tu volumen entre sus manos, narraciones sobre terceros que pasan a ser sensaciones y emociones, vivencias propias. Porque desde esos aspectos tan pequeños y tan nimios que se escapan de los textos académicos has escrito también sobre Historia, la que se inicia con una hache mayúscula, porque nos cuentas cómo se vivió y pensó a pie de calle durante un tiempo ya pasado, pero del que somos herederos y descendientes. Así, a través de escenas cotidianas como ganarse la vida planchando, fiestas de juventud, diálogos a la vera de una cocina de carbón, clases en academias nocturnas, paseos por Madrid en coches hoy ya descatalogados o cenas a altas horas de la noche en comedores llenos de humo vemos como nuestro país pasa etapa a etapa desde la horrenda Guerra Civil a la cruel posguerra, las duras décadas de franquismo, la ilusionante transición y la joven democracia hasta llegar a su consolidación con sus luces y sus sombras.

Con tu saber hacer, describiendo cada detalle, narrando cada acontecimiento, dialogando de viva voz cuanto se es capaz de decir y dejando para la cursiva interior las palabras que luego nos queman por dentro has construido un universo plagado de multitud de personas que te trasciende. Un mundo que tú creaste y que desde el momento en que lo publicaste tiene vida propia a partir de todo los que lo hemos leído, sentido y vivido. Un placer para el corazón, un estímulo para la razón, eso han sido para mí “Los aires difíciles”.

Querida Almudena (a propósito de “Inés y la alegría”)…

Ines

… Después de leer esta novela que publicaste en 2010, solo encuentro motivos para renovar la pasión que me produjo conocerte allá por mediados de los 90, hace casi dos décadas. Cuando comenzaba mi vida en Madrid como universitario asistí a una conferencia sobre las relaciones entre el cine y la literatura en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Allí contaste tu devoción por Benito Pérez-Galdós, y escuchándote recordé lo mucho que un par de veranos antes me había apasionado “Fortunata y Jacinta”. En aquellas fechas, no recuerdo con exactitud si justo antes o justo después, formé parte del público (cuando se es estudiante se hace de todo para llegar a final de mes) del programa “Lo + Plus” en un día en que la entrevistada eras tú. Creo recordar que estabas apoyando la promoción de la adaptación cinematográfica de Gerardo Herrero de tu “Malena es un nombre de tango”, aquel día decidí que el siguiente título a leer sería este tuyo.

Me impresionaste, caí cautivo de tus palabras, devoré el volumen.  Malena me causó el mismo vivir que los grandes de la literatura del s. XIX por cuyas páginas ya había pasado: la “Madame Bovary” de Gustave Flaubert, la “Ana Karenina” de Tolstoi, el “Rojo y negro” de Stendhal o la “Marianela” del ya referido Galdós.

“Modelos de mujer” y “Atlas de geografía humana” fueron mis siguientes vivencias en tu mundo literario. Me dejaste claro que la experiencia anterior no había sido una ocasión única, sino que acercarse a ti era sinónimo de pasión, de la tuya por escribir, y de la mía por leerte.  Devolví “Modelos” a quien me lo prestó y “Atlas” lo dejé atrás en una mudanza para no llevarme con él el recuerdo de quien me lo regaló, pero “Malena” siempre ha estado ahí, protagonista en la estantería de mi pequeña biblioteca, recordándome que tu universo creativo estaba esperándome.

Durante mucho tiempo me conformé con leer tus columnas en El País, hasta que recientemente dos viajes a Berlín y Budapest me llevaron a una pregunta. Si en Alemania han sido capaces de mirar hacia atrás para hablar de los años de la barbarie nazi y en Hungría sobre las atrocidades del comunismo soviético, ¿por qué en España no somos capaces de hacerlo sobre la Guerra Civil o el largo período de la dictadura franquista? ¿Por qué no se nos cuenta qué pasó? Quizás esta sea una interrogante demasiado amplia, pero tengo claro que no es ninguna exigencia, querer saber es algo natural. No sé por qué se nos oculta esa información a los que no conocimos aquellos tiempos, pero que somos hijos de ellos. Siento que se nos niega saber de dónde venimos, se me ocurre pensar que para que aceptemos ir hacia donde nos llevan y que no se nos ocurra considerar otras posibles alternativas hacia las que ir.

Y entre el falso humo que crean los que dicen que querer saber es volver a revivir los tiempos de una España dividida en dos bandos (¿será porque los que dicen esto contemplan nuestro país como un lugar repartido entre los que deciden y disfrutan y los que están sometidos y han de callar?), surgiste tú con tus “Episodios de una guerra interminable” como alguien que podría ayudarme a poner nombres, fechas y coordenadas a lo que estoy deseando conocer. Y aunque digas que son episodios inconexos, yo he decidido comenzar por el primero de los tres episodios que has publicado hasta la fecha, con “Inés y la alegría”.

En las más de 700 páginas de tu novela, y al igual que Inés, he luchado y nunca me he rendido; con ella y contigo, con sus vivencias y con tu escritura, he reído y he llorado, a veces casi a la par. Porque Inés, supongo que como tú al escribir su historia, es dos mujeres a la vez: la política, la comprometida con una causa -porque así se lo dicta su cabeza -, con sus principios y valores con todas sus consecuencias; y la humana, esa que alberga un corazón entregado dispuesto a todo por todos, a dar amor, a ofrecer calor y alimento, a tender una mano que ayude a salir adelante al que a ella se aferre. Una mujer verdadera, auténtica a la par que igual que muchas otras y otros que vieron su mundo derrumbarse y ser sustituido por otro que nunca aceptaron porque no lo sentían real y porque ellos no se reconocían en él, porque no eran capaces de fingir. Seres humanos auténticos por estar dispuestos a pagar el precio que fuera necesario, hasta sus propias vidas, para no dejar de ser ellos mismos, para no negarse, para vivir tal y como sus entrañas les dictaminaban. Personas auténticas por plantarle cara a la imposición, a la amenaza que no iba solo contra ellos, sino que iba contra todos, incluso contra los que se sometieron, para que no tuvieran duda alguna de su poder aplastador y negador, tan intenso y tan fuerte que sus ecos parecen llegar hasta hoy. Personajes auténticos porque así los has sabido construir tú.

Y en tu verbo, Almudena, Inés y todos los demás personajes se encarnan en momentos, escenas y secuencias que se hacen reales, carnales, tridimensionales. Con las precisas palabras de tus descripciones, me he sentido testigo de acontecimientos históricos y escenas de intimidad, de viajes cotidianos y de trayectos clandestinos, como si hubiera estado ahí, como si hubiera sido uno más al lado de la misma Inés o de Galán, de Santiago Carrillo, Jesús Monzón o la Pasionaria. Y no, no hablo de haberme identificado en el plano ideológico, con ese no puedo, yo no estuve allí en aquellos tiempos, pero sí lo he hecho con vivir el instante de la gran y las pequeñas historias que narras, con el corazón latiendo tan intenso que se sube a la garganta, el alma en un puño, el estómago encogido ante el desconocimiento de lo que pueda ocurrir en el instante siguiente.

Tras haber llegado al final solo puedo decir que he visto cumplidas mis dos expectativas: saber algo de aquellos tiempos que parecieron no existir (¡vaya que si existieron!) y volver a disfrutar (¡vaya que si lo he hecho!) de tu literatura. Te seguiré siguiendo y te volveré a buscar. Quizás bajo tu influjo me dirigiré a Galdós para leer su “Tormento”, al igual que tarde o temprano volveré a ti y a tu “El lector de Julio Verne”, el segundo de tus “Episodios de una guerra interminable” reclamando nuevamente saber de un tiempo que no viví, pero cuyo recuerdo, consecuencia y herencia está en el mundo en el que vivo, en el que vivimos.