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“A siete pasos del Quijote”, Cervantes está entre nosotros

El pasado noviembre el Barrio de las Letras de Madrid se llenó durante varias tardes de momentos quijotescos en los que hasta el propio Don Miguel dio la cara. Él mismo y su creación más conocida hablaron por boca de siete brillantes dramaturgos, dejando claro que los maestros vivieron en un tiempo y espacio determinado, pero que –unas veces por la forma, otro por lo tratado- lo contado por ellos está tan vivo hoy como el día en que lo escribieron.

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Si el creador de la vida y milagros de las aventuras y desventuras del ingenioso hidalgo estuviera vivo, ¿qué pensaría del devenir de la España en la que él vivió? ¿Cómo la retrataría? No es él quien contesta, sino a siete autores contemporáneos quienes suponen sus respuestas a su modo y manera en esta publicación, antes exitosa representación callejera producida por el Teatro Español, formando un completo y profundo discurso reivindicativo de la igualdad, la solidaridad y el poder democrático de la cultura.

Alberto Conejero es el encargado de abrir la conexión con el año 1615, aquel en el que se publicó la segunda parte del Quijote, para traer a su autor a nuestro presente como un apuesto joven que nos indica que Madrid no fue solo una de las ciudades que le acogió a lo largo de su agitada vida, sino que la villa y corte ha sido siempre hogar de muchos dramaturgos y sede de corralas, escenarios y espacios de representación de toda clase y condición. Con su siempre rico y grácil verbo, y su embaucador e hipnótico ritmo, Conejero y Don Miguel volverán a hacer acto de presencia dos veces más en el recorrido que es A siete pasos del Quijote. Una en su punto central para recordarnos con inteligentes y divertidos juegos sintácticos cómo fue su amistosa competencia con Lope de Vega, aquel que en los inicios del Siglo de Oro se llevó todos los laureles, incluidos los suyos. Finalmente, será Alberto quien cierre los cuadros que componen esta función callejera con un Miguelillo dirigiéndose a sí mismo y recordándose que, al tiempo que cuatro siglos no son nada, cuatrocientos años de protagonismo continuo es cosa de mucho valor, y que a pesar de las injusticias, el egoísmo y los atropellos de los ricos en materialidad, los dichosos de espíritu son los que tienen claro cuál es el alimento de la satisfacción y la felicidad. Son aquellos que, según un sensible y a la par vehemente Alberto, cada día se preguntan “¿dónde está mi corazón?” ¿Interrogante tras la que quizás haya un guiño a la Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo, también personaje con aires de Quijote?

Entre uno y otro momento quedan enmarcados dos bloques quijotescos, uno de tinte más emocional y otro más apremiante. Pero siempre social, para el de la ciudad complutense los protagonistas eran siempre las personas, no las jerarquías sin origen justificado o de los sistemas invisibles que por todas partes nos rodean y tanto nos aprietan hasta casi asfixiarnos.

En el primero de ellos María Velasco da voz a los desahuciados, esos a los que no escuchamos pero que, despreciados por nosotros, saben cuán miserables podemos llegar a ser. En su diálogo suena una agridulce ilusión que no es solo una manera de sobrellevar el halo de las cloacas, sino que es también el lazo empático con el que Velasco nos captura e introduce de manera amable e irreversible en esa realidad que vemos, pero que nunca miramos. A continuación, en Patria chica, tierra ancha, Pedro Cantalejo construye con gran solvencia una tensión de distancia y enfrentamiento, cercanía y consenso, que demuestra que el apego a la tierra se convierte en una cuestión visceral cuando se enfoca como excusa para marcar fronteras en lugar de como puertas abiertas a través de las cuales dar a conocer y compartir toda clase de vivencias. El toque más emocional queda de la mano de Carolina África que deja a un lado influjos y circunstancias externas para centrarse en la realidad e irrealidad de nuestros corazones, haciendo delicado e íntimo lo que en la pluma de otros quizás hubiera sido un merengue sensiblero.

El lado político se inicia con el paso más duro e impactante de este recorrido, el encuentro desesperado imaginado por Lola Blasco en ¡Teme a tu vecino como a ti mismo! entre dos personajes que un día fueron iguales y que hoy, sin haber dejado de serlo, están distanciados por las leyes, la administración y la burocracia que han hecho de uno, un ilegal, y del otro, el encargado de defender la nueva legalidad. A continuación y profundizando en lo en el análisis de la democracia de nuestro sistema, un esperpento valleinclanesco sobre la banalidad mediática que anula nuestras mentes y la vacuidad de nuestros representantes públicos. El responsable es un Juan Mairena en estado de gracia que propone un disparatadamente pop Ministerio de la Flagelación con mítines con aires de flashmob  en los que no se sabe qué son más grandes, si las verdades que se dicen o las carcajadas que provocan la manera en que se enuncian.

El drama llega de nuevo con la emotiva aparición de la madre y la hija de Sergio Martínez Vila que no saben cuál es el mayor naufragio, si el suyo viéndose en la calle o el del Congreso de los Diputados habiendo perdido completamente su razón de ser. De ese lugar sale el brillante representante ideado por Iñigo Guardamino que intentará convencer a Cervantes para que medie entre la selecta clase política y el común de la sociedad, pidiéndole que sede con su capacidad literaria los ánimos de una gente que aspira a que la democracia sea real, auténtica.

A eso aspiraba Cervantes y eso pretende con mucho acierto A siete pasos del Quijote. Que la libertad creativa sea el primer paso para que haya una verdadera justicia e igualdad entre todas las personas que conformamos la sociedad. Y que la cultura sea uno de los medios de libre expresión y educación universal. Que así sea siempre y que nunca deje de serlo.

“Rinconete & Cortadillo”, agitando conciencias

De la sonrisa a la risa y de la risa a la carcajada. Unas veces por el texto, otras por lo que hacen con él Santiago Molero y Rulo Pardo. No se sabe qué va antes, si la hilaridad o la desvergüenza, la agria comicidad de hace cuatro siglos o el ácido sarcasmo de hoy en día, pero tras ello, mucho ingenio literario y mucho saber hacer interpretativo.

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Si Cervantes levantara la cabeza y supiera que cuatro siglos después de su muerte está considerado uno de los nombres fundamentales, no solo de la literatura en español, sino de la universal, ¿qué pensaría? ¿Qué le diría a los gestores, ya cesados, de lo público que han deseado fotografiarse junto a sus huesos? ¿O a los gobernantes que han ignorado su cuarto centenario porque el calendario político no les va a permitir tal instantánea? Quizás callara verbalmente, pero con pluma, tinta y papel pondría en negro sobre blanco la ironía y la cotidianeidad de estos tiempos en que creyéndonos avanzados, demócratas y justos resulta que flotamos sobre un mar de fondo en el que, hoy como ayer, sigue habiendo corrientes de hambre, corrupción y una desigualdad que por prolongada, endémica y normalizada ya resulta institucionalizada y comúnmente aceptada. Ante la imposibilidad de que don Miguel pueda ponerse manos a la obra a su oficio con tal fin, es Alberto Conejero quien, con las ansias propias de un pupilo avezado y deseo de homenaje, se pone a su servicio para traerle hasta nuestro presente. A la par, él viaja hasta el siglo XVII para hablar de igual a igual con su maestro sobre los modos y maneras que éste utilizaba en la concepción y escritura de sus ficciones.

Un diálogo que se hace popular al hacerlo a través de dos hombres de la calle, dos pillos, dos buscavidas que más que vivir pobremente, sobreviven. Eso sí, con justificado orgullo y humana dignidad. Dos nombres silenciados, manipulados y cosificados a mayor gloria de quien a partir de ellos creó una pieza literaria que les engulló y anuló como seres individuales con personalidad propia. No hay equidad, el éxito y reconocimiento de Cervantes no fue altruista por parte de la sociedad de su tiempo, sino que se tomó como cobro el negarles a ellos, a Pedro del Rincón y Diego del Cortado, su carta de existencia, condenándoles a ser quienes ellos consideran que no eran, Rinconete y Cortadillo. Sin embargo, en la melancolía y aceptación de su injusta desgracia brota un sarcasmo, una ironía y una acidez a través de la cual Conejero pone de relieve como el reinado de los Austrias del s. XVII y la monarquía parlamentaria de hoy comparten la vulgarización de su pueblo por sus gobernantes, la falsedad de su vocación de servicio público, el uso represivo de las fuerzas y cuerpos de seguridad,…

Y si el apellidado Saavedra apenas necesitó las veinte páginas de su novela ejemplar para dejarnos esta imagen de su tiempo, el Rinconete & Cortadillo del autor de La piedra oscura tiene de su parte el fantástico trabajo que a partir de su texto han realizado Salva Bolta, dirigiendo su puesta en escena, y Santiago Molero y Rulo Pardo interpretándolo. No solo materializan de manera precisa su discurrir dramático, sino que extraen de él una hilarante profusión de detalles cómicos (incluyendo referencias históricas, literarias y todo tipo de deliberados anacronismos) y solventan tan bien sus quiebros trágicos –en los que por momentos parece que Conejero deja de dirigirse al público y utiliza a sus personajes para canalizar un soliloquio interior- que no solo lo engrandecen, sino que lo convierten en algo superior. Un lúdico entretenimiento de hora y media de continuas risas, pero al tiempo y también, un espectáculo intelectualmente estimulante, generador de un estado de ánimo y de conciencia que perdura tras su fin.

Rinconete & Cortadillo” en los Teatros del Canal (Madrid).

10 textos teatrales de 2015

Leer teatro es introducirse en la literatura, en la vida y en las emociones en estado puro. Estos son algunos de los viajes por mundos de apasionantes argumentos, geniales personajes y brillantes diálogos que he realizado en los últimos doce meses.

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“La Fundación” de Antonio Buero Vallejo. Lo que parece un mundo ideal, un sueño, una esperanza de futuro resulta ser un infierno, una realidad negra, una cárcel. Y vivimos en ambos a la par, ¿cómo es eso posible? ¿Cuál de los dos es el real?

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“Calígula” de Albert Camus. Inteligente texto sobre el sentido y ejercicio del poder, sus consecuencias y sus límites utilizando el lenguaje no solo como medio de expresión, sino también como campo de batalla y arma de esa lucha.

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“The zoo story” de Edward Albee. Una de las primeras creaciones del famoso autor de “¿Quién teme a Virginia Wolf?” en la que ya demuestra su maestría en convertir momentos cotidianos en situaciones límite, en hacer de un diálogo rutinario una tormenta que desnuda las verdades y los límites de conciencia de sus protagonistas.

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“El precio” de Arthur Miller. Un gran texto de uno de los mejores autores americanos del siglo XX experto en retratar como las familias pueden estar unidas por lazos de dependencia insana y no por un verdadero y enriquecedor afecto.

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“Mothers and sons” de Terrence McNally. Dos hombres, una mujer y un niño en un salón de Nueva York con vistas a Central Park son los elementos que le bastan a uno de los mejores autores teatrales actuales para contar una historia sobre afectos de pareja, la correspondencia del amor entre padres e hijos y el sentimiento de comunidad que el horror del SIDA despertó en la comunidad gay durante sus inicios en la década de los 80.

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“La piedra oscura” de Alberto Conejero. Desnudo, visceral, honesto, transparente, auténtico, preciso, enérgico, íntimo y desgarrador, profundamente humano,… como si fuera una obra de Lorca, el universal granadino que flota en el ambiente de cada una de sus páginas. Así es este texto, tan profundamente emocional, exudando pasión y ganas de vivir en cada una de sus escenas, como racional en su aspecto formal, estructurado y desarrollado con absoluta precisión.

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“Después de la caída” de Arthur Miller. Desde la relación con sus padres en su infancia al suicidio de Marilyn Monroe, pasando por la caza de brujas y un primer matrimonio fallido, Arthur Miller expone una manera descarnada y sin pudor alguno su visión del ser humano como individuos faltos de moral, viviendo una triste y conflictiva soledad compartida.

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“Camino de plata” de Ana Diosdado. Dos mujeres y un hombre son suficientes para repasar las limitaciones que nos ponemos a nosotros mismos para hacer del tener vidas plenas y felices algo difícil. Diálogos ágiles con personajes cercanos que hacen de esta obra una entretenida lectura y un buen material para una solvente representación.

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“Todas las noches de un día” de Alberto Conejero. Una historia de amor inconfeso convertido en obsesión, de pérdida de la noción del tiempo, de convivencia de planos de ensueño, realidad y fantasía. Un texto con una estructura magistral y un lenguaje lleno de belleza y poesía. Un libreto que destila magia y ferviente deseo de verlo representado.

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“Memorias” de Tennessee Williams. Tan irónico, ácido, sarcástico, descarado y deslenguado como intenso, profundo, inteligente y fascinante. Así es este relato autobiográfico, como así debía ser el protagonista de estas memorias. Un hombre tan atractivo y sugerente como los personajes de sus textos, tan hipnótico como las obras que han hecho de él un maestro del teatro y la literatura del s. XX.

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“Todas las noches de un día” de Alberto Conejero

Una historia de amor inconfeso convertido en obsesión, de pérdida de la noción del tiempo, de convivencia de planos de ensueño, realidad y fantasía. Un texto con una estructura magistral y un lenguaje lleno de belleza y poesía. Un libreto que destila magia y ferviente deseo de verlo representado.

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Basta leer la descripción que Alberto Conejero hace del invernadero en el que propone situar la acción de su obra para caer rendido ante su capacidad para hacer de la combinación de apenas unas palabras algo tremendamente efectivo en el plano formal y aún más evocador y sugerente en el sensorial. Tan solo unas líneas consiguen que abramos de par en par el corazón y la mente para empatizar con unos personajes que son emoción pura y entender las decisiones que han tomado para hacer que la vida sea para cada uno de ellos poco más que el otro.

Silvia, la mujer dueña de la propiedad, es a la belleza lo que Samuel, el jardinero que cuida de su plantas, a la devoción. Ella aporta la presencia y él crea la atmósfera. Dos seres que se complementan sin tocarse, que se buscan y se demandan de manera vital. Cada uno con un pasado y una forma de amar de la que se alejan y se esconden –los hombres en el caso de ella, la familia en el de él- para más allá de la noción del tiempo y del espacio, hacer que su existencia gire en torno a la soledad compartida, un lazo invisible que les une como si fuera el más fuerte de los compromisos.

A medida que avanza la acción, cuanto se dicen y nos relatan ambos personajes va adquiriendo una profundidad llena de intimidad, una desnudez que deja atrás pudores y distancias. El verbo de Conejero fluye a través de sus bocas con una armonía casi musical, con un ritmo que es pura melodía y que a buen seguro será deleite acústico el día que sea representado. Junto al lenguaje corporal que debemos presuponer entre ellos (miradas, distancias, momentos de contacto físico) se va creando un ambiente lleno de energía, un campo magnético que les trasciende, seduciendo y atrapando a su lector hasta abducirlo completamente.

Las noches del título y el invernadero en el que se suceden gozan también de su protagonismo, son ese tiempo y ese lugar alejados del mundo real en el que viven Silvia y Samuel. Coordenadas que tienen su propia vida y que influyen de manera directa sobre las de ellos en una manera que recuerda a las novelas y relatos de uno de los maestros del retrato psicológico y del ambiente barroco de la literatura del XIX, Henry James. Una ambientación amplificada con la música de Corelli que Alberto propone en las anotaciones de algunas de las escenas de su texto, y a la que contrapone en algún momento la voz de Mina como un intento de oxigenar la claustrofobia emocional cada vez más oscura y asfixiante hacia la que nos dirige.

Las recién editadas “Todas las noches de un día” son una creación redonda en el plano literario y material de primera para el montaje que lo representará en Madrid en unos meses. Un título con el que creo puede ocurrir lo mismo que vi con su exitosa y reconocida “La piedra oscura” (2013) tras leerlo, encontrar una puesta en escena que teniendo su propia esencia, amplifica y da una nueva dimensión a la genial creación de su dramaturgo.

“La piedra oscura” de Alberto Conejero, más allá de García Lorca

Desnudo, visceral, honesto, transparente, auténtico, preciso, enérgico, íntimo y desgarrador, profundamente humano,… como si fuera una obra de Lorca, el universal granadino que flota en el ambiente de cada una de sus páginas. Así es este texto, tan profundamente emocional, exudando pasión y ganas de vivir en cada una de sus escenas, como racional en su aspecto formal, estructurado y desarrollado con absoluta precisión.

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El 18 de julio de 1936 el animal que todo ser humano podemos volver a ser, acabó a tiros con la vida de García-Lorca. Acababa de comenzar una guerra denominada civil, en la que bajo la excusa ideológica se escondían intolerancias, odios y rencores familiares y vecinales convertidos en deseos de venganza y ansias de poder. Durante tres años el conflicto fue una excusa para dar rienda suelta a la visceralidad, buscando la efervescencia de arrancarle el corazón al contrario, de pisarle y destruirle, de sentir su sangre correr y escuchar triunfalmente cómo respiraba por última vez.

El destino quiso que justo un año después, el mismo día de 1937, muriera el hombre que no solo inspiró literariamente a Lorca durante sus últimos años de vida, sino que también le llenó emocional y sentimentalmente. Rafael Rodríguez Rapún, un joven ingeniero de minas madrileño y apasionado del teatro, amado por Federico y por quien él se sintió también amado, perdía la vida en el Hospital Militar de Santander tras, como miembro del ejército republicano, haber sido herido durante un bombardeo del bando nacional.

La de Federico y Rafael ha sido siempre una relación sabida y conocida, pero escasamente mencionada y más raramente aun, expresamente reconocida. Una de esas formas que tiene todo desprecio, y que como tal forma parte de la homofobia, de negar la realidad, esconderle las palabras, no darle términos escritos ni verbales. Ha sido necesario que pasaran años (¡décadas!) para que volviéramos a aquellos entonces y como si fuera la restauración de una pintura, comencemos a retirar los fragmentos falsos y limpiemos de barnices que cambian de tono y color, la verdadera, la auténtica realidad. La figura de Lorca ha sido una de tantas sobre la que se ha ejercido mucha hipocresía, se ha reconocido su genialidad intelectual para llegar a hacer de ella incluso una señal de identidad patria, pero ignorando en igual medida su dimensión íntima y personal. Afortunadamente, el trabajo de historiadores como Ian Gibson –quizás su mayor y mejor estudioso, y prologuista de este texto- han arrojado mucha luz sobre el conjunto de su figura, tanto personal como creativa, alcanzando cada día nuevos lugares, hasta ahora poco o nada tratados, como a los que llega Alberto Conejero con “La piedra oscura”.

Sabemos que Federico huyó de Madrid a Granada y que deseaba marcharse fuera, probablemente a México, para escapar del conflicto. Algo que no fue capaz de hacer, no solo por cuestiones logísticas como siempre se ha dicho, sino porque estaba esperando a que Rafael le contactara y se reuniera con él. ¿Por qué no estaba su enamorado con él? ¿Cómo reaccionó este cuando supo lo que le había ocurrido? ¿Qué fue de su vida posterior? Y respecto a los textos en los que estaba trabajando a su muerte el andaluz, ¿a dónde fueron a parar esas obras y poemas que nunca hemos leído? Afortunadamente, y aunque lo tangible pervive mucho más, por retazos de conversaciones de unos y de otros de los que se relacionaban con él, se sabe que estaba trabajando en una ficción titulada “La piedra oscura” en la que pretendía hablar alto y claro, escribir negro sobre blanco, sobre las afrentas que se encuentra el amor cuando se da, se practica y se muestra entre hombre y hombre.

Pues bien, Alberto Conejero recoge dicho título y con él como paraguas crea una ficción en la que da respuesta documentada –por sí mismo y con la ayuda de la familia Rodríguez Raspún- a todas las interrogantes señaladas. Rafael no pasó la última noche de su vida en una prisión militar junto a Santander siendo vigilado por un joven adoctrinado por el bando contrario como él nos lo presenta, pero sí que murió por hacer frente al absolutismo fascista. Una situación con la que Conejero crea un perfecto cuadro dramático para presentar el resultado de sus investigaciones, a la par que hacer no solo un homenaje literario a Lorca, sino otro más profundo y conmovedor a la persona de Rafael Rodríguez Raspún.

Del escritor toma versos y fragmentos de cartas que propone como citas y voces en off, además de tomar de él el tono entregado, íntimo, auténtico, equilibrado y sin pudor con que se expresa Rafael. Al igual que “Yerma” no podía tener hijos, él es el hombre que ya no podrá amar a Federico. El que le recuerda con la energía del “Romancero gitano”. Deseando haber sido capaz en la demostración de sus afectos, más claro y lúcido que el director de “El público”. El que planta cara a la sinrazón bélica a la manera en que Adela se lo hacía a su madre, ese monstruo llamado Bernarda Alba. Un entramado de creaciones, pasajes y momentos maestros de los que Conejero no solo toma inspiración, sino que los hace propios desarrollando un ritmo cercano al de Federico, pero que es suyo –de Alberto- por su fuerza constante, sostenida desde la primera hasta la última línea. Sus diálogos son de una absoluta precisión y equilibrio en el hilado que elabora para transmitir sensaciones personales, emociones individuales, estados de ánimo colectivos, acontecimientos reales con carácter de históricos y, aun siendo recreación, sonar absolutamente a verdad. No fue así el último día de vida de Rafael, pero podría haberlo sido. De hecho, en esencia, lo fue, no solo de él, sino de otros muchos.

Ahí es donde radica el otro gran logro de “La piedra oscura”, condensar y sintetizar, sin aparentemente haber eliminado ni alterado un solo matiz, lo que quizás fue aquella España de 1936 y 1937 y sobre la que Conejero con su creatividad y trabajo documentado pone el foco ofreciéndonos el resultado de lo que ha encontrado. Un país al que aún no conocemos en realidad, en el que no hemos querido o sido capaces de adentrarnos y rescatar lo que nos ata todavía a él (¿dónde están enterrados los cuerpos de miles de fusilados como Federico?) y que quizás por eso seguimos siendo o tenemos riesgo de volver a convertirnos.

Frente a la corto de miras que supone creer haber superado el pasado por tener miles de datos con los que hemos elaborado una versión que damos pretenciosamente por definitiva sobre lo ocurrido, Alberto Conejero expone algunos otros, ocultos o desconocidos hasta ahora, que dan un sentido más pleno y, quizás, hasta diferente, a lo considerado durante mucho tiempo.

Con gran belleza literaria y una extraordinaria sensibilidad, que nace de la llamada inteligencia emocional, su propuesta aporta consciencia a un momento de nuestra historia, aún vivo y más cercano de lo que se empeñan en decir algunos de nuestros políticos, sobre el que tenemos únicamente una escasa conciencia, un limitado y, puede que por ello, hasta equivocado conocimiento.