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“Maudie, el color de la vida”

El arte como expresión, como medio con el que escapar de la tristeza del alrededor, como vía para llegar a sentirse una persona libre y realizada. Una película con muchos elementos sensibles pero nunca sensiblona, delicadamente austera, aunque en algunos momentos esto hace que su guión roce una sencillez demasiado esquemática. En cualquier caso, un buen título gracias al extraordinario trabajo interpretativo de Sally Hawkins y Ethan Hawke.

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Las biografías de personas con algún tipo de rasgo diferenciador, mal llamado incapacidad, suelen dar pie a cintas melodramáticas en las que dicha característica se convierte en filtro protagonista de todo cuanto sucede, en lugar de ser reflejado como la anécdota o circunstancia con la que convivir que probablemente era, o es, para su protagonista real. Ese es el primer acierto y logro de Maudie, centrarse en lo verdaderamente importante, no en las limitaciones que le imponía su artritis sino en quién es y qué quiere conseguir su protagonista. Las dos horas de proyección son de continuas miradas, tanto de búsqueda exterior como de introspección interior. Un anhelo continuo que constituye tanto la fuerza motor de vida de esta mujer que resulta ser pintora sin ella saberlo, como la de esta película que más que contárnosla, nos la describe fielmente.

Un enfoque arriesgado que exige de una sutileza y un saber hilar muy fino para hacer que las imágenes nos muestren todo aquello que no es dicho con palabras, más cuando los diálogos escritos por Sherry White son de una desnuda y transparente sencillez. Todo queda a merced de la expresividad de los intérpretes y del modo en que son observados y seguidos por la directora, Aisling Walsh. El resultado conseguido en ambos casos es muy notable y tan solo habría que ponerle una salvedad. El hombre retrógrado, patrón huraño y marido machista de Maudie Lewis es tratado más como un soporte para el personaje de ella que como un verdadero coprotagonista o, al menos, un secundario necesario. Un reto del que afortunadamente la película sale airosa gracias al buen trabajo de Ethan Hawke.

Más allá de él está Sally Hawking, quién más que la estrella del film, gracias al brillo y sagacidad de su mirada, parece el elemento causante y detonador de todo cuanto sucede. Su evolución hace que el inicial entorno rural canadiense de la década de los 40 del siglo XX de tonalidades pardas y grises y personajes de facciones duras, que parece extraído de las instantáneas más conocidas de Dorothea Lange, se convierta posteriormente en un paisajismo costumbrista que su personaje convierte progresivamente en detalles decorativos y óleos naif llenos de colores fauves.

Una evolución sosegada -del simple ejercicio expresivo al reconocimiento público, de las pequeñas piezas por entretenimiento a las mayores por encargo- que resulta natural por ser presentada con mucho acierto como un proceso de crecimiento y enriquecimiento. No se hace de ello un elemento efectista o metafórico, sino que se muestra como la consecuencia del proceso de crecimiento interior y empoderamiento de su protagonista, como persona antes que como artista, haciendo de ello un elemento narrativo muy creíble.

No es este un biopic al uso sobre una artista a la que la fama y el reconocimiento le llegan al final de su carrera o tras su muerte, es más bien el retrato de una persona que igual que se expresa con el lenguaje verbal, lo hace también, y muy logradamente, con el artístico. Eso es lo que lo hace diferente y tan valorable.

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