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Aburrimiento máximo con “Extinction”

Otra película más de zombies con la que intentar prolongar –y aprovecharse de- el éxito televisivo y cinematográfico que estos seres están teniendo en los últimos años. Sin embargo, esta producción española no funciona por su endeble guión entre película de terror y melodrama existencial con momentos de acción, y su anodina puesta en escena tanto técnica como interpretativa.

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La primera secuencia es un buen resumen de lo que es esta película. Varios minutos de cámara en mano en continuo movimiento, planos cortos de escasa duración y con la imagen ligeramente desenfocada. Un autobús lleno de gente en el que solo llegamos a ver definidas las caras de los tres personajes –siempre con la misma expresión- cuya historia común conoceremos posteriormente. Máxima tensión por una amenaza externa que se hace psicológicamente más grande por la ambientación nocturna y una iluminación que no nos deja ver absolutamente nada más. Hay que parar, la tensión aumenta con la apertura de puertas y entonces –previo susto de manual-  aparecen los zombies. El mundo se ha convertido en un sitio peligroso en el que ya no se vive, se sobrevive.

Intención estética mediante, la siguiente secuencia abre con un gran plano panorámico diurno y un paisaje helado donde todo es de un blanco estremecedor, apocalíptico. Nos hemos trasladado nueve años hacia adelante a un lugar en el que solo habitan los protagonistas que hemos conocido antes. E igualmente, cada uno con el mismo gesto en el rostro que les conocimos antes como si se les hubiera congelado producto de las bajas temperaturas. Ahora la tensión es producto de un escaso contacto humano y los diálogos mínimos con frases cortas y una puesta en escena con aires de existencialismo nos hacen plantear si estamos ante una pieza de video arte o ante una verdadera película. La fotografía falla y en lugar de ver el mundo del futuro, lo que observamos es una escenografía de cartón piedra construida en un estudio.

A estas alturas el sopor al que está sometido el espectador es extremo, y lo que está por venir no va a hacer nada por resolverlo. La trama evoluciona de manera simple, aburrida, los puntos de inflexión no sorprenden en nada y están justificados sin credibilidad alguna. Las interpretaciones son planas y anodinas, carecen de matices. Para el debate queda si es que Matthew Fox y Jeffrey Donovan no dan para más, o si Miguel Angel Vivas, director y guionista, no ha sido capaz de conseguir más con ellos. Aunque con el guión con el que se cuenta, difícil, muy difícil. Para más inri, si se ve “Extinction” doblada, Clara Lago se pone voz a sí misma, tiene sentido que así sea para el espectador español, pero no es lo mismo doblar que interpretar y quizás lo primero habría que dejárselo para un profesional de ese terreno.

Por todo esto, este título no estará, como le gustaría a sus productores, entre esas producciones que han hecho resurgir el subgénero de películas de zombies en los últimos años como la saga “Resident Evil”, “28 días después” o “Guerra mundial Z”.

“Kingsman”, la sección más divertida del servicio secreto británico

La elegancia de Colin Firth unida a las historias de James Bond, las gamberradas de Austin Powers o la fantasía de X-Men en una intrépida aventura para todos los públicos.

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Tras un inicio en el que convergen un adolescente británico que podría haberse escapado de una película de Guy Ritchie, una familia de una de Mike Leigh y un siempre apuesto Colin Firth capaz de retar en porte y figura a Daniel Craig o Sean Connery, se junta todo en la coctelera y queda claro qué va a ser Kingsman. Dos horas de cine disparatadamente entretenido con los justos y precisos toques de formalidad para darle el suficiente trasfondo serio y trascendente a los momentos en que el ritmo se dispare de manera casi alocada.

De fondo un completo catálogo de escenografías en los que se mezcla lo real con lo imaginado, la campiña inglesa, el Londres más victoriano y lugares que dejarían con la boca abierta a cualquier joven deseoso de descubrir nuevas posibilidades científicas y tecnológicas aún por crear en nuestro mundo cotidiano. Así es la escuela de formación de superagentes Kingsman, a mitad de camino entre los espías y los superhéroes de veloz ingenio y físico potente. Pasada la etapa escolar y la de los retos psicológicos y físicos que esta supondrá, las circunstancias obligarán a poner a prueba lo aprendido. Será el momento de luchar en el mundo real con el peor de los villanos, ese que pone en riesgo la existencia futura de la humanidad tal y como lo hicieron los homólogos suyos que en el pasado han retado al más famoso agente secreto del cine. Y a grandes malvados, aún mayores salvadores con nuestros dos chicos en acción.

En primer lugar el siempre magnífico y encantador ante la cámara Colin Firth, un perfecto Pygmalion para el resultón –tanto interpretativamente como en la cuestión de fotogenia- Taron Egerton. Ambos componen un equilibrado y complementario diálogo intergeneracional que cuenta con el apoyo maestro de Michael Caine como el jefe de los buenos. Frente a este trío, Samuel L. Jackson haciendo del esperpéntico criminal que encarna, una caricatura con ecos de la psicodelia pop de Austin Powers, pero sin caer en el histrionismo

Del trabajo de todos ellos queda claro que estamos ante un buen guión y una muy trabajada realización que hacen de un material que en manos de otros hubiera quedado en una película de sobremesa para adolescentes o en un relleno de cartelera estival, un título capaz de sostenerse  por su frescura, soltura y buena factura entre estrenos aparentemente más serios   y académicos.

Como responsable de este festín visual con guiños a “Matrix”, “El resplandor”, “28 días después” o “World war Z” está Matthew Vaughn. Un nombre que tiene tras de sí una carrera produciendo a Guy Ritchie (la brutal “Snatch, cerdos y diamantes” y “Barridos por la marea”, aquel delirio pseudoitaliano al servicio de Madonna) o tras la cámara en “X-Men: primera generación”, que recordada ahora podría parecer un borrador para este “Kingsman” en la que aúna con muy notable éxito todas las facetas de su pasado: escritor, director y productor.