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“La guerra del planeta de los simios”

A vuelta con los primates. Esta vez en modo de western apocalíptico en un mundo futuro en el que no queda más opción que darlo todo en un último enfrentamiento en el que la intriga y la tensión se diluyen entre momentos de absurda comedia y otros tantos de distopía humana. Un popurrí de referencias cinematográficas en un despliegue visual cuya grandeza hace aún más patentes las debilidades de un guión sin profundidad ni atractivo.

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Primero se rebelaron contra nuestra creencia de que podemos hacer con la naturaleza lo que queramos. Después se pegaron con nosotros dejándonos claro que son capaces de vencernos si no les permitimos tener su propio territorio. Y como las tablas no nos gustan, los humanos seguimos empeñados en prolongar una guerra cuyo único objetivo es el exterminio. Un conflicto ya conocido, por lo que esta tercera entrega de la puesta al día de El planeta de los simios (¡si Charlton Heston levantara la cabeza!) deja atrás el choque entre civilizaciones y se va al terreno más personal, convirtiendo la batalla en un ring en el que se enfrentan los líderes de ambos bandos, el reconocido por sus congéneres primates contra el que cuenta con más galones militares.

Como la película está contada desde el lado de aquellos de los que venimos, vemos cómo son, viven y se organizan desde distintos prismas como el emocional (lazos familiares y afectivos) o el antropológico (el uso del lenguaje). Algo que ya nos contaron tanto Origen como Amanecer, con lo que ya desde el principio comienzan a sobrar minutos en esta guerra que comienza con secuencias que parecen haber sido rodadas tras una sesión continua de La guerra de las galaxias y los X-Men. Localizaciones de bosques frondosos a lo Apocalypse Now –con guiño explícito posterior- que contrastan -previo paso por desérticas playas- con los consiguientes paisajes de montañas nevadas sobre las que avanzan a caballo apresurado nuestros héroes, similares a los del ansia de venganza de El renacido. Es decir, lo visual y no la trama, y que nos impacte el hecho de ver a nuestros predecesores comportarse como humanos, como elemento principal para ganarse al espectador.

Hasta aquí se sostiene todo, consiguiendo digerir incluso el pasaje de la niña silente como metáfora de que aún es posible la paz entre los dos eslabones de la cadena biológica, pero el remate llega con la versión mico del Gollum de El señor de los anillos. Para esto, hubiera sido mejor que la 20th Century Fox se hubieran ahorrado todos los intentos narrativos. Woody Harrelson parece la versión muchos años después del personaje que interpretó en Asesinos natos, el trabajo en el campo de concentración es un cruce entre Mad Max y Espartaco, dando a César, crucifixión incluida, el papel que antes encarnó Kirk Douglas. Simios y humanos luchan como antes lo hicieron cristianos y romanos, judíos y nazis o americanos y vietnamitas.

En el colmo del despropósito y tras varias secuencias bélicas, los últimos planos humanos sobre la nieve parecen extraídos de un videoclip de Moby y por un momento temí que César fuera a homenajear al antecesor suyo que apareció en 2001: una odisea en el espacio en un cierre que igual vale como punto final a la trilogía que como disculpa para un cuarto título. Decisión que supongo vendrá marcada por los resultados de taquilla que consigan estos batalladores simios.

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“Independence Day: Contraataque”

Hace dos décadas la primera entrega resultó entretenida, un taquillazo de verano sin grandes alardes creativos, pero efectivo. En esta ocasión comienzas a ver la película esperando más de lo mismo, a los pocos minutos crees estar ante una cinta para adolescentes y finalmente pierdes la batalla ante el tedio de un absurdo producto calificable, si acaso, como infantil.

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A estas alturas del año acudimos a las salas de cine buscando refugio, empujados por las altas temperaturas estivales que nos impiden realizar ningún tipo de ejercicio deportivo o actividad mental. Esto hace que rebajemos mucho nuestro nivel de exigencia a la hora de seleccionar entre lo que la cartelera nos ofrece, si es que nos da esa posibilidad. Somos carne de cañón para hacer taquilla viendo segundas partes de historias que ya funcionaron, y cuanto más ruido y efectos especiales incluyan, mejor. Producciones con un guión poco o nada complicado y cuya producción se centre en un montaje de lo más acelerado, con secuencias llenas de acción y un reparto en el que destaquen un par de caras bonitas susceptibles de ser elegidas entre las más fotogénicas del año. Si la cinta es americana, contemos además con algunos momentos de humor fácil y otros pocos de épica patriótica.

Bajo esa premisa Independence Day se convirtió en la cinta del verano de 1996, y ahora la 20th Century Fox y Roland Emmerich lo intentan de nuevo diciendo que los alienígenas tomaron nota de aquella derrota para esta vez sí que sí, arrasar con nosotros y quedarse con la Tierra. Todo comienza con extraños acontecimientos y complejas explicaciones científicas que dejan claro que estamos ante algo nunca visto antes. Curiosamente, por allí pasan tres jovenzuelos, dos chicos y una chica, con un conflicto entre ellos tan grande como la belleza que destilan y el potencial para ocupar las portadas de mil y una revistas para adolescentes. Como culmen, aparecen como secundarios algunos de los protagonistas de la cinta del siglo XX. Los chavales de hoy no les conocen, pero sí sus padres y así se consigue que vayan juntos en familia al cine. De esta manera la sala no solo va a vender más entradas, sino que recaudará un extra por los packs de coca cola con palomitas que los asistentes se llevarán a sus butacas.

Sin embargo, la astronomía de este Contraataque utiliza razonamientos que parecen más propios de un programa televisivo sobre astrología. El triángulo de camisetas ajustadas se odian y se quieren como si estuvieran en un patio de colegio. Y tanto ellos como los de una generación atrás se expresan con diálogos de lo más simple. Para colmo, las escenas de acción parecen descartes de cualquier otra película en la que se haya luchado contra los extraterrestres. Que a estas alturas, Hollywood nos la intente dar con blandiblub (sí, moco verde) y circuitos electrónicos llenos de lucecitas, no sé si dice poco de su creatividad o del nulo nivel de exigencia y espíritu crítico que esperan de nuestra parte.

Lo peor de todo es que a medida que pasan los minutos el efecto de desidia es acumulativo, lo simple se hace absurdo y estúpido, y el aburrimiento, tedio y desidia. Conclusión, pasar calor es mejor plan que ver Independence Day: Contraataque.