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“El señor Fox” de Helen Oyeyemi

La combinación de vida y proceso creativo de un escritor es, a priori, un tema literario de lo más sugerente. Trazar la línea roja que separa su ficción de su realidad puede dar mucho juego desde un punto de vista creativo. Más aún si hay personajes que saltan de una a otra dimensión y nos llevan a lo metaliterario. Premisas muy excitantes con las que comienza esta novela, pero que luego no cumple.

El señor Fox inicia sus aventuras viéndose sorprendido en su estudio por la aparición repentina de una vieja conocida a la que hace años que no ve. Teniendo en cuenta que su esposa está también en casa, la situación es de lo más tensa. Sobre todo cuando comienzan los reproches por algo que sucedió en el pasado y que apenas se explica, dejándonos con una intriga que esperamos se resuelva en las siguientes páginas. Pero más que una continuación narrativa, lo que viene después es una combinación de relato cubista y juego de matrioskas en el que aquellos a los que conocimos no solo son ellos sino también personajes trasladados a coordenadas en las que lo costumbrista se combina con lo barroco, lo bizarro y hasta lo abyecto.

Pero en ese ir y venir entre el aquí y el allí, surge la duda de cuál es el mecanismo por el que quedan unidas ambas dimensiones y el sentido de dicha conexión. Lamentablemente yo no he conseguido encontrar la respuesta a ninguna de las dos interrogantes de la propuesta de Helen Oyeyemi. Y me frustra mucho cuando no conecto con un autor o no consigo entrar dentro de su universo. Doy por hecho que alguien con una carrera como la de Helen, con ocho títulos publicados, ganadora de varios premios y reconocida por la crítica, está lo suficientemente consolidada como para que este lector la ponga en duda. Supongo que no me queda otra que responder con esa manoseada sentencia exculpatoria que dice No eres tú, soy yo.  

Pero no lo enuncio con ánimo de victimismo, sino meramente explicativo. Aunque hay algo que me alivia, no he sido el único que se ha sentido así leyendo El señor Fox. Llegué a él a través de un club de lectura y este resultó el parecer mayoritario del grupo. La sensación casi unánime fue que el libro acaba siendo una acumulación de relatos en el que el matrimonio de Saint John y Daphne forman junto con la extraña Mary un triángulo al que se nos acerca desde prismas como la atracción, el deseo, la fantasía, la aceptación, el rechazo, el odio y el juego.

Quizás la intención de Oyeyeme fuera ofrecer una visión holística de cada uno de ellos, de su relación conjunta y de las cruzadas cuya imagen final resultara ser más que la suma de sus partes. Pero lo que se percibe y vive desde el otro lado del papel es una propuesta tonalmente plana y rítmicamente monótona que pierde la conexión con el origen -y eso que el capítulo del intercambio epistolar prometía-, generando desconcierto y desubicación al no saber no solo hacia donde nos lleva, sino por dónde transita.

El señor Fox, Helen Oyeyemi, 2013, Editorial Acantilado.

“Alicia en el país de las maravillas” y “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll

No es la obra infantil que la leyenda dice que es. Todo lo contrario. Su protagonista de siete años nos introduce en un mundo en el que no sirven las convenciones retóricas y conceptuales con que los adultos pensamos y nos expresamos. Una primera parte más lúdica y narrativa y una segunda más intelectual que pone a prueba nuestras habilidades para comprender las situaciones en las que la lógica hace de las suyas.  

La génesis de Alicia está en las historias que un día improvisó su autor para entretener a tres niñas que se aburrían. Carroll trabajó posteriormente de manera literaria esos bosquejos verbales hasta darles la forma en que desde 1865 podemos leer aquellas aventuras y desventuras. Lo que al principio parece una historia infantil por la edad de su protagonista deriva en un viaje sobre cómo cualquier persona es susceptible de actuar y de adaptarse cuando las circunstancias en las que se encuentra funcionan bajo parámetros no solo no conocidos, sino de manera totalmente contraria a lo que se podría suponer.    

Lo destacable no es que al otro lado de la madriguera en la que se adentra Alicia, persiguiendo al conejo blanco, los animales se comporten como humanos, sino que plantean cuestiones a las que no se puede responder de manera automática. Exigen reflexionar, pero no por la complejidad formal de su enunciación, sino porque su aplastante sencillez no permite eludir la verdad, autenticidad y sinceridad que demandan. Interrogantes que se encuadran en una narración que se construye con su sucesión, generando y haciendo crecer una atmósfera de inquietud, apertura mental y posibilismo a partes iguales que atrapa y seduce a nuestra guía y, por extensión, a nosotros, sus amigos, seguidores y lectores.

A pesar de la hipérbole de su relato y de la magnitud de su absurdo, su credibilidad no se ve en ningún momento puesta en entredicho. Más que trasladarnos al mundo por el que transita Alicia en el país de las maravillas, el propósito de Lewis Carroll parece ser que abandonemos los supuestos prodigios a los que estamos anclados por la costumbre, la rutina y la cortedad de miras. Es decir, que salgamos de nuestra zona de confort como humanos que somos, como protagonistas superiores y magnánimos que nos sentimos por encima del resto de seres con los que compartimos la vida terrenal y la abstracción de la universalidad.  Y también que nos olvidemos de nuestra mente, que dejemos a un lado la necesidad de control, de elaborar todo tipo de hipótesis y teorías para explicar aquello que no gobernamos y que apenas entendemos.

En Alicia a través del espejo la propuesta de Carroll es aún más arriesgada. El componente narrativo y la atmósfera de viaje y descubrimiento pesan menos, en pro del juego de comprensión al que nos somete. Más que a una ampliación del espectro de situaciones, lugares y personajes del mundo de ensoñaciones de Alicia, a lo que asistimos es a una espiral en la que ya no solo se juega a lo onírico y los sentidos paralelos o descontextualizados, sino a algo que desde ahí parece acercarse a mecanismos que eclosionarían con el surrealismo como el automatismo, el cadáver exquisito o el método paranoico crítico de Dalí.

Alicia en el país de las maravillas (1865) y Alicia a través del espejo (1871), Lewis Carroll, Alianza editorial.

“Drácula” de Bram Stoker

Novela de terror, romántica, de aventuras, acción e intriga sin descanso. Perfectamente estructurada a partir de entradas de diarios y cartas, redactadas por varios de sus personajes, con los que ofrece un relato de lo más imaginativo sobre la lucha del bien contra el mal. El inicio de un mito que sigue funcionando y a cuya novela creadora la pátina del tiempo la hace aún más extraordinaria.

Si a cada uno de nosotros nos preguntaran desde cuándo conocemos a Drácula, lo más probable es que coincidiéramos en la respuesta, desde siempre. El personaje ha tomado vida propia y forma parte del imaginario popular, pero todos sabemos que nace de las páginas de la novela publicada por Bram Stoker en 1897 en un trabajo literario con una imaginación desbordante por los múltiples niveles de relato y lectura que contiene.

Hay en ella algo de cuaderno de viajes con el recorrido inicial que el joven Jonathan Harker realiza por Europa Central hasta llegar al castillo de su cliente y anfitrión en Transilvania. También hay romanticismo con la exposición de sentimientos amorosos entre este profesional inmobiliario y su prometida, Mina, con confesiones y declaraciones de lo más entregado y devoto. Costumbrismo incluso, en el reflejo de la amistad de esta con su amiga Lucy Westenra. Hay, además, mucha intriga en la investigación que realiza el profesor Van Helsing -el único protagonista que no participa de la redacción de la novela- hasta dar con la forma de su enemigo, descubrir su manera de actuar y dilucidar la manera de combatirlo. Y, por supuesto, acción a raudales en Londres y en la vuelta al interior del viejo continente una vez que se desata el combate final en la guerra entre el bien y el mal.

Pero lo que le da sentido a todo ello es el terror, el horror, la encarnación tan fantástica que toma lo infernal con esa nueva clase de personas entre los vivos y los muertos que son los no-muertos, con sus peculiares características físicas, sus extraños procederes y sus macabros hábitos. Ahí es donde la imaginación de Bram Stoker dio de lleno -fuera original, fuera tomando ideas de relatos anteriores a él- creando unos seres que fascinan por lo que tienen de seductores (sensuales y sexuales) y que asombran (por su ejercicio del poder en el juego de la dominación/sumisión) y aterran a partes iguales (relacionarse con ellos implica poner en riesgo la vida).

Un material al que su autor dio una forma literaria extraordinaria, haciendo que sus personajes se presentaran, identificaran y mostraran su evolución a partir de sus propias palabras. Él no ejerce como narrador, sino que deja este papel en manos de la pareja protagonista, Jonathan y Mina Harker, y del doctor John Seward, aunque no sean los únicos a los que recurre (también hay noticias extraídas de periódicos locales). A través de sus testimonios, recogidos principalmente en sus diarios, aunque también en sus cartas, conocemos no solo lo que les sucede y cómo lo viven, sino las visiones complementarias que tienen de los acontecimientos tan extraordinarios en los que se ven involucrados.

Todo ello provoca desde la primera página una atmósfera de angustia que no cesa en ningún momento, haciendo que Drácula se convierta no solo en una lectura, sino en una experiencia que apela a partes iguales a la razón y a la fe, a la mente y al latido del corazón, así como a nuestra capacidad para ir más allá de los límites de lo conocido (algo muy en boga a finales del s. XIX) y entregarnos completamente a ello.

Drácula, Bram Stoker, 1897, Austral Ediciones.

“El efecto del aleteo de una mariposa en Japón” de Ruth Ozeki, best seller con aspiraciones

Dos mujeres en diferentes localizaciones y tiempos comunicándose e influyéndose mutuamente en una historia que recoge múltiples aspectos que dan forma y sentido a sus vidas. Un relato bien estructurado, pero descafeinado en su intento de conseguir una atmósfera espiritual a la manera oriental.

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Un buen día, caminando por la playa en una isla del oeste de Canadá en la que vive, Ruth se encuentra una bolsa que en su interior guarda varios elementos: un ejemplar de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que tras su portada esconde un diario escrito en japonés, una serie de cartas manuscritas en francés y un reloj de pulsera masculino. De vuelta a su casa inicia la lectura de las páginas que han llegado a sus manos, introduciéndonos así en la historia de Noa, una adolescente nacida en EE.UU., pero trasladada apenas unos meses antes al Japón del que es originaria su familia. Guiados por lo que ha redactado conoceremos algunos de los contrastes del país del sol naciente, como el del el acoso escolar con sus múltiples formas de violencia física y psíquica, y la tradición espiritual de comunicación, mimetización y empatía con el entorno encarnada por la bisabuela Jiko, mujer con 104 años de vida.

Alternando los capítulos que protagonizan cada una de ellas, se combina una doble narrativa. Por una lado, la autobiográfica de Noa al oeste del Pacífico, y por el otro, la de Ruth, residente en tierras norteamericanas y cuyos aconteceres conocemos en tercera persona contados por la autora (que se llame como este personaje que también es escritora, ¿mera coincidencia o hay algo de identificación en ello?). Dos realidades paralelas separadas no solo por una miles de kilómetros, sino también por años en el calendario. Mientras en Japón viven en el 2001 acontecimientos lejanos como el 11-S, en Canadá siguen con gran atención una década después las consecuencias del tsunami que arrasó la costa occidental japonesa en 2011.

En esa distancia geográfico-temporal es donde reside la paradoja sobre la que se construye un relato que se presenta como paralelo y recíprocamente influenciado. Según el planteamiento de Ruth Ozeki, la existencia humana es energía que se materializa en personas, lugares y acontecimientos, pero en algo que supera las coordenadas físicas y la linealidad cronológica. Una idea que va más allá de las simplificaciones que en este lado del mundo hacemos de las distintas corrientes de pensamiento oriental, valga como ejemplo la desacertada traducción en español que se la ha dado al título original de esta novela, A tale for the time being.

Junto a algunos de los asuntos ya señalados, hay otros que se tratan de manera amplia y bien estructurada, como la relaciones entre padres e hijos y las líneas genealógicas que unen varias generaciones, la muerte como una cuestión natural o como una elección (el suicidio), los principios que motivan nuestro proyecto de vida o la actitud que tenemos ante las distintas formas de brutalidad humana (guerras, explotación laboral, prostitución,…) que nos podemos encontrar a lo largo de nuestra biografía.

Lo que no alcanza esa misma altura es el tono de la narración. Intentando adoptar modos orientales en sus descripciones y diálogos, se queda en ese punto intermedio entre lo sencillo y lo simple, lo que impide cuajar una novela que acaba pareciendo una combinación de dos, una para adolescentes con aspiraciones de adultos y un best-seller de los que se pueden encontrar, tal y como indica semejante término, en las estanterías de los más vendidos de muchas librerías.

El efecto del aleteo de una mariposa en Japón, Ruth Ozeki, 2013, Editorial Planeta.

23 de abril, un año de lecturas

365 días después estamos de nuevo en el día del libro, homenajeando a este bendito invento y soporte con el que nos evadimos, conocemos y reflexionamos. Hoy recordamos los títulos que nos marcaron, listamos mentalmente los que tenemos ganas de leer y repasamos los que hemos hecho nuestros en los últimos meses. Estos fueron los míos.

Concluí el 23 de abril de 2020 con unas páginas de la última novela de Patricia Highsmith, Small g: un idilio de verano. No he estado nunca en Zúrich, pero desde entonces imagino que es una ciudad tan correcta y formal en su escaparatismo, como anodina, bizarra y peculiar a partes iguales tras las puertas cerradas de muchos de sus hogares. Le siguió mi tercer Harold Pinter, The Homecoming. Nada como una reunión familiar para que un dramaturgo buceé en lo más visceral y violento del ser humano. Volví a Haruki Murakami con De qué hablo cuando hablo de correr, ensayo que satisfizo mi curiosidad sobre cómo combina el japonés sus hábitos personales con la disciplina del proceso creativo.  

Amin Maalouf me dio a conocer su visión sobre cómo se ha configurado la globalidad en la que vivimos, así como el potencial que tenemos y aquello que debemos corregir a nivel político y social en El naufragio de las civilizaciones. Después llegaron dos de las primeras obras de Arthur Miller, The Golden Years y The Man Who Had All The Luck, escritas a principios de la década de 1940. En la primera utilizaba la conquista española del imperio azteca como analogía de lo que estaba haciendo el régimen nazi en Europa, en un momento en que este resultaba atractivo para muchos norteamericanos. La segunda versaba sobre un asunto más moral, ¿hasta dónde somos responsables de nuestra buena o mala suerte?

Le conocía ya como fotógrafo, y con Mis padres indagué en la neurótica vida de Hervé Guibert. Con Asalto a Oz, la antología de relatos de la nueva narrativa queer editada por Dos Bigotes, disfruté nuevamente con Gema Nieto, Pablo Herrán de Viu y Óscar Espírita. Cambié de tercio totalmente con Cultura, culturas y Constitución, un ensayo de Jesús Prieto de Pedro con el que comprendí un poco más qué papel ocupa ésta en la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico. The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore fue mi dosis anual de Tennessee Williams. No está entre sus grandes textos, pero se agradece que intentara seguir innovando tras sus genialidades anteriores.

Helen Oyeyemi llegó con buenas referencias, pero El señor Fox me resultó tedioso. Afortunadamente Federico García Lorca hizo que cambiara de humor con Doña Rosita la soltera. Con La madre de Frankenstein, al igual que con los anteriores Episodios de una guerra interminable, caí rendido a los pies de Almudena Grandes. Que antes que buen cineasta, Woody Allen es buen escritor, me quedó claro con su autobiografía, A propósito de nada. Bendita tú eres, la primera novela de Carlos Barea, fue una agradable sorpresa, esperando su segunda. Y de la maestra y laboriosa mano teatral de George Bernard Shaw ahondé en la vida, pensamiento y juicio de Santa Juana (de Arco).

Una palabra tuya me hizo fiel a Elvira Lindo. Más vale tarde que nunca. La sacudida llegó con Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, literatura y periodismo con mayúsculas, creo que no lo olvidaré nunca. Tras verlo representado varias veces, me introduje en la versión original de Macbeth, en la escrita por William Shakespeare. Bendita maravilla, qué ganas de retornar a Escocia y sentir el aliento de la culpa. Siempre reivindicaré a Stephen King como uno de los autores que me enganchó a la literatura, pero no será por ficciones como Insomnia, alargada hasta la extenuación. Tres hermanas fue tan placentero como los anteriores textos de Antón Chéjov que han pasado por mis manos, pena que no me pase lo mismo con la mayoría de los montajes escénicos que parten de sus creaciones.

Me sentí de nuevo en Venecia con Iñaki Echarte Vidarte y Ninguna ciudad es eterna. Gracias a él llegó a mis manos Un hombre de verdad, ensayo en el que Thomas Page McBee reflexiona sobre qué implica ser hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. The Inheritance, de Matthew López, fue quizás mi descubrimiento teatral de estos últimos meses, qué personajes tan bien construidos, qué tramas tan genialmente desarrolladas y qué manera tan precisa de describir y relatar quiénes y cómo somos. Posteriormente sucumbí al mundo telúrico de las pequeñas mujeres rojas de Marta Sanz, y prolongué su universo con Black, black, black. Con Tío Vania reconfirmé que Chéjov me encanta.

Sergio del Molino cumplió las expectativas con las que inicié La España vacía. Acto seguido una apuesta segura, Alberto Conejero. Los días de la nieve es un monólogo delicado y humilde, imposible no enamorarse de Josefina Manresa y de su recuerdo de Miguel Hernández. Otro autor al que le tenía ganas, Abdelá Taia. El que es digno de ser amado hará que tarde o temprano vuelva a él. Henrik Ibsen supo mostrar cómo la corrupción, la injusticia y la avaricia personal pueden poner en riesgo Los pilares de la sociedad. Me gustó mucho la combinación de soledad, incomunicación e insatisfacción de la protagonista de Un amor, de Sara Mesa. Y con los recuerdos de su nieta Marina, reafirmé que Picasso dejaba mucho que desear a nivel humano.

Regresé al teatro de Peter Shaffer con The royal hunt of the sun, lo concluí con agrado, aunque he de reconocer que me costó cogerle el punto. Manuel Vicent estuvo divertido y costumbrista en ese medio camino entre la crónica y la ficción que fue Ava en la noche. Junto al Teatro Monumental de Madrid una placa recuerda que allí se inició el motín de Esquilache que Antonio Buero Vallejo teatralizó en Un soñador para un pueblo. El volumen de Austral Ediciones en que lo leí incluía En la ardiente oscuridad, un gol por la escuadra a la censura, el miedo y el inmovilismo de la España de 1950. Constaté con Mi idolatrado hijo Sisí que Miguel Delibes era un maestro, cosa que ya sabía, y me culpé por haber estado tanto tiempo sin leerle.

La sociedad de la transparencia, o nuestro hoy analizado con precisión por Byung-Chul Han. Masqué cada uno de los párrafos de El amante de Marguerite Duras y prometo sumergirme más pronto que tarde en Andrew Bovell. Cuando deje de llover resultó ser una de esas constelaciones familiares teatrales con las que tanto disfruto. Colson Whitehead escribe muy bien, pero Los chicos de la Nickel me resultó demasiado racional y cerebral, un tanto tramposo. Acabé Smart. Internet(s): la investigación pensando que había sido un ensayo curioso, pero el tiempo transcurrido me ha hecho ver que las hipótesis, argumentos y conclusiones de Frédéric Martel me calaron. Y si el guión de Las amistades peligrosas fue genial, no lo iba a ser menos el texto teatral previo de Christopher Hampton, adaptación de la famosa novela francesa del s.XVIII.   

Terenci Moix que estás en los cielos, seguro que El arpista ciego está junto a ti. Lope de Vega, Castro Lago y Arthur Schopenhauer, gracias por hacerme más llevaderos los días de confinamiento covidiano con vuestros Peribáñez y el comendador de Ocaña, cobardes y El arte de ser feliz. Con Lo prohibido volví a la villa, a Pérez Galdós y al Madrid de Don Benito. Luego salté en el tiempo al de La taberna fantástica de Alfonso Sastre. Y de ahí al intrigante triángulo que la capital formaba con Sevilla y Nueva York en Nunca sabrás quién fui de Salvador Navarro. El Canto castrato de César Aira se me atragantó y con la Eterna España de Marco Cicala conocí los porqués de algunos episodios de la Historia de nuestro país.

Lo confieso, inicié How to become a writer de Lorrie Moore esperando que se me pegara algo de su título por ciencia infusa. Espero ver algún día representado The God of Hell de Sam Shepard. Shirley Jackson hizo que me fuera gustando Siempre hemos vivido en el castillo a medida que iba avanzando en su lectura. Master Class, Terrence McNally, otro autor teatral que nunca defrauda. Desmonté algunas falsas creencias con El mundo no es como crees de El órden mundial y con Glengarry Glen Ross satisfice mis ansiosas ganas de tener nuevamente a David Mamet en mis manos. Y en la hondura, la paz y la introspección del Hotel Silencio de la islandesa de Auður Ava Ólafsdóttir termino este año de lecturas que no es más que un punto y seguido de todo lo que literariamente está por venir, vivir y disfrutar desde hoy.

“El lápiz del carpintero” de Manuel Rivas

Una narración que, además de los hechos, abarca las emociones de sus protagonistas y sus preguntas y respuestas planteándose el por qué y el para qué de lo que está ocurriendo. Un viaje hasta la Galicia violentada en el verano de 1936 por el alzamiento nacional y embrutecida por lo que derivó en una salvaje Guerra Civil y una despiadada dictadura.

El pasado no es solo lo que ocurrió, las palabras con las que fijamos lo que permanece en nuestra memoria, sino también las sensaciones que nos provocan los recuerdos de lo que vivimos. Esas huellas en nuestra piel, esas reacciones inconscientes que nos hacen fruncir el ceño, sonreír, cruzar los brazos o que nos abrillantan la mirada son las que determinan el carácter de lo que nos sucedió y nos hacen recordar cómo hemos llegado a ser quienes somos. Este es el principio con el que Martín Rivas parece articular el relato de Herbal, un hombre reservado y de pocas palabras, pero abierto y locuaz cuando se le escucha y no se le exige.

Desde su presente al cargo de la tranquila rutina de un club de carretera, nos retrotrae hasta ese tiempo en que, por inercia, por desconocimiento o por no tener otra opción, formó parte de aquella España dividida en la que –al margen de la contienda militar en el frente de batalla- hubo quien espió, encarceló, torturó y asesinó sin razón ni motivo ni justificación. Así fue como su destino -tanto físico como psicológico- quedó unido al de aquellos en cuyas biografías se inmiscuyó violentamente, convirtiéndose desde su posición de carcelero en testigo de sus vidas, cómplice de sus acciones y parásito de la energía de sus motivaciones, lo que constituye el verdadero corazón e hilo articulador del corpus de esta novela.

Una de esas víctimas fue el artista a través del que le llegó el elemento que da título a sus andanzas, El lápiz del carpintero. El otro fue el médico Daniel Da Barca, republicano y médico comprometido tanto con sus ideales políticos como con el código deontológico de su profesión. De manera muy sutil, Rivas nos muestra cómo, a pesar de la distancia ideológica y el imperativo de las normas, la humanidad encuentra su sitio. El primero se le mete en la cabeza y se convierte en el filtro a través del cual detectar la belleza que nos puede deparar nuestro alrededor. Del segundo apenas se separa, convirtiéndole así en un referente de cómo afrontar estoicamente todo lo malo que nos pueda ocurrir cuando el amor está de nuestra parte, cuando amamos y somos amados.

Así es como se va tejiendo una historia en la que la cuidada descripción de los escenarios en que transcurre la acción se entremezcla con el relato de acontecimientos hoy ya históricos, referencias literarias -con las consiguientes notas líricas, prosaicas, espirituales y etnográficas a que estas evocan- y lo más mundano del ser humano. Sus aspiraciones y su capacidad para lidiar con los múltiples obstáculos que se encuentra por el camino hasta llegar a convertirlas en realidades en las que pueden llegar a convivir, a partes iguales, la brutalidad, el afecto y el instinto de supervivencia. Eso que a veces es la vida, que se puede dibujar con el lápiz de un carpintero o narrar como lo hace Manuel Rivas.

El lápiz del carpintero, Manuel Rivas, 1998, Editorial Alfaguara.

“Pampanitos verdes” de Óscar Esquivias

Diez historias que nos introducen en la cotidianidad, en el día a día, en el anecdotario de sus protagonistas. Lecturas inspiradoras por la franqueza, sencillez y transparencia con que están narradas y lo reveladoras que son de las personalidades, temperamentos y trayectorias vitales de los hombres y mujeres que transitan por ellas.

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Me ha vuelto a suceder lo mismo que con Andarás perdido por el mundo. Me da la impresión de que los relatos de Oscar Esquivias están elaborados a partir de una imagen fija, de un retazo perdido de una conversación escuchada en una terraza, de la visión de unos viandantes durante apenas unos segundos desde la ventanilla de un medio de transporte, del instante en que paseando se ha cruzado con alguien que iba en dirección contraria. Algo mínimo pero que le basta para deducir, imaginar o elucubrar el universo que se puede esconder tras esa congelación del tiempo, realidades no ocultas, únicamente esperando su visita para posteriormente ser convertidas en ficción por él.

Personas que podríamos ser cualquiera de nosotros, que nos quejamos en multitud de ocasiones de que no nos ocurre nada interesante ni destacable, pero que lo somos precisamente por eso. Los protagonistas de Pampanitos verdes lo son por lo mucho en común – dudas, sueños, recuerdos, frustraciones, incertidumbres- que tenemos con ellos en infinidad de cuestiones -la muerte, el deseo, el futuro, el despertar sexual-. Una cercanía sentida, además, por la sencillez con que Óscar les describe, la transparencia con que les sigue y la naturalidad con que transmite sus pensamientos y narra sus acciones.

Y aunque algunos de ellos viajan hasta Chicago o viven en Roma, la mayoría de sus singularidades comparten coordenadas en ese cosmos tan particular que es Castilla. Una tierra en la que el que establece las normas pide que los demás se hagan los ciegos y los sordos cuando es él quien no las cumple (la bipolaridad del que se impone como caudillo); en la que se cree que no hablando de un asunto se consigue su no existencia (y el resultado es hacerlo aún más presente); y en la que se es incapaz de considerar otras maneras de disfrutar y sentir que la de uno mismo (viviendo así de espaldas al de al lado). Una actitud que nadie reconoce tener pero que presupongo Esquivias conoce bien como burgalés que es y que aunque está en lo que refleja, no influye en su percepción ni en su manera de relatarlo.

De ahí que, más allá de la comedia o el drama, el costumbrismo o la invención, la representación o la recreación que caracterizan cada uno de estos cuentos, en todos ellos nos encontramos con una mirada empática, siempre amable, respetuosa y considerada con cuantos los habitan. Así, al no caer en la tentación del juicio o la crítica, su punto de vista resulta más amplio y nos ofrece una visión totalmente humana y verosímil. Esto hace que más que historias con principio y final, Pampanitos verdes sea una colección de fragmentos de vida tan interesantes como presuponemos ha de ser lo anterior y lo posterior a lo que nos muestra de ellas.

Pampanitos verdes, Óscar Esquivias, 2010, Ediciones del Viento.

“A sangre y fuego” de Manuel Chaves Nogales

Once episodios basados en otras tantas situaciones reales que demuestran que la violencia engendra violencia y que la Guerra Civil fue más que un conflicto bélico entre nacionales y republicanos. Los relatos escritos por este periodista en los primeros meses de 1937 son una joya narrativa que dejan claro que esta fue una guerra total en la que en muchas ocasiones los posicionamientos ideológicos fueron una disculpa para arrasar con todo aquel que no pensara igual.

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El trabajo en la redacción de un medio de comunicación da acceso a múltiples fuentes de información sobre un suceso o acontecimiento. El buen profesional de la materia, bajo el prisma de la ética y la objetividad periodística, toma buena nota de lo que escucha y ve y a través de ello ahonda en lo que está ocurriendo para intentar comprender qué sucede realmente bajo esa superficie y cuáles son los motores que lo provocan. En este sentido y desde su puesto como director desde 1931 del diario Ahora, Manuel Chaves no solo fue testigo privilegiado de la tensión in crescendo que se fue generando entre las distintas facciones políticas durante la II República hasta el levantamiento del 18 de julio de 1936, sino también de las divergencias a partir de esa fecha en la respuesta de los movimientos de izquierda –socialistas, comunistas, anarquistas,…- tanto a la hora de organizar su bando como de combatir al enemigo.

Chaves escribió estos relatos pocos meses después del inicio del fratricidio, cuando llegó a París en el inicio de su particular exilio. En ellos se puede leer a partes iguales la precisión del informador y su imperiosa necesidad como ciudadano de un país que se resquebrajaba de contarle al mundo la debacle humana que estaba teniendo lugar en España. Dejando claro que la Guerra Civil no fue un conflicto que pretendiera sustituir un régimen político por otro, sino una contienda en la que cada bando no se propuso rendir a su adversario, sino destruirlo hasta arrasarlo completamente, sin diferenciar a los combatientes y los objetivos militares de la población civil y sus lugares de residencia y modos de ganarse la vida.

El destino quiso que Manuel estuviera en el Madrid republicano cuando comenzó lo que entonces no se sabía que acabaría siendo el prólogo de la II Guerra Mundial, por lo que los testimonios particulares que nos ofrece son los que le llegaron, o de los que fue testigo, de ese lado. Crónicas cuyos protagonistas y tramas no son los de los libros de historia ni los episodios, tácticas o estrategias explicadas en estos, sino aquellos ciudadanos anónimos que se ofrecieron espontáneamente para armarse y acudir al frente, quedaron al frente de la intendencia en la capital, asistían a los heridos o, sencillamente, fueron víctimas inocentes de los ataques y los bombardeos.

Un maremágnum de voluntariosos, más impulsados por la utopía –cuando no por el odio y el ánimo de revancha-, faltos de organización y de un mando único que aunara sus energías con el propósito de defender el sistema democrático frente a los que luchaban con el apoyo de las tropas alemanas e italianas en su contra. Sin embargo, el caos era tal que la violencia engendró otras violencias como la crueldad que algunos de los llamados rojos volcaron contra todo aquel de cuya fidelidad a la causa dudaban.

A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España aporta un diferente y muy necesario punto de vista sobre un tiempo que no es únicamente un pasado sobre el que aplicar una lectura académica. Lo que Manuel Chaves Nogales logra en este título es poner el foco sobre el drama humano que tuvo lugar en nuestro país de 1936 a 1939, prolongado durante 40 años más de dictadura. Algo que hoy en día se sigue rehuyendo, lo que hace aún más fundamental este título, además de por sus excelentes valores literarios (la precisión de su prosa, la riqueza de su vocabulario, la tensión de su ritmo, la fina construcción de sus tramas, el retrato de sus personajes,…).

A sangre y fuego, Manuel Chaves Nogales, 2017, Libros del Asteroide.

“Nunca sabrás quién fui” de Salvador Navarro

Un thriller, una narración sobre cómo se escribe una novela y un drama envuelto en pasiones amorosas. Tramas y líneas argumentales estructuradas con precisión y desarrolladas a lo largo de varias décadas entre Sevilla, Madrid y Nueva York. Un juego de espejos y reflejos con un ojo puesto en Joël Dicker y otro en Paul Auster.

El sueño de muchos periodistas que se dedican a la palabra impresa no es dar forma a reportajes que se publiquen en cabeceras de grandes tiradas, sino escribir una novela con la que demostrar sus dotes para la investigación, hilvanando la objetividad de los datos con la subjetividad del análisis psicológico y el misterio de la conducta humana, dando como resultado una ficción que informe, enganche y remueva. Ese es Alex, el joven, esbelto y enérgico protagonista de Nunca sabrás quién fui, que se traslada a la capital andaluza por la módica cantidad de cinco mil euros al mes con una misión cuyos fines no le han sido desvelados.

Una interrogante que le despierta toda clase de suspicacias y que a medida que se introduce en la historia que las genera le provoca un sinfín de hipótesis en las que indagará de manera paralela. Así es como su vida se va complicando en un tablero de sutilezas y suspicacias en el que los comportamientos, dedicaciones y afirmaciones de aquellos con los que se relaciona pueden ser cualquier cosa menos lo que parecen. O no. Desde el punto de vista literario, un continuo de idas y venidas de intrigas, riesgos, tensión, poder y sexo en el que los trayectos de vuelta nunca te devuelven a la casilla anterior, sino que te hacen avanzar en una mezcla de nebulosa y desierto en el que no te queda otra que confiar en la buena fe y el saber hacer de Salvador.

Él lo deja claro desde la presentación de su personaje principal. Su construcción narrativa toma como referente la deconstrucción temporal de La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker, así como la metaliteratura de Paul Auster. La interrelación entre los planos de la acción, su plasmación sobre el papel y su ideación en la imaginación del escritor. Entre la vivencia, la elaboración consciente y la subjetividad marcada por las pulsiones interiores. Entre la realidad, la reconstrucción y la recreación aplicando los mecanismos y trucos literarios adecuados para conseguir una ficción sólida que quizás contenga dimensiones paralelas no necesariamente explicitadas.

Recuerdo una fotografía que tiempo atrás Navarro subió a su cuenta de Instagram. En ella contaba que llevaba a donde fuera a pasar el fin de semana el corcho plagado de cartulinas de colores en el que estaba la estructura de la que sería entonces su siguiente novela, El hombre que ya no soy (2017). Un recurso que utiliza también Alex. Lo que nos devuelve al primer párrafo de esta reseña. ¿Cuánto hay en Alex de él? ¿En qué medida se ha puesto al servicio de su personaje? ¿Únicamente de manera utilitaria o hay algo expiatorio en ello? Y sea como sea, ¿con qué intención? La respuesta solo la tiene él. Por su parte, su lector se queda con el hecho de haber disfrutado de principio a fin, sintiéndose enredar primero por su propuesta e iluminar inteligentemente después con el trazado por el que la hace crecer hasta resolverla.

Nunca sabrás quién fui, Salvador Navarro, 2020, Algaida Editores.

“cobardes” de Castro Lago

Siete relatos sobre gente como tú y como yo. Siete historias que no crees que vayas a vivir pero que en algún momento se te han pasado por la cabeza. Siete narraciones donde lo cotidiano se hace protagonista, situándote en encrucijadas en las que lo espontáneo y lo simbólico se dan la mano poniéndote a prueba. Siete fábulas que demuestran que cada uno de nosotros albergamos tanta luz como oscuridad.

Un nudo en el estómago. Eso es lo que te provocan las primeras líneas de cada uno de estos Cobardes. Con apenas unos acordes verbales Castro Lago te introduce en una tensión que le basta con insinuarse para hacer evidente que hay algo más, algo que no se deja ver, tras los gestos con lo que presenta a sus protagonistas. Su aparente liviandad no es más que una carta de presentación que induce a la sospecha y a la suspicacia. ¿Se explayarán en los párrafos que están por venir? ¿Nos contarán lo que inicialmente han callado?

El papel les permite una intimidad, un secreto y una connivencia serena y relajada, a prueba de prejuicios con los que estamos de este lado. ¿Se valdrán de ella? ¿La utilizarán a su favor? A nosotros la lectura nos obliga a proyectarnos y a reflexionar, a hacer el ejercicio de ¿y yo qué? ¿qué haría? ¿ya lo hice? ¿lo haría de nuevo?

¿Fingirías querer a alguien cuando en tu fuero interno quien te hace latir es otra persona? ¿Simularías que te importa aquella antigua compañera de clase a quien hacía décadas que no veías? ¿Tolerarías que tu marido se arreglara para pasar la noche fuera y replique ante tu gesto agrio que ya os veréis en el desayuno? ¿Y que un alumno soliviantara tu ánimo? ¿Cómo recuerdas aquella primera visita médica en que tuviste que desnudarte y dejar que un extraño tocara tus partes? ¿Cómo actuarías si descubrieras que tu pareja acaba de morir durmiendo a tu lado? ¿Te has llegado a identificar con un animal, a mimetizar con su pulso vital?

Sin entrar en juicios de valor ni utilizar el filtro morboso del escándalo o la hipérbole, Castro Lago nos coloca en el corazón de quienes se dejan llevar sin más, quienes siguen hacia delante en una extraña mezcla de impulso y razón. Al igual que en Amantes, poetas, víctimas y otros infelices (2019), la diafanidad de su narración sintetiza las coordenadas anímicas de los personajes en los que se embarca y el aparente punto de inflexión vital en el que nos los da a conocer.

No se trata de si hacen lo correcto o no, sino de que son así y no pueden, y sobre todo, ni tienen porqué evitarlo. El destino y su sentir los llevan por ahí, por un camino inescrutable cuyo tránsito labra tanto su carácter y personalidad como su biografía y el futuro por el que ésta haya de discurrir. Un devenir a caballo entre la monotonía de la zona de confort, la inconsciencia de lo rutinario y la obsesión alrededor de una serie de elementos -el trabajo, la pareja, los hijos, los recuerdos que siguen vivos, las ilusiones que no se cumplen- sobre los que ya no se sabe cuándo se reflexiona ni cuánto se fantasea.

Cobardes, Castro Lago, 2020, Talentura Editorial.