Archivo de la categoría: Novela

“La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos” de Castro Lago

Ocho historias cortas y una colección de extras que certifican la capacidad de fabulación, la habilidad para el enredo y la inteligencia a la hora de imaginar tramas y personajes de su autor. Narraciones, retratos y situaciones planteadas como reversos y reflejos de la realidad, plagados de paradojas, sarcasmos e ironías, pero con una lógica siempre aguda y coherente. Destellos de lo que fue o pudo ser, así como de lo que podría ser tras la fachada de lo visible.

La escritura de Castro Lago es como su mirada. Está aquí y allí, capta la generalidad de cuanto abarca el gran angular de su visión sin que se le escape el detalle que diferencia, individualiza y caracteriza cuantos elementos conforman el fresco, la acción o la reflexión que traslada de manera ordenada y estética al papel. Inicio que después sabe dotar de vida propia para llevarlo de un modo fluido por derroteros nunca lineales, pero logrando que la sinuosidad de sus meandros no frene su ritmo ni le distraiga de su propósito. Es capaz de dar siempre con la motivación precisa, la casuística ambiental o el recurso formal con que conseguir una suspensión de la realidad verosímil. Íntima y emocional unas veces. Divertida y socarrona otras.

Giocondas a 50 euros es un claro ejemplo de ello. Una historia en la que se atreve con el basado en hechos reales, nada más y nada menos que con la desaparición de la Gioconda de las paredes del Museo de Louvre en agosto de 1911. Suceso a partir del cual indaga en la conducta humana, el capricho del destino y los avatares del paso del tiempo. Retos de los que sale más que airoso. La impresión a su fin no es la de haber leído una fantasía o una digresión, sino una alternativa al discurso oficial que, aun a pesar de no haber ocurrido supuestamente de semejante manera, no deja de haber sido posible.

Oscar Gray o el retrato de Dorian Wilde da fe de su orfebrería argumental. Persona y personaje, autenticidad y ficción unidas en un juego de doble metaliteratura, la que nos propone a sus lectores y la que tiene lugar en sus páginas. Ya no es Alicia quien se mira al espejo y lo traspasa, sino que es el otro lado el que lo deja para superponerse a nosotros en una aproximación que reflexiona sobre quiénes somos y qué imagen proyectamos, a la par que coquetea con el terror psicológico.

De Derecho a imaginar me quedo con su manera de sobrevolar la concatenación de pensamientos de sus protagonistas para armar un cuerpo en el que la realidad, la imaginación, la suposición y lo evidente acaban por formar un corpus en el que es imposible separar cualquiera de sus enfoques de los demás. En Querido hijo, Castro Lago evidencia que se puede volver una y otra vez a lo mismo y ser siempre diferente si se es capaz de entrar con humildad en la caja de pandora de los sentimientos. Asuntos hondos que conviven con el humor de El efecto pelirrojo, el romanticismo canónico de La cuenta atrás de Justo Galeano o el análisis del poder de los libros en sus lectores que revela A la atención de la bibliotecaria.  

En definitiva, una colección de cuentos y brevedades galardonadas y reconocidas por diversas entidades entre 2009 y 2020 que ahora podemos conocer gracias a este volumen. Un recopilatorio, prologado por el ingenio de Oscar Esquivias, con el que Castro Lago consolida la muy buena impresión causada con sus anteriores cobardes (2020) y Amantes, poetas, víctimas y otros infelices (2019). Y como extra, también es el autor de las ilustraciones que acompañan a sus historias. Escritor y artista, Jesús resulta ser lo que ya intuía, un hombre humanista.

La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos, Castro Lago, 2022, Editorial Fagus.

“Small g: un idilio de verano” de Patricia Highsmith

Solemos dar por hecho que las ciudades suizas son el páramo de la tranquilidad social, la cordialidad vecinal y la práctica de las buenas formas. Una imagen real, pero también un entorno en el que las filias y las fobias, los desafectos y las carencias dan lugar a situaciones complicadas, relaciones difíciles y hasta a hechos delictivos como los de esta hipnótica novela con una atmósfera sin ambigüedades, unos personajes tan anodinos como peculiares y un homicidio como punto de partida.

Fue su último título y una muestra clara de cómo Patricia Highsmith manejaba la intriga con una finísima habilidad. En esta novela la incertidumbre no tiene como fin revelar una autoría desconocida, vehicular la entrada en escena de alguien en paradero ignoto o revelar las motivaciones de un comportamiento aparentemente incomprensible. En Small g esa inquietud está de principio a fin por un inicio desasosegante, el atraco y apuñalamiento de Peter, un joven de veinte años, y una continuación meses después en el día a día, cotidiano y monótono, acotado a su trabajo y su entorno vecinal, de quien fuera su último amante, el cuarentón Rickie.

Coordenadas en las que la interrogante de quién pudo ser el homicida se difumina entre las anécdotas, las casualidades y los vínculos existentes entre las vidas que se cruzan y encuentran en el Jacob’s. Un local que, según la hora del día, sirve tanto como cafetería de barrio y restaurante para trabajadores de la zona como discoteca de ambiente mixto a la que acuden habitantes de todo Zurich. Emplazamiento en el que la respuesta buscada parece ocultarse entre las peculiaridades, las tosquedades y los prejuicios de quienes allí acuden. Argumentos que, no sabemos si de manera paralela, alternativa o distraída, nos abren la puerta a episodios y vidas que parecen navegar entre la ilegalidad y la amoralidad, con miedos y vergüenzas en sus conciencias y cicatrices físicas y heridas psicológicas en sus biografías.

Highsmith se desenvuelve como pez en el agua en esa delgada línea roja entre la confabulación y el costumbrismo, valiéndose de los recursos, objetivos y pretensiones de ambos estilos. Así es como genera una narración en el que las cuestiones aparentemente más delicadas- como la vivencia individual y social de la homosexualidad en gente de mediana edad y la presencia del SIDA- son expuestas con total tranquilidad y, de manera cuidadosa para no alterar su esencia, trae a la superficie las señales que revelan conflictos y relaciones, aparentemente, sin lógica alguna, carentes de toda coherencia.

Así es como la creadora de Ripley revela su genio literario, cimentando su relato en el enfoque humano, en el análisis relacional y la exposición psicológica de sus personajes, generando en sus lectores un desasosiego tan o más profundo que si hubiera optado por desarrollar el prisma detectivesco con que nos introduce en las primeras páginas. Muestra evitando analizar y expone huyendo de toda explicación, busca ser objetiva (aunque no se cruza de brazos ante la mezquindad de los que enjuician) y únicamente transmisora, dejando que sea la manera de actuar, expresarse, pensar y tratarse de sus protagonistas lo que marque nuestra empatía con ellos y conocimiento sobre lo que hacen y les ocurre.

Small g: un idilio de verano, Patricia Highsmith, 1995, Editorial Anagrama.

“Lo que pasa de noche” de Peter Cameron

Narración, personajes e historia tan fríos como desconcertantes en su actuación, expresión y descripción. Coordenadas de un mundo a caballo entre el realismo y la distopía en el que lo creíble no tiene porqué coincidir con lo verosímil ni lo posible con lo demostrable. Una prosa que inquieta por su aspereza, pero que, una vez dentro, atrapa por su capacidad para generar una vivencia tan espiritual como sensorial.

Una pareja residente en Nueva York acude a un punto del ártico europeo para recoger al hijo que se disponen a adoptar. Un lugar en el que el invierno es más su estado mental y físico que una estación del año. Habitantes y personas de paso tan peculiares y auténticas como difíciles de definir y de prever. Esos son los tres pilares con los que Peter Cameron juega a ser una suerte de David Lynch literario, acercándose en ocasiones al artificio de lo ilógico sostenido por la sobriedad de su prosa, pero equilibrándolo con la correcta combinación de luces y sombras en la aséptica presentación que realiza de la personalidad, motivaciones y comportamiento de sus personajes.

En ningún momento conocemos los nombres ni la edad de los esposos protagonistas, personas que, provenientes del mundo real, se adentran en una fantasía en la que priman el silencio, la soledad y la incomunicación. Una geografía que no solo enmarca y ambienta, sino que también influye y condiciona lo que sucede en sus coordenadas, quizás situadas en ese punto septentrional en el que convergen las fronteras de Noruega, Finlandia y Rusia. Una localización determinada, más por su espíritu kafkiano que por su fijación en un mapa, y en cuyos asépticos interiores y exteriores dominados por el blanco de la nieve se respira una indudable sensación de irrealidad. Un mundo que responde a principios imposibles de transmitir a través de la palabra, solo comprensibles para aquellos que lo habitan desde tiempos pretéritos y que mantienen con él un vínculo umbilical.

Cameron plasma la magnitud de este universo, y su concreción temporal, a través de una escritura parca y con aires de objetividad en la que priman los hechos, las presencias y los contactos interpersonales sobre los valores con que actúa cada individuo, los objetivos que persigue y la moral que determina su manera de proceder. Traslada a su estilo la displicencia que nos relata con una edición estilística en la que no identifica los diálogos, sino que los imbrica en la narración como si fueran un discurrir en el que no hay separación ni distancia entre lo visible y compartido y lo interior y reservado.

Nos contagia así la desubicación que sienten los aspirantes a padres, confundidos por no entender las claves que determinan el funcionamiento de esta ciudad tan significativa y crucial para el futuro de sus vidas. En ella ven puestas a prueba tanto su capacidad de adaptación a nivel individual, como la solidez y los fundamentos de su unión. Podría ser que quien diseccionara el inicio de la adultez en Algún día este dolor te será útil (2007), se hubiera propuesto reflexionar alegóricamente sobre lo que suponen la maternidad y la paternidad y el rol que esta tienen en el compromiso matrimonial. Dudas que Lo que pasa de noche no resuelve, pero que dejan un eco que hace que su lectura perdure en el ánimo y en la memoria de su lector.

Lo que pasa de noche, Peter Cameron, 2020 (2022 en castellano), Libros del Asteroide.

«Una habitación con vistas» de lo más sugerentes, de E.M. Forster

Florencia es la ciudad del éxtasis, pero no solo por su belleza artística, sino también por los impulsos amorosos que acoge en sus calles. Un lugar habitado por un espíritu de exquisitez y sensibilidad que se materializa en la manera en que el narrador de esta novela cuenta lo que ve, opina sobre ello y nos traslada a través de sus diálogos las correcciones sociales y la psicología individual de cada uno de sus personajes.

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Visitando la Santa Croce, Stendhal se sintió tan impresionado por la magnanimidad de lo que le rodeaba que sufrió lo que popularmente conocemos como el síndrome al que da nombre. A Lucy le sucede algo parecido cuando entra en esa misma basílica en su primer paseo por la ciudad, aunque lo que a ella le ocurre no responde a cuestiones monumentales, sino única y exclusivamente humanas. Allí se encuentra con los señores Emerson, padre e hijo -a los que acaba de conocer en la pensión de la ciudad de Florencia en que ella también se aloja con su prima-, y se une a ellos para evitar ser vista en escandalosa e indecorosa soledad. En ese momento se consolida en su interior una sensación que, no siendo agradable, no puede evitar que forme ya parte de ella y la altere sin remedio cada vez que el más joven de ambos varones se hace presente.

Una habitación con vistas es un viaje entre la Italia renacentista y la Inglaterra victoriana. Entre el aire de exaltación romántica que E.M.Forster da a los acontecimientos que suceden en la primera y toscana parte de su novela y el contenido costumbrismo de las convenciones que los marca inglesamente en la segunda. Un conjunto en el que nos ofrece un profundo retrato de la clase alta británica de principios del siglo XX, aquella que comenzaba a viajar más allá de las tierras de su Imperio y que descubrió al mundo las posibilidades que ofrecía el turismo para el desarrollo y el enriquecimiento personal. Un colectivo que, sin embargo, debía construir su vida siguiendo los parámetros de clase económica, apellido y sexo bajo los que hubiera nacido.

Desde su posición como narrador ajeno a lo que nos cuenta, Forster nos relata lo que sucede sin intervenir en ello, pero plagándolo de adjetivos que califican con escasa flema y menos pudor cuanto se dice y se hace como lo que se calla y se evita. De esta manera compone un completo retrato de sus protagonistas, formado por la descripción de sus caprichosas personalidades y el análisis del momento vital en el que se encuentran. Un momento de enorme trascendencia en el que la emancipación solo es posible a través del matrimonio, además de los exigentes condicionantes familiares y sociales que han de cumplir para mantener el estatus de la clase social a la que pertenecen.

Por otro lado, y a pesar de la distancia geográfica entre Florencia y Londres, Forster plantea con gran naturalidad, desarrolla con efectividad y resuelve muy exitosamente, las diferentes tramas que hacen que las personas que coincidieron en la ciudad italiana sigan ligadas en la capital británica haciendo verdad aquello de que nada es por casualidad y que las coincidencias no existen sin más. De esta manera se impone la lógica de lo imprevisible, consiguiendo que lo que se nos cuenta resulte creíble, posible incluso, y tome forma escrita como narrativa de altos vuelos, como literatura que seduce y arrastra gozosamente consigo a su lector.

Una habitación con vistas, E.M. Forster, 1908, Alianza Editorial.

«Obra maestra» de Juan Tallón

Narración caleidoscópica en la que, a partir de lo inconcebible, su autor conforma un fresco sobre la génesis y el sentido del arte, la formación y evolución de los artistas y el propósito y la burocracia de las instituciones que les rodean. Múltiples registros y un ingente trabajo de documentación, combinando ficción y realidad, con los que crea una atmósfera absorbente primero, fascinante después.

El 18 de enero de 2006 el diario ABC revelaba que la dirección del Museo Reina Sofía desconocía dónde se encontraba una de las dos obras de Richard Serra con que contaba en su colección. Lo sorprendente es que se trataba de cuatro volúmenes que sumaban 38 toneladas de acero. Tres años después integraba en su exposición permanente, con el beneplácito de su autor, una copia de aquella bajo la premisa de que lo original era la idea. Estamos a 2022 y la primera aún no ha aparecido. Años en los que esta extraña historia ha obsesionado a Juan Tallón y a la que dio una y mil vueltas sobre cómo narrarla hasta dar con el planteamiento con que finalmente la leemos. Algo que explica en sus páginas, a modo de metaliteratura, incluyéndose a sí mismo como uno de sus personajes.

Testimonio en primera persona que acompaña a los de varias decenas más -cada uno con un tono diferente y el estilo particular de su enunciador- en torno a tres ejes: lo que se sabe y lo que no sobre la desaparición; la trayectoria, figura y proceso creativo de Richard Serra; y los inicios y evolución de la oficialidad del arte contemporáneo en nuestro país. Base sobre la que, a su vez, construye un completo diagrama de las dimensiones en las que se puede articular el mundo del arte: la imaginativa y la experiencial, la social y la comunicativa, y la institucional y la política.

Sin desvelar qué voces son reales, cuáles adaptadas a sus intereses y qué otras completamente ficción, nos lleva desde el silencio admirativo e interrogador con que se observan las piezas en los museos hasta la atención (des)interesada y utilitarista que se les presta desde las instancias oficiales. Y cuando se introduce en el pensamiento de Serra, en el material de sus obras y en el espacio que ocupan allí donde son expuestas, es cuando revela lo airoso que ha salido del principal riesgo de Obra maestra.

Juan se imbuye del lenguaje ecléctico, abstracto y sinuoso del mundo del arte, de las perífrasis y explicaciones no siempre comprensibles de artistas, críticos, comisarios y galeristas y las convierte en material argumental con múltiples funciones. Con él narra, pero también revela cómo se formula la imagen académica, la reputación social y el valor económico de los artistas, y el modo en que se transmite la subjetividad de esa información, dentro y fuera de esas coordenadas, generando fronteras, distancias y exclusiones entre los que están a uno y otro lado.

A su vez, consigue algo aún más brillante. Fusionar con la materialidad de Equal-Parallel: Guernica-Bengasi cuanto ha tenido que ver con ella a lo largo de estas décadas, ya sea administrativo, judicial o periodístico. Una completa mímesis con lo que Richard Serra dice pretender, que la creación no sea la pieza en sí sino los sentimientos y sensaciones que surgen interactuando física y emocionalmente con ella. Una visión que hace que lo que hoy podemos ver en la sala 102 del Museo Reina Sofía se enriquezca con esta Obra maestra y que sirve también para considerar a su escultura como una digna amplificación de la lectura de esta excelente novela.

Obra maestra, Juan Tallón, 2022, Editorial Anagrama.

“Zafra y el estiércol de brujas” de Luis Carlos Agudo

Fantasía cargada de costumbrismo y localismo propio de Zafra, la localidad pacense en la que está ambientada y de la que es natural su autor. Histrionismo y esperpento, pero también sensibilidad e imaginación. Una historia con personajes bien definidos, tramas serenamente alocadas y referencias a asuntos como el deseo y el circo mediático.

Quizás no sean reales, pero siempre han estado ahí. En Salem y acompañando a Macbeth. Determinando el destino de aquellos a quienes se aparecen y, junto al de ellos, el de los lugares que habitan y los vecinos con los que conviven. Pero no todas las brujas son conscientes de su condición y capacidades, de sus habilidades y posibilidades. No es de extrañar si residen en una localidad como Zafra, grande si se considera el entorno en el que está emplazada, pero pequeña si se la observa bajo el filtro de cercanía y familiaridad con que se relacionan sus habitantes. Condición que certifica la importancia de los dimes y diretes, las historias pasadas y las leyendas urbanas a la hora de identificar y etiquetar a cuantos pasean por sus calles para, en base a eso, discernir cómo relacionarse en su entramado social.  

Atmósfera interiorizada por Luis y sobre la que, supongo, ha construido este Estiércol de brujas. A partir de lo conocido, lo escuchado y lo supuesto. Combinando las tres opciones de tal manera que nada es falso, pero tampoco completamente real. Lo que importa es que se ajusta al cometido para el que ha sido concebido, trasladarnos desde la anodina superficie hasta la potencia nuclear que se alberga allí donde laten las ilusiones, los deseos, las frustraciones y las tristezas de cada individuo. Una mujer que llora sin lágrimas la muerte de su bebé, un hombre que observa desde su ventana el cuerpo desnudo de su vecino, habitantes cuyas vidas estuvieron pronosticadas antes incluso de que ellos tuvieran la opción de tomar las riendas.

Coordenadas con ecos dramáticos y trágicos, anclados en la tradición y en la identidad, sobre las que contrasta el exceso y la hipérbole, pero también la contención y el silencio, en la manera de sentir, expresarse y actuar. No se sabe bien si por la animalidad propia de cada persona, por la locura a la que conducen las coordenadas estrechas o el desconocimiento de las reglas de la buena sociedad. De ahí que, en las iglesias, la serranía y los interiores domésticos de Zafra sea tan posible la exteriorización de la debacle emocional como el escondite de la frustración física.

Agudo combina con acierto los sucesos mágicos, las habilidades extraordinarias y las realidades paralelas con asuntos como las exigencias del matrimonio, las guerras silentes entre maridos y esposas y los conflictos entre la homofobia y la autoaceptación. También encuentra la manera de aportar no solo su sentir, sino su visión sobre temas como la falta de objetividad y los muchos prejuicios con que los medios de comunicación se acercan a los lugares alejados de la noticia.

Una escritura en la que la ficción está teñida de lo personal, de aquello a lo que se ha dado forma ajena para así desprenderse con cuidado de lo que había necesidad de contar y liberar. Un cúmulo de motivos que hace de Zafra y el estiércol de brujas una fantasía entretenida llena de superchería, pócimas y mantras, y una alegoría sobre otras particularidades y sorpresas que leer con una sonrisa empática.   

Zafra y el estiércol de brujas, Luis Carlos Agudo, 2021, Autopublicado.

“La señora March” de Virginia Feito

Un personaje genuino y una narración de lo más perspicaz con un tono en el que confluyen el drama psicológico, la tensión estresante y el horror gótico. Una historia auténtica que avanza desde su primera página con un sostenido fuego lento sorprendiendo e impactando por su capacidad de conseguir una y otra vez nuevas aristas en la personalidad y actuación de su protagonista.

Son muchos los logros de La señora March. Tras ellos está la capacidad de su autora para dosificar la información y no alejarse nunca del registro con el que la expone. Su escritura es constante y tenaz, tan obsesiva como su retratada, igual de meticulosa y precisa. No hay una sola página en que se salga de su senda, en que caiga en la debilidad de explicarse en exceso o de acelerarse y adelantarse a los acontecimientos. Su valor está en la calculadora asepsia y frialdad de su labor mediadora, entre su lector y la mujer de un escritor no se sabe bien si insatisfecha y amargada o depresiva y perturbada.  

Feito no plantea un conflicto, sino que nos imbuye en él. A nuestra interpretación queda la objetividad y realismo de lo que leemos, o el posible filtro -quizás científico, quizás literario- con que es plasmado. Lo excitante es que la incomodidad que provoca es tan interna, la sensación de que hay algo más que no acertamos a dilucidar está tan sólidamente planteada, que no nos lleva a buscar las fisuras, el recurso o el truco de su propuesta sino a avanzar en sus capítulos deseando conocer, descubrir y averiguar hasta dónde pretende hacernos llegar. Una curiosidad cada vez más capciosa, un camino en el que cuanto más se conoce, más evidente se hace la pesadumbre y el conflicto entre lo constatado y lo imperceptible que no se sabe si está escondido entre líneas o en la necesidad de nuestra imaginación.

Virgina lo consigue dando muchos datos, pero nunca los suficientes como para situarnos con exactitud. Nos describe las estaciones del año, pero no nos dice de cuál, aunque debemos presuponer que de varias décadas atrás porque no hay internet ni teléfono móvil, pero sí tarjetas de crédito. Maneja la imagen, personalidad y características propias de la ciudad de Nueva York, sobre todo su magnitud y fría racionalidad, con la precisión que necesita en cada episodio. Ya sea para garantizar el anonimato de La señora March, certificar su manera de mirar y de procesar lo captado, o provocar las circunstancias que nos hagan testigos de su comportamiento.     

Buena parte de su inteligencia está en la naturalidad con que elude dar respuesta a los interrogantes que plantea y que utiliza como motor y guía de su progresión. He ahí el inicial,  ¿se inspiró el señor March en su esposa para construir el personaje de la prostituta despreciable de su última y exitosa novela? A partir de ahí un castillo de naipes que nunca se pone en duda y en el que se puede intuir a Shirley Jackson, Patricia Highsmith, Alfred Hitchcock o hasta a Stephen King. Referencias a cuya altura no solo demuestra estar La señora March, sino tener algo que aportar y decir por sí misma.   

La señora March, Virginia Feito, 2022, Editorial Lumen.

«Léxico familiar» de Natalia Ginzburg

Echar la mirada atrás y comprobar a través de los recuerdos quién hemos sido, qué sucedió y cómo lo vivimos, así como quiénes nos acompañaron en cada momento. Un relato que abarca varias décadas en las que la protagonista pasa de ser una niña a una mujer madura y de una Italia entre guerras que cae en el foso del fascismo para levantarse tras la II Guerra Mundial. Un punto de vista dotado de un auténtico –pero también monótono- aquí y ahora, sin la edición de quien pretende recrear o reconstruir lo vivido.

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En muchas ocasiones el género literario de las memorias es solo interesante para aquellos que las escriben. Solo ellos sabes lo que realmente pretenden evocar sus palabras. Los buenos escritores, en cambio, consiguen que su redacción nos traslade hasta ese pasado que quieren acercarnos para que veamos, comprendamos y sintamos cuanto les ocurrió, vieron o escucharon. Con Natalia Ginzburg me he sentido a medio camino de ese proceso.

Sí que me ha hecho viajar hasta la Italia posterior a la I Guerra Mundial, pero no he llegado a verme como parte de su familia o de su entorno social más inmediato. Personajes como su padre me han resultado exasperantes y la linealidad narrativa, que no la cronológica, ha hecho que su lectura me despertara el símil de una persona que habla siempre con el mismo tono, sin pausas cuando pasa de un tema a otro, o dando a todos los asuntos la misma importancia.

Cierto es que esa es una manera natural de hacer memoria, que va en contra de como solemos afrontarla. Editar, priorizar, esconder bajo la forma de olvido y cubrir huecos a modo de inventar recuerdos que ofrezcan una mejor y más amable imagen de nosotros mismos. En este sentido, es encomiable el propósito de Natalia de no caer en ello, de acercarse lo más posible a la verdad, a la realidad de lo que fue y hacernos llegar lo que le marcó, da igual el motivo, y la impresión que esa huella le ha dejado.

Comienza siendo una niña –aunque nacida en Palermo, criada en Turín- que ve con ojos grandes la dinámica familiar en la que vive –sus padres, hermanos, el servicio, las costumbres, la convivencia-, lo que hace que su tono resulte casi naif. A partir de ahí entran y salen personajes y otros evolucionan o perviven tal cual, lo que hace de ellos algo similar a caricaturas, como la figura paterna a la que ya me he referido, y que provocan que Léxico familiar parezca una casa interesante, pero no lo suficiente como para desear volver a ella.

El aire político se cuela en la atmósfera a medida que pasan los años y la realidad social y política se hace patente. Primero como pequeños comentarios que se escuchan a los más mayores –el fascismo como algo incipiente-, después como situaciones que se presencian o son relatadas con total crudeza –los conflictos con la policía política de algunos de sus hermanos, o la cantidad de nombres mencionados que se explican en las notas a pie de página-, para llegar a los episodios que toca protagonizar –esconder su circunstancia judía durante la II Guerra Mundial-.

Y aunque a medida que pasa el tiempo la presencia de Natalia gana protagonismo (su primer matrimonio, sus hijos, su viudedad, su traslado a Roma), su familia y su círculo más íntimo sigue marcando las coordenadas de su relato, lo que hace que para este lector su propuesta resulte un tanto ardua.

Léxico familiar, Natalia Ginzburg, 1963, Lumen.

«El club del café sueco» de Nuria Calle

Auto ficción en la que su autora combina su experiencia como expatriada que llega a una cultura diferente y la imaginación para darle a sus vivencias una trama paralela propia de novela negra. Novela trazada con un ojo periodístico certero en su mirada y expresión, y bien estructurada en su propuesta de intriga y misterio.

Conocí a Nuria Calle muchos años atrás y aunque hace tiempo que no nos vemos, la magia de las redes sociales hace que, a pesar de no tener contacto directo, no nos perdamos la pista. Expongo esto porque la primera sensación que me ha dejado la lectura de El club del café sueco, su primera novela, es que Nuria sigue siendo Nuria. Su vida ha cambiado, se ha casado, tiene dos niñas y vive ahora a muchos kilómetros del Madrid en el que nos hicimos compañeros de clase primero, amigos después. Sin embargo, y por lo que leo, su manera de relacionarse, de observar y de interpretar lo que ocurre a su alrededor sigue siendo honesta, prudente e inteligente. Una aproximación a lo que le rodea que plasma sobre el papel con la misma coherencia, lo que hace que su lectura sea no solo amena y entretenida, sino también enriquecedora y hasta formativa.

Es evidente el filtro periodista con el que capta, ordena y transmite, lo que resulta determinante para que su escritura sea fluida. Un caudal continuo de información en el que se entrelazan las vivencias más personales, en las que es fundamental el registro emocional, con su mirada como expatriada sobre Gotemburgo -ciudad en la que tiene lugar la acción de esta novela-, y la experiencia de descubrimientos, contrastes y análisis a que esto le da pie.

La parte familiar, en la que los suyos se verán más o menos reflejados, está bien planteada y desarrollada, tanto en sus partes descriptivas como dialogadas, lo que demuestra que Nuria puede lanzarse a otros formatos de escritura que vayan más allá de la noticia, el reportaje o la entrevista. Pero, sin duda alguna, su valor está cuando sale de sí misma y trabaja a partir de la experiencia, las impresiones y las sensaciones que vive, como si se tratara de una página en blanco, en primera persona. Base sobre la que acopla con total naturalidad su propuesta detectivesca de averiguar qué sucedió con una antigua residente de su calle, desaparecida en extrañas circunstancias siete años antes de su llegada a esa ciudad de veranos frescos e inviernos bajo cero.

En esta suerte de tres pilares narrativos, la historia hogareña se percibe como el perímetro de seguridad desde el que se propone como escritora de ficción y en el que ancla los otros dos. De un lado la curiosidad, el deseo de conocer y entender los estándares, valores y razones por los que funciona como lo hace la comunidad y la ciudad en la que ahora reside. Mas sin negar que lo hace desde su condición de española y de adulta que busca, sobre todo, comprender para convivir, dejarse impregnar e influir, pero sin abjurar ni caer en la exaltación de lo propio. Por último, y no menos importante, la capacidad para elaborar una historia propia de una novela negra totalmente convincente, llena de matices y zonas umbrías, así como giros sorprendentes, que enganchan y provocan la necesidad de seguir leyendo para saber qué sucedió y qué ocurrirá.  

El club del café sueco, Nuria Calle, 2021, Autopublicado.

“El arpista ciego” de Terenci Moix

Las aventuras de unos personajes concebidos para el folletín, la chanza y el exceso enarbolan con orgullo el amor y conocimiento de su creador sobre la historia, el arte y la mitología del Antiguo Egipto. No les faltan imaginación ni recursos, pero a medida que pasan las páginas caen en su propio enredo, provocando que su sentido argumental quede superado por el alarde literario y las ganas de divertirse de su creador.

El arpista ciego resulta muy visual, hay mucho cine en él, pero sus imágenes están convertidas en una literatura que no deja duda alguna sobre el poder evocador de la palabra impresa. Su caudal retórico va tan cargado como las aguas del Nilo, logrando que cuanto narra y describe permita situarse en dos realidades paralelas. La que está en primer término, la de la pura ficción, y la que se deja ver tras esta, habitada por un autor jovial y canalla en su exposición, sagaz y agudo en su provocación. Sirviéndose de prejuicios, tabúes, bestialismos y demás barbaridades para trasladarnos a un mundo de lujosos decorados en el que las conductas humanas están marcadas por la hipérbole. La excusa, la llegada al trono como faraón de Tutankamón y la vuelta al politeísmo de Tebas tras el monoteísmo de su padre, Akenáton, en la ciudad del sol, Amarna.

Como hilo conductor, el joven al que describe el título, nacido en el seno de una familia y un vecindario que presentan un completo muestrario de las satirizadas costumbres y supuestos valores de aquella sociedad de muchos siglos atrás. Coordenadas en las que Moix enmarca sus andanzas, pero dándole sus tan característicos toques de acidez, ironía y mala baba. No hay rasgo de personalidad o encuentro que no utilice para sacarle punta, graduando su nivel de superficialidad u hondura en función de los asuntos que estén siendo expuestos. Y siempre con un mar de fondo de sensualidad sudorosa, sexualidad explícita y voluptuosidad envolvente entre el derroche hedonista y la picardía del juego de la seducción.

Con suma inteligencia, Moix nos transmite nociones sobre el Antiguo Egipto incluyéndolas perfectamente en las diferentes tramas con que construye su novela, no constituyendo en ningún momento píldoras informativas. Sin embargo, un poco de contención no hubiera estado de más. No hay episodio que no sea ingenioso o recurrente, pero a medida que se avanza no queda claro qué aportan algunos de ellos al conjunto. Los cimenta a golpe de delirio y fantasía, tanta que se elevan del relato en el que nacen llevándolo a planos que, aunque sugerentes, acaban constituyendo un paréntesis en la evolución de los acontecimientos.

Aun así, se intuye el regusto con que los ha ideado. Como si estuviera disfrutando de una película en technicolor del Hollywood clásico ambientada en los mismos lugares e interviniera en su guión convirtiendo a Sal Mineo, uno de sus actores fetiches, en el dueño y señor de su voluntad artística y en objeto de veneración de su más ferviente deseo carnal. Algo similar a lo que te provoca el placer culpable que es esta novela, introducirte o consolidarte en la fe, la veneración y la idolatría al paganismo de Terenci Moix.

El arpista ciego, Terenci Moix, 2002, Editorial Planeta.