Archivo de la categoría: Novela

“Los vencejos” de Fernando Aramburu

365 días de un diario personal y otras tantas entradas o capítulos en los que se entremezclan las intenciones futuras, las sensaciones del presente y los recuerdos del pasado. Un personaje anodino, incisivo cuando se expresa con acidez, pero excesivo cuando irradia apatía. Tanta que acaba resultando un narrador que ensombrece las intenciones con que presumiblemente le concibió su creador.   

Toni está harto de vivir. Su trabajo le aburre, su familia no son más que los restos de un proyecto fracasado y el futuro no le ofrece aliciente alguno. Si falta, no falla a nadie y al no contar con nadie más que consigo mismo, se siente libre para decidir su destino sin deberle explicaciones a persona alguna. Aún así, no puede dejar de ser quien y como es y por eso se lo va a tomar con calma. Se da un año para ejecutar su intención de desaparecer. Tiempo que emplear en hacer balance por escrito de lo transcurrido, identificar y ordenar lo mucho o poco a dejar como legado e ir desconectando progresivamente de cuanto hoy le estructura.

Una premisa sugerente articulada en una serie de tramas que nos muestran las distintas etapas de su vida (los padres y el hermano, la exmujer y el hijo, la amante que reaparece y el amigo que sigue) con interludios en los que se expone su presente y su pensamiento, el de un profesor de instituto de filosofía, residente en Madrid, que siempre ha estado al tanto de la actualidad política y social, aunque sin demasiado apego por cambiar el modo en que funcionan las cosas. Sin embargo, todo ello queda ensombrecido por la manera en que combina la estructura de su relato con el tono de su expresión.

El ritmo de una entrada diaria no solo pauta la lectura, sino que provoca la sensación de estar asistiendo a una sucesión de microrrelatos en los que pesa más su componente anecdótico que lo que cada uno de ellos suma a los anteriores. El mecanismo de reflexión nocturna, a cuya llamada no falla su protagonista ni una sola jornada, acaba por generar una sensación de monotonía que tiñe cuanto comparte y encorseta su propuesta, algo a lo que no ayudan las muchas páginas de esta novela. Se quedan por el camino universos que hubieran dado más de sí, así como muchos detalles que, tratados con un enfoque más analítico que meramente descriptivo o habiendo reflexionado sobre ellos con mayor detenimiento, seguro hubieran enriquecido su relato.

El otro inconveniente es la responsabilidad que ha dado Aramburu a su protagonista de ser también narrador en primera persona de su historia. Y no por la formalidad que pudiéramos pensar al estar concebida para ser leída algún día por su hijo, o por una supuesta falta de capacidades retóricas, sino por la combinación de desánimo, epicureísmo y mordacidad con que retrata cuanto acontecimiento y persona a la que alude, así como por la manera impúdica con que se refiere a sus asuntos más íntimos.

A su favor hay que decir que, aunque se echa en falta un retrato psicológico y conductual más matizado de este personaje, con el que haber entrado en su existencialismo, en ningún momento queda convertido en un sucedáneo banal o una simple caricatura de un supuesto ciudadano medio de nuestro tiempo. La sensación es la de haber subido en el ascensor, una vez más, con ese vecino con el que coincidimos de cuando en cuando desde hace años en el portal, y del que solo sabemos que vive en un piso superior al nuestro, ni siquiera su nombre. Aunque pasada la novedad de las primeras ocasiones, rápidamente dejamos de tener ganas ni curiosidad por conocerlo.

Los vencejos, Fernando Aramburu, 2021, Tusquets Editores.

“Lo prohibido” de Benito Pérez Galdós

Las memorias de José María Bueno de Guzmán van de 1880 a 1884. Cuatro años de un fresco de la alta sociedad madrileña, de apariencias y despropósitos, dimes y diretes y tejemanejes sociales, políticos y económicos de los supuestamente adinerados y poderosos. Una superficie de lujo, buen gusto y saber estar que oculta una buena dosis de soberbia, corrupción, injusticia y perversión.

Podría tomarse Lo prohibido como una escritura en la que Galdós se esconde tras la primera persona y el carácter díscolo, fresco y nada reprimido de su protagonista. Un hombre soltero y adinerado, hijo de español e inglesa, elegante y con supuesto buen juicio. Educado entre Londres y Jerez de la Frontera y que llega a Madrid con ganas de iniciar una nueva etapa de su vida siendo vecino de sus tíos y primos. Tres mujeres (María Juana, Elisa y Camila) ya iniciadas en el matrimonio y un desnortado Raimundo que le sirven como proyección, a través de cómo les describe y dialoga, de su manera de pensar, sus valores y sus intenciones materiales y espirituales.

Pero como toda fachada, la suya también se resquebraja poco a poco contagiando progresivamente su discurso de sus incoherencias, desfachateces y hasta depravaciones. Catálogo conductual que comparte con casi todos los que aparecen por sus páginas. Ya sea en cenas con lo más granado de la sociedad. En el parqué y la trastienda de la Bolsa con agentes que además de gestionar títulos y acciones, trapichean con información interesada. Y en círculos gubernamentales en los que el único propósito es detectar las oportunidades de hacer caja.

Un mundo que Galdós sobrevuela colocando su narración en un cruce de caminos entre el naturalismo y el determinismo por un lado, y el absurdo y un progresivo patetismo por otra. Juega con todo ello con una intención más crítica que sentenciosa, absteniéndose de intervenir para dejar que los hechos y los personajes hablen por sí mismos. Sin entrar en cuestiones morales, aunque el dogmatismo de lo cristiano sobre las relaciones humanas forme parte de las coordenadas en las que se adentra, lo que le permite conseguir un retrato más humano y verosímil de todos ellos.

Un logro al que añade su capacidad para mostrar cómo se materializan y manifiestan los vínculos afectivos y amorosos en escenas con una precisión realista, seguidas de otras con una pulsión e intensidad evocadora de títulos cercanos en el tiempo como Ana Karenina (1877) o Madame Bovary (1857). Sin olvidar los elementos simbólicos que introduce con total naturalidad, transmitiendo a través de ellos la evidente sensualidad, y hasta carga sexual, de algunos comportamientos y encuentros.   

Formalmente, su buen saber consigue que la constante simultaneidad de liviandad y profundidad de su historia resulte en todo momento fluida, que queden perfectamente expuestas gracias a la riqueza de su vocabulario y enmarcadas con los elementos descriptivos sobre arquitectura, decoración o protocolo que maneja. Así como con los referentes que menciona, ya sean políticos (relativos a Cuba y supuestas actuaciones ministeriales), clásicos literarios (Don Quijote, Hamlet) o artistas contemporáneos y conocidos suyos (Enrique Mélida, Aureliano de Beruete o Agapito y Venancio Vallmitjana).

Lo prohibido, Benito Pérez Galdós, 1884, Alianza Editorial.

“La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero

Lo que se inicia como una edición comentada de los diarios personales de Marie Curie se convierte en un relato en el que, a partir de sus claves más íntimas, su autora reflexiona sobre las emociones, las relaciones y los vínculos que le dan sentido a nuestra vida. Una prosa tranquila, precisa en su forma y sensible en su fondo que llega hondo, instalándose en nuestro interior y dando pie a un proceso transformador tras el que no volveremos a ser los mismos.

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La petición de prologar un breve volumen de los diarios de la ganadora de dos Premios Nobel (de Física en 1903 y de Química en 1911) abrió a Rosa Montero la puerta a una biografía con la que sus coordenadas vitales conectaron plenamente. A partir de una serie de cuestiones comunes, como la vivencia de la pérdida del compañero de vida o de sus reflexiones sobre los límites con que se encuentran las mujeres en su día a día para gozar de las mismas oportunidades que los hombres, la autora de La hija del caníbal o Te trataré como a una reina ofrece un relato doble. Relatarnos lo que ha conocido y cavilado sobre la vida personal y profesional de esa excepcional mujer, y compartir su propio duelo y las dimensiones hasta entonces desconocidas por las que ese proceso la ha hecho transitar.

Rosa ofrece una visión integral de Marie Curie, hilvanando su faceta de estudiante primero e investigadora después con las de hija, esposa y madre, pero también la individual, la de persona que una y otra vez ha de hacer frente a unas coordenadas que se lo pusieron muy difícil, por no decir casi imposible, por el hecho de ser mujer. Una visión que ensancha analizando, a través de la empatía y mediante un ejercicio de proyección de sí misma, las dificultades, frenos, silencios y rechazos del patriarcado que la hicieron dudar y le consumieron mucha energía en multitud de ocasiones, pero que nunca llegaron a vencerla.

De esta manera, su labor de mediadora entre Curie y nosotros adquiere una visión con tintes antropológicos con la que nos expone que sí, hemos evolucionado, pero que aún queda un poso conductual profundamente arraigado en nuestro interior que hace que cada generación se vea sometida a los dictados de la anterior, y que cada mujer sienta el impulso de verse supeditada a su pareja. Un hilo narrativo expuesto sin tintes dogmáticos, con la templanza de la experiencia, entonando incluso un mea culpa, pero sin resignarse a que este desajuste de milenios pueda ser resuelto en un futuro por concretarse.

Una proyección en el tiempo que no pueden hacer las personas que ven cómo fallece esa persona con la que pensaban compartir el resto de sus vidas. Una brecha abismal que un día se abrió de manera repentina en el suelo que pisaban Marie Curie y Rosa Montero, cada una en un lugar y tiempo diferente, y que les hizo plantearse el sentido de cuanto formaba su vida.

Los textos de la primera, escritos desde pocos días después del atropello de Pierre Curie hasta casi un año después, exponen un dolor y un vacío que parece anclarla a un tiempo que ya no es presente pero que aún no siente como pasado. La segunda comparte su vivencia y el proceso de recomposición y reflexión interior que siguió en los días, semanas y meses posteriores de su pérdida. Una experiencia dura, complicada, para la que no se tienen manuales de instrucciones ni referentes y cuyo objetivo -a pesar de la tremenda dificultad y esfuerzo que conlleva- no debe ser salir, olvidar o dejar atrás, sino integrar lo sucedido y convivir plenamente con los recuerdos en la vida diferente a la que esperabas y que comienzas a vivir.

El tratamiento y exposición de la figura y biografía de Marie Curie que Rosa Montero realiza es muy notable. Pero cuando esto lo enlaza con sus reflexiones y experiencia, sin llegar a caer en la auto ficción que dice rechazar, La ridícula idea de no volver a verte resulta una lectura única y muy singular, profundamente emotiva y emocionante, en la que no se ve a la escritora sino a una persona que muestra su intimidad con una sinceridad mucho más honda de la que solemos practicar y una serenidad que solo las personas en paz consigo mismas son capaces de transmitir.

La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero, 2013, Seix Barral.

“A su imagen” de Jérôme Ferrari

La historia, el sentido, el poder y la función social del fotoperiodismo como hilo conductor de una vida y como medio con el que sintetizar la historia de una comunidad. Una escritura honda que combina equilibradamente puntos de vista y planos temporales, que descifra con precisión lo silente y revela la realidad de los vínculos entre la visceralidad y la racionalidad de la naturaleza humana.

Toda isla es un microcosmos el que la vida se condensa como resultado de los límites de su geografía, barrera que condiciona las posibilidades individuales y las dinámicas de las relaciones colectivas de sus residentes. Así fue Córcega para Antonia, la joven fotógrafa que vivó en ella durante 38 años hasta que una mañana de agosto de 2003 falleció en un accidente de coche. Pero su vida no acaba ahí, sino que le queda el cierre que le darán los demás en el funeral que conducirá su tío y padrino y que da pie al torrente narrativo que es esta elaborada novela.

Un oficio atestado de gente, y en el que -entre el dolor, el calor y la humedad- surgirán los recuerdos -filtrados por sus experiencias, actitudes y expectativas vitales- de aquellos en los que se apoyó la trayectoria de esta joven siempre insatisfecha cuando miraba a su alrededor y que anhelaba fijar en imágenes la esencia y la lógica del mundo en el que vivía. Evocaciones en la que Ferrari se sumergirá para llegar hasta su fondo, revelándonos no solo lo que nadie nunca dijo en voz alta, sino lo que muy pocos intuyeron y ninguno de ellos supo a ciencia cierta.

Proceso similar al de la niña que décadas antes dedicaba horas a revisar las fotografías familiares en blanco y negro y que hará que su trayectoria personal y profesional (trabajará en un diario regional, se embarcará en su propia aventura en el frente de guerra de una Yugoslavia en descomposición) tenga como hilo conductor su ánimo de comprender la realidad observándola a través de un objetivo fotográfico.

Un deseo de conocer y saber interpretar para, acto seguido, informar y formar -tal y como pretende el periodismo, tanto cuando es escrito como visual o una simbiosis de ambos lenguajes- que A su imagen incorpora a su intención y a su ficción haciendo de buena parte de sus secundarios miembros del Frente de Liberación Nacional de Córcega, trama que le sirve para recrear la evolución organizativa y criminal, así como la imbricación social, de esta organización terrorista. Misión narrativa, a su vez, complementada con el muy bien expuesto y didáctico relato de las experiencias reales de distintos fotorreporteros, así como con la asertiva descripción de las instantáneas de otros profesionales de la imagen fija en frentes de guerra y de las que Ferrari se ha valido (tal y como señala en su epílogo) para imaginar las que pudiera haber tomado su protagonista.

Un exterior que el ganador del Premio Goncourt en 2012 complementa con la búsqueda interior -ya sea en modo de introspección continua, de intento de renuncia a lo aprendido, o de huida ante la falta de alicientes- de sus personajes. Planos vivenciales y existenciales en los que engarza el costumbrismo de las tradiciones y hábitos locales junto con el inmovilismo coactivo de sus valores, el contraste entre el libre sentir espiritual y la exigencia formal de las convenciones católicas, así como el cargado simbolismo y el enorme poder evocador de sus ceremonias.

A su imagen, Jérôme Ferrari, 2018 (2020 en español), Libros del Asteroide.

“Feria” de Ana Iris Simón

Narración entre la autobiografía, el fresco costumbrista y la mirada crítica sobre las coordenadas de nuestro tiempo desde la visión de una joven de treinta años educada para creer que cuando llegara a los treinta tendría el mundo a sus pies. Un texto que, jugando a la autenticidad de lo espontáneo, bordea el artificio de lo naif, pero que plasma muy bien la inmaterialidad que conforma nuestra identidad social, familiar y personal.

Saber quiénes somos pasa por reconocer de dónde venimos. No solo el lugar en el que nacimos y crecimos, también las personas que lo habitaban y protagonizaban, junto a quienes nos formamos y a quienes les debemos el modo en que hemos llegado hasta aquí. Un cúmulo de circunstancias que puede dar pie a tantas historias como personas, a cada cual más diferente, particular y reseñable. Ana Iris nos cuenta la suya tomando como punto de partida la frustración de tener treinta años y no saber muy bien si no tiene proyecto vital o si no tiene bases sobre las que construirlo, lo que le lleva a plantearse la hipótesis de si vive mejor o peor que sus padres cuanto estos tenían su edad. 

Una combinación de sentirse engañada mirando institucionalmente hacia el pasado (estudia para formarte y tener un trabajo acorde; trasládate a Madrid, ciudad de las oportunidades) y confusión cuando toca imaginar el futuro (mi sueldo no me da para más que mal llegar a final de mes; cuanto me ofrece la sociedad -Netflix, billetes de avión low cost y Primark- no tiene mayor fin que maquillar la precariedad) de la que busca evadirse a la par que encontrar un punto sobre el que estabilizarse. 

Para ello Simón se traslada a aquel tiempo en el que no concebía más mundo que el que le rodeaba y reglas que las que deducía de los hábitos e informalismos de su vecindario, familia y padres. Un absoluto que moldeó su personalidad, expectativas y actitudes de una manera mucho más profunda de lo que somos capaz de concebir. Un análisis y balance que tiene mucho de generacional con el telón de fondo de la espectacular transformación de nuestro país en las últimas décadas, sus desigualdades crecientes y las abismales distancias que ha generado la apuesta de nuestros gobernantes por el desarrollo urbano y su denostación de lo rural, lo costumbrista y lo folklórico. 

Más allá de las de las peculiaridades de los Simón y los feriantes, las dos ramas de la familia de Ana Iris, y su convergencia en la localidad toledana de Ontígona en sus progenitores postales (carteros), aparentemente Feria no aporta nada que no sepamos o que muchos no hayamos constatado en carne propia. Sin embargo, su recapitulación emocional de coloquialismos y modismos, así como su descripción diáfana de lo ambiental y recreación sensorial de lo ambiental no resulta una exaltación edulcorada del pasado sino un alegato por mantener la vigencia del legado, las tradiciones y los valores en los que fuimos educados. No con ánimo mitificador con cuyo reverso renegar del presente, pero sí como baluarte con el que no dejarnos arrastrar por la vacuidad, el cortoplacismo y el materialismo de los mensajes, ideales y promesas de nuestra empecinada contemporaneidad. 

Feria, Ana Iris Simón, 2020, Editorial Círculo de Tiza.

“El señor Fox” de Helen Oyeyemi

La combinación de vida y proceso creativo de un escritor es, a priori, un tema literario de lo más sugerente. Trazar la línea roja que separa su ficción de su realidad puede dar mucho juego desde un punto de vista creativo. Más aún si hay personajes que saltan de una a otra dimensión y nos llevan a lo metaliterario. Premisas muy excitantes con las que comienza esta novela, pero que luego no cumple.

El señor Fox inicia sus aventuras viéndose sorprendido en su estudio por la aparición repentina de una vieja conocida a la que hace años que no ve. Teniendo en cuenta que su esposa está también en casa, la situación es de lo más tensa. Sobre todo cuando comienzan los reproches por algo que sucedió en el pasado y que apenas se explica, dejándonos con una intriga que esperamos se resuelva en las siguientes páginas. Pero más que una continuación narrativa, lo que viene después es una combinación de relato cubista y juego de matrioskas en el que aquellos a los que conocimos no solo son ellos sino también personajes trasladados a coordenadas en las que lo costumbrista se combina con lo barroco, lo bizarro y hasta lo abyecto.

Pero en ese ir y venir entre el aquí y el allí, surge la duda de cuál es el mecanismo por el que quedan unidas ambas dimensiones y el sentido de dicha conexión. Lamentablemente yo no he conseguido encontrar la respuesta a ninguna de las dos interrogantes de la propuesta de Helen Oyeyemi. Y me frustra mucho cuando no conecto con un autor o no consigo entrar dentro de su universo. Doy por hecho que alguien con una carrera como la de Helen, con ocho títulos publicados, ganadora de varios premios y reconocida por la crítica, está lo suficientemente consolidada como para que este lector la ponga en duda. Supongo que no me queda otra que responder con esa manoseada sentencia exculpatoria que dice No eres tú, soy yo.  

Pero no lo enuncio con ánimo de victimismo, sino meramente explicativo. Aunque hay algo que me alivia, no he sido el único que se ha sentido así leyendo El señor Fox. Llegué a él a través de un club de lectura y este resultó el parecer mayoritario del grupo. La sensación casi unánime fue que el libro acaba siendo una acumulación de relatos en el que el matrimonio de Saint John y Daphne forman junto con la extraña Mary un triángulo al que se nos acerca desde prismas como la atracción, el deseo, la fantasía, la aceptación, el rechazo, el odio y el juego.

Quizás la intención de Oyeyeme fuera ofrecer una visión holística de cada uno de ellos, de su relación conjunta y de las cruzadas cuya imagen final resultara ser más que la suma de sus partes. Pero lo que se percibe y vive desde el otro lado del papel es una propuesta tonalmente plana y rítmicamente monótona que pierde la conexión con el origen -y eso que el capítulo del intercambio epistolar prometía-, generando desconcierto y desubicación al no saber no solo hacia donde nos lleva, sino por dónde transita.

El señor Fox, Helen Oyeyemi, 2013, Editorial Acantilado.

“Alicia en el país de las maravillas” y “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll

No es la obra infantil que la leyenda dice que es. Todo lo contrario. Su protagonista de siete años nos introduce en un mundo en el que no sirven las convenciones retóricas y conceptuales con que los adultos pensamos y nos expresamos. Una primera parte más lúdica y narrativa y una segunda más intelectual que pone a prueba nuestras habilidades para comprender las situaciones en las que la lógica hace de las suyas.  

La génesis de Alicia está en las historias que un día improvisó su autor para entretener a tres niñas que se aburrían. Carroll trabajó posteriormente de manera literaria esos bosquejos verbales hasta darles la forma en que desde 1865 podemos leer aquellas aventuras y desventuras. Lo que al principio parece una historia infantil por la edad de su protagonista deriva en un viaje sobre cómo cualquier persona es susceptible de actuar y de adaptarse cuando las circunstancias en las que se encuentra funcionan bajo parámetros no solo no conocidos, sino de manera totalmente contraria a lo que se podría suponer.    

Lo destacable no es que al otro lado de la madriguera en la que se adentra Alicia, persiguiendo al conejo blanco, los animales se comporten como humanos, sino que plantean cuestiones a las que no se puede responder de manera automática. Exigen reflexionar, pero no por la complejidad formal de su enunciación, sino porque su aplastante sencillez no permite eludir la verdad, autenticidad y sinceridad que demandan. Interrogantes que se encuadran en una narración que se construye con su sucesión, generando y haciendo crecer una atmósfera de inquietud, apertura mental y posibilismo a partes iguales que atrapa y seduce a nuestra guía y, por extensión, a nosotros, sus amigos, seguidores y lectores.

A pesar de la hipérbole de su relato y de la magnitud de su absurdo, su credibilidad no se ve en ningún momento puesta en entredicho. Más que trasladarnos al mundo por el que transita Alicia en el país de las maravillas, el propósito de Lewis Carroll parece ser que abandonemos los supuestos prodigios a los que estamos anclados por la costumbre, la rutina y la cortedad de miras. Es decir, que salgamos de nuestra zona de confort como humanos que somos, como protagonistas superiores y magnánimos que nos sentimos por encima del resto de seres con los que compartimos la vida terrenal y la abstracción de la universalidad.  Y también que nos olvidemos de nuestra mente, que dejemos a un lado la necesidad de control, de elaborar todo tipo de hipótesis y teorías para explicar aquello que no gobernamos y que apenas entendemos.

En Alicia a través del espejo la propuesta de Carroll es aún más arriesgada. El componente narrativo y la atmósfera de viaje y descubrimiento pesan menos, en pro del juego de comprensión al que nos somete. Más que a una ampliación del espectro de situaciones, lugares y personajes del mundo de ensoñaciones de Alicia, a lo que asistimos es a una espiral en la que ya no solo se juega a lo onírico y los sentidos paralelos o descontextualizados, sino a algo que desde ahí parece acercarse a mecanismos que eclosionarían con el surrealismo como el automatismo, el cadáver exquisito o el método paranoico crítico de Dalí.

Alicia en el país de las maravillas (1865) y Alicia a través del espejo (1871), Lewis Carroll, Alianza editorial.

“Drácula” de Bram Stoker

Novela de terror, romántica, de aventuras, acción e intriga sin descanso. Perfectamente estructurada a partir de entradas de diarios y cartas, redactadas por varios de sus personajes, con los que ofrece un relato de lo más imaginativo sobre la lucha del bien contra el mal. El inicio de un mito que sigue funcionando y a cuya novela creadora la pátina del tiempo la hace aún más extraordinaria.

Si a cada uno de nosotros nos preguntaran desde cuándo conocemos a Drácula, lo más probable es que coincidiéramos en la respuesta, desde siempre. El personaje ha tomado vida propia y forma parte del imaginario popular, pero todos sabemos que nace de las páginas de la novela publicada por Bram Stoker en 1897 en un trabajo literario con una imaginación desbordante por los múltiples niveles de relato y lectura que contiene.

Hay en ella algo de cuaderno de viajes con el recorrido inicial que el joven Jonathan Harker realiza por Europa Central hasta llegar al castillo de su cliente y anfitrión en Transilvania. También hay romanticismo con la exposición de sentimientos amorosos entre este profesional inmobiliario y su prometida, Mina, con confesiones y declaraciones de lo más entregado y devoto. Costumbrismo incluso, en el reflejo de la amistad de esta con su amiga Lucy Westenra. Hay, además, mucha intriga en la investigación que realiza el profesor Van Helsing -el único protagonista que no participa de la redacción de la novela- hasta dar con la forma de su enemigo, descubrir su manera de actuar y dilucidar la manera de combatirlo. Y, por supuesto, acción a raudales en Londres y en la vuelta al interior del viejo continente una vez que se desata el combate final en la guerra entre el bien y el mal.

Pero lo que le da sentido a todo ello es el terror, el horror, la encarnación tan fantástica que toma lo infernal con esa nueva clase de personas entre los vivos y los muertos que son los no-muertos, con sus peculiares características físicas, sus extraños procederes y sus macabros hábitos. Ahí es donde la imaginación de Bram Stoker dio de lleno -fuera original, fuera tomando ideas de relatos anteriores a él- creando unos seres que fascinan por lo que tienen de seductores (sensuales y sexuales) y que asombran (por su ejercicio del poder en el juego de la dominación/sumisión) y aterran a partes iguales (relacionarse con ellos implica poner en riesgo la vida).

Un material al que su autor dio una forma literaria extraordinaria, haciendo que sus personajes se presentaran, identificaran y mostraran su evolución a partir de sus propias palabras. Él no ejerce como narrador, sino que deja este papel en manos de la pareja protagonista, Jonathan y Mina Harker, y del doctor John Seward, aunque no sean los únicos a los que recurre (también hay noticias extraídas de periódicos locales). A través de sus testimonios, recogidos principalmente en sus diarios, aunque también en sus cartas, conocemos no solo lo que les sucede y cómo lo viven, sino las visiones complementarias que tienen de los acontecimientos tan extraordinarios en los que se ven involucrados.

Todo ello provoca desde la primera página una atmósfera de angustia que no cesa en ningún momento, haciendo que Drácula se convierta no solo en una lectura, sino en una experiencia que apela a partes iguales a la razón y a la fe, a la mente y al latido del corazón, así como a nuestra capacidad para ir más allá de los límites de lo conocido (algo muy en boga a finales del s. XIX) y entregarnos completamente a ello.

Drácula, Bram Stoker, 1897, Austral Ediciones.

“El efecto del aleteo de una mariposa en Japón” de Ruth Ozeki, best seller con aspiraciones

Dos mujeres en diferentes localizaciones y tiempos comunicándose e influyéndose mutuamente en una historia que recoge múltiples aspectos que dan forma y sentido a sus vidas. Un relato bien estructurado, pero descafeinado en su intento de conseguir una atmósfera espiritual a la manera oriental.

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Un buen día, caminando por la playa en una isla del oeste de Canadá en la que vive, Ruth se encuentra una bolsa que en su interior guarda varios elementos: un ejemplar de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, que tras su portada esconde un diario escrito en japonés, una serie de cartas manuscritas en francés y un reloj de pulsera masculino. De vuelta a su casa inicia la lectura de las páginas que han llegado a sus manos, introduciéndonos así en la historia de Noa, una adolescente nacida en EE.UU., pero trasladada apenas unos meses antes al Japón del que es originaria su familia. Guiados por lo que ha redactado conoceremos algunos de los contrastes del país del sol naciente, como el del el acoso escolar con sus múltiples formas de violencia física y psíquica, y la tradición espiritual de comunicación, mimetización y empatía con el entorno encarnada por la bisabuela Jiko, mujer con 104 años de vida.

Alternando los capítulos que protagonizan cada una de ellas, se combina una doble narrativa. Por una lado, la autobiográfica de Noa al oeste del Pacífico, y por el otro, la de Ruth, residente en tierras norteamericanas y cuyos aconteceres conocemos en tercera persona contados por la autora (que se llame como este personaje que también es escritora, ¿mera coincidencia o hay algo de identificación en ello?). Dos realidades paralelas separadas no solo por una miles de kilómetros, sino también por años en el calendario. Mientras en Japón viven en el 2001 acontecimientos lejanos como el 11-S, en Canadá siguen con gran atención una década después las consecuencias del tsunami que arrasó la costa occidental japonesa en 2011.

En esa distancia geográfico-temporal es donde reside la paradoja sobre la que se construye un relato que se presenta como paralelo y recíprocamente influenciado. Según el planteamiento de Ruth Ozeki, la existencia humana es energía que se materializa en personas, lugares y acontecimientos, pero en algo que supera las coordenadas físicas y la linealidad cronológica. Una idea que va más allá de las simplificaciones que en este lado del mundo hacemos de las distintas corrientes de pensamiento oriental, valga como ejemplo la desacertada traducción en español que se la ha dado al título original de esta novela, A tale for the time being.

Junto a algunos de los asuntos ya señalados, hay otros que se tratan de manera amplia y bien estructurada, como la relaciones entre padres e hijos y las líneas genealógicas que unen varias generaciones, la muerte como una cuestión natural o como una elección (el suicidio), los principios que motivan nuestro proyecto de vida o la actitud que tenemos ante las distintas formas de brutalidad humana (guerras, explotación laboral, prostitución,…) que nos podemos encontrar a lo largo de nuestra biografía.

Lo que no alcanza esa misma altura es el tono de la narración. Intentando adoptar modos orientales en sus descripciones y diálogos, se queda en ese punto intermedio entre lo sencillo y lo simple, lo que impide cuajar una novela que acaba pareciendo una combinación de dos, una para adolescentes con aspiraciones de adultos y un best-seller de los que se pueden encontrar, tal y como indica semejante término, en las estanterías de los más vendidos de muchas librerías.

El efecto del aleteo de una mariposa en Japón, Ruth Ozeki, 2013, Editorial Planeta.

23 de abril, un año de lecturas

365 días después estamos de nuevo en el día del libro, homenajeando a este bendito invento y soporte con el que nos evadimos, conocemos y reflexionamos. Hoy recordamos los títulos que nos marcaron, listamos mentalmente los que tenemos ganas de leer y repasamos los que hemos hecho nuestros en los últimos meses. Estos fueron los míos.

Concluí el 23 de abril de 2020 con unas páginas de la última novela de Patricia Highsmith, Small g: un idilio de verano. No he estado nunca en Zúrich, pero desde entonces imagino que es una ciudad tan correcta y formal en su escaparatismo, como anodina, bizarra y peculiar a partes iguales tras las puertas cerradas de muchos de sus hogares. Le siguió mi tercer Harold Pinter, The Homecoming. Nada como una reunión familiar para que un dramaturgo buceé en lo más visceral y violento del ser humano. Volví a Haruki Murakami con De qué hablo cuando hablo de correr, ensayo que satisfizo mi curiosidad sobre cómo combina el japonés sus hábitos personales con la disciplina del proceso creativo.  

Amin Maalouf me dio a conocer su visión sobre cómo se ha configurado la globalidad en la que vivimos, así como el potencial que tenemos y aquello que debemos corregir a nivel político y social en El naufragio de las civilizaciones. Después llegaron dos de las primeras obras de Arthur Miller, The Golden Years y The Man Who Had All The Luck, escritas a principios de la década de 1940. En la primera utilizaba la conquista española del imperio azteca como analogía de lo que estaba haciendo el régimen nazi en Europa, en un momento en que este resultaba atractivo para muchos norteamericanos. La segunda versaba sobre un asunto más moral, ¿hasta dónde somos responsables de nuestra buena o mala suerte?

Le conocía ya como fotógrafo, y con Mis padres indagué en la neurótica vida de Hervé Guibert. Con Asalto a Oz, la antología de relatos de la nueva narrativa queer editada por Dos Bigotes, disfruté nuevamente con Gema Nieto, Pablo Herrán de Viu y Óscar Espírita. Cambié de tercio totalmente con Cultura, culturas y Constitución, un ensayo de Jesús Prieto de Pedro con el que comprendí un poco más qué papel ocupa ésta en la cúspide de nuestro ordenamiento jurídico. The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore fue mi dosis anual de Tennessee Williams. No está entre sus grandes textos, pero se agradece que intentara seguir innovando tras sus genialidades anteriores.

Helen Oyeyemi llegó con buenas referencias, pero El señor Fox me resultó tedioso. Afortunadamente Federico García Lorca hizo que cambiara de humor con Doña Rosita la soltera. Con La madre de Frankenstein, al igual que con los anteriores Episodios de una guerra interminable, caí rendido a los pies de Almudena Grandes. Que antes que buen cineasta, Woody Allen es buen escritor, me quedó claro con su autobiografía, A propósito de nada. Bendita tú eres, la primera novela de Carlos Barea, fue una agradable sorpresa, esperando su segunda. Y de la maestra y laboriosa mano teatral de George Bernard Shaw ahondé en la vida, pensamiento y juicio de Santa Juana (de Arco).

Una palabra tuya me hizo fiel a Elvira Lindo. Más vale tarde que nunca. La sacudida llegó con Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, literatura y periodismo con mayúsculas, creo que no lo olvidaré nunca. Tras verlo representado varias veces, me introduje en la versión original de Macbeth, en la escrita por William Shakespeare. Bendita maravilla, qué ganas de retornar a Escocia y sentir el aliento de la culpa. Siempre reivindicaré a Stephen King como uno de los autores que me enganchó a la literatura, pero no será por ficciones como Insomnia, alargada hasta la extenuación. Tres hermanas fue tan placentero como los anteriores textos de Antón Chéjov que han pasado por mis manos, pena que no me pase lo mismo con la mayoría de los montajes escénicos que parten de sus creaciones.

Me sentí de nuevo en Venecia con Iñaki Echarte Vidarte y Ninguna ciudad es eterna. Gracias a él llegó a mis manos Un hombre de verdad, ensayo en el que Thomas Page McBee reflexiona sobre qué implica ser hombre, cómo se ejerce la masculinidad y el modo en que es percibida en nuestro modelo de sociedad. The Inheritance, de Matthew López, fue quizás mi descubrimiento teatral de estos últimos meses, qué personajes tan bien construidos, qué tramas tan genialmente desarrolladas y qué manera tan precisa de describir y relatar quiénes y cómo somos. Posteriormente sucumbí al mundo telúrico de las pequeñas mujeres rojas de Marta Sanz, y prolongué su universo con Black, black, black. Con Tío Vania reconfirmé que Chéjov me encanta.

Sergio del Molino cumplió las expectativas con las que inicié La España vacía. Acto seguido una apuesta segura, Alberto Conejero. Los días de la nieve es un monólogo delicado y humilde, imposible no enamorarse de Josefina Manresa y de su recuerdo de Miguel Hernández. Otro autor al que le tenía ganas, Abdelá Taia. El que es digno de ser amado hará que tarde o temprano vuelva a él. Henrik Ibsen supo mostrar cómo la corrupción, la injusticia y la avaricia personal pueden poner en riesgo Los pilares de la sociedad. Me gustó mucho la combinación de soledad, incomunicación e insatisfacción de la protagonista de Un amor, de Sara Mesa. Y con los recuerdos de su nieta Marina, reafirmé que Picasso dejaba mucho que desear a nivel humano.

Regresé al teatro de Peter Shaffer con The royal hunt of the sun, lo concluí con agrado, aunque he de reconocer que me costó cogerle el punto. Manuel Vicent estuvo divertido y costumbrista en ese medio camino entre la crónica y la ficción que fue Ava en la noche. Junto al Teatro Monumental de Madrid una placa recuerda que allí se inició el motín de Esquilache que Antonio Buero Vallejo teatralizó en Un soñador para un pueblo. El volumen de Austral Ediciones en que lo leí incluía En la ardiente oscuridad, un gol por la escuadra a la censura, el miedo y el inmovilismo de la España de 1950. Constaté con Mi idolatrado hijo Sisí que Miguel Delibes era un maestro, cosa que ya sabía, y me culpé por haber estado tanto tiempo sin leerle.

La sociedad de la transparencia, o nuestro hoy analizado con precisión por Byung-Chul Han. Masqué cada uno de los párrafos de El amante de Marguerite Duras y prometo sumergirme más pronto que tarde en Andrew Bovell. Cuando deje de llover resultó ser una de esas constelaciones familiares teatrales con las que tanto disfruto. Colson Whitehead escribe muy bien, pero Los chicos de la Nickel me resultó demasiado racional y cerebral, un tanto tramposo. Acabé Smart. Internet(s): la investigación pensando que había sido un ensayo curioso, pero el tiempo transcurrido me ha hecho ver que las hipótesis, argumentos y conclusiones de Frédéric Martel me calaron. Y si el guión de Las amistades peligrosas fue genial, no lo iba a ser menos el texto teatral previo de Christopher Hampton, adaptación de la famosa novela francesa del s.XVIII.   

Terenci Moix que estás en los cielos, seguro que El arpista ciego está junto a ti. Lope de Vega, Castro Lago y Arthur Schopenhauer, gracias por hacerme más llevaderos los días de confinamiento covidiano con vuestros Peribáñez y el comendador de Ocaña, cobardes y El arte de ser feliz. Con Lo prohibido volví a la villa, a Pérez Galdós y al Madrid de Don Benito. Luego salté en el tiempo al de La taberna fantástica de Alfonso Sastre. Y de ahí al intrigante triángulo que la capital formaba con Sevilla y Nueva York en Nunca sabrás quién fui de Salvador Navarro. El Canto castrato de César Aira se me atragantó y con la Eterna España de Marco Cicala conocí los porqués de algunos episodios de la Historia de nuestro país.

Lo confieso, inicié How to become a writer de Lorrie Moore esperando que se me pegara algo de su título por ciencia infusa. Espero ver algún día representado The God of Hell de Sam Shepard. Shirley Jackson hizo que me fuera gustando Siempre hemos vivido en el castillo a medida que iba avanzando en su lectura. Master Class, Terrence McNally, otro autor teatral que nunca defrauda. Desmonté algunas falsas creencias con El mundo no es como crees de El órden mundial y con Glengarry Glen Ross satisfice mis ansiosas ganas de tener nuevamente a David Mamet en mis manos. Y en la hondura, la paz y la introspección del Hotel Silencio de la islandesa de Auður Ava Ólafsdóttir termino este año de lecturas que no es más que un punto y seguido de todo lo que literariamente está por venir, vivir y disfrutar desde hoy.