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“La verdad sobre el caso Harry Quebert” de Joël Dicker

Un endiablado juego narrativo en el que se va mucho más allá de la historia contada dentro de la historia y los giros argumentales propios de las novelas policíacas. Mezclado con una lograda exposición sobre la esencia del amor en la que se exponen las diversas maneras de llegar y de conformarnos con estar cerca de él, así como con una entretejida clase magistral por entregas sobre el disciplinado y exigente oficio de escribir.

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Un escritor que ayuda a otro escritor, el primero apoyó al segundo durante años hasta que se convirtió en creador de ficciones, ahora este ayuda a aquel como amigo, pero más adelante también a través de su sabio manejo de las palabras, construyendo con ellas el relato de la verdad de algo que sucedió hace más de tres décadas. Entonces, en 1975, el profesor Harry Quebert publicó una novela, Los orígenes del mal, que se convirtió en una obra maestra contemporánea, dedicada a una joven de quince años, Nolla Fellergan, cuyo cadáver es descubierto treinta y tres años después de ser vista por última vez. Hoy, en 2008, Marcus Douglas se encuentra sin saber cómo iniciar su segundo título y prorrogar el éxito de crítica y público que tuvo con su debut literario.

Estos son los distintos caminos por los que avanza una investigación para conocer con exactitud qué ocurrió, quién lo hizo y por qué. Una manera de entrar en las vidas de muchos de los vecinos de la pequeña localidad de Aurora donde todos están, aparentemente, abiertos a colaborar. De manera paralela se nos relata el nacimiento y la vivencia de un amor que fue tanto experiencia humana como inspiración y guía de un relato literario. También aquí se nos pone al límite, ¿es lícito enamorarse de alguien menor de edad y de actuar en consecuencia pasando por encima de reglas, valores y sistemas sociales? Y envolviendo todo ello, una introducción en cada capítulo de los principios que ha de tener en cuenta un escritor para construir una buena novela y de los que las páginas que les continúan son siempre un claro ejemplo práctico. Plano que tampoco se libra de la tensión que la brutal presión capitalista de las empresas editoriales ejerce sobre la creatividad e inspiración de los autores.

La verdad sobre el caso Harry Quebert es una compleja red de biografías y motivaciones de distinto tipo que conviven, se cruzan y tocan en un viaje por el tiempo en el que su narrador se coloca siempre tras la persona a la que pone frente a nosotros. No hay juegos tramposos por su parte ni ocultación de datos que guarden las claves que nos faltan para esclarecer tanto el crimen por resolver como para poner luz sobre la oscuridad pasada y presente de muchas biografías, tanto de vivos como de muertos. El recurso fundamental del que se sirve es un inteligente sistema de espejos donde todo se sostiene correctamente sin saber qué es imagen y causa y qué es reflejo y consecuencia, y del que no nos damos cuenta de su existencia hasta que nos vemos inmersos en él sin saber en qué lado estamos.

Un equilibrio de formas e ilusiones que se nos propone romper con los mismos medios –saliendo  de la zona de confort y acabando con las rutinas de las costumbres para ir más allá- con que un creador literario ha de ser capaz de trascender la materialidad que nos rodea para crear una nueva realidad que nos haga vivir y sentir aquello que no nos atrevemos a este lado de las páginas.

“Nubosidad variable” de Carmen Martín Gaite

La bruma del título es también la de la mente de las dos protagonistas de mediana edad de esta ficción que no aciertan a saber cómo enfocar correctamente sus vidas. Una revisión de pasado, entre epistolar y monologada, y un poner orden en el presente a través de una prosa menuda y delicada con la que llegar mediante las palabras hasta lo más íntimo y sensible. De fondo, un retrato social de la España de los 80 finamente disuelto a lo largo de una historia plagada de acertadas referencias literarias.

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Cuando dabas por hecho que ya no iba a ocurrir, cuando habías dejado de desear que tu vida experimentara el cambio que anhelabas, sucede algo nimio y pequeño, casi sin importancia, que genera una onda expansiva que lo sacude todo. Primero llega hasta el fondo de ti mismo, descolocándolo todo, rompiendo inercias y estancamientos, dejándote hueco y vacío, desnudo y vulnerable. Condenado, y sin alternativa alguna, a comenzar de nuevo, a reconstruirte y reinventarte por ti mismo.

Ese instante es el que se produce cuando Sofía Montalvo y Mariana León coinciden en la inauguración de una exposición tras décadas sin verse, desde que ambas comenzaran la universidad y el enamorarse del mismo hombre pusiera fin a una amistad de infancia que hasta entonces las había hecho relacionarse de manera casi fraternal. La distancia temporal hace que dejen a un lado las diferencias que tuvieron y recuperen la memoria de aquello que las unió como tabla de salvación de un presente en el que ambas se sienten solas y tristes, sin proyecto de futuro y con un lánguido pasado tras de sí.

Se enciende entonces una débil llama que ambas deciden cuidar retomando su relación, pero de una manera delicada, abriéndose recíprocamente, pero también reflexionando, haciendo un profundo examen de conciencia y de consciencia. La forma elegida para contar quién soy y dónde estoy, quién he sido y de dónde vengo, quién quiero ser y a dónde ir y con quién, es la epistolar. Así, no solo se desnudan la una frente a la otra, dejándose ver en lugar de obligar a suponerse, sino que a la par hacen un profundo ejercicio de introspección, que no es solo un viaje de ida, también lo es de vuelta al ponerle seleccionadas y medidas palabras a la completa narración de los acontecimientos que han vivido, a la detallada explicación de lo que les ha marcado y a la precisa definición de lo que han sentido y les ha dejado huella.

Un recorrido en el que se diseccionan con gran fineza las diversas capas que conforman la trayectoria personal y la situación actual de cada una de ellas. Por un lado, la dedicación al trabajo y la pseudo dependencia de Mariana de un hombre que no la desea y, por otro, la casa vacía de Sofía con un marido al que no quiere y tres hijos que hace tiempo dejaron el nido familiar. De fondo, la España de los 70, deseosa de nuevos horizontes, y la de los 80, en la que los jóvenes buscaban aire fresco y los más adultos ambicionaban el pelotazo económico. Esa que en lo social coqueteaba con los porros y comenzaba a aceptar la visibilidad de la homosexualidad.

Nubosidad variable es una novela escrita para ser saboreada y disfrutada de manera templada frase a frase, capítulo a capítulo, al mismo ritmo que avanza la sosegada exposición de las reflexiones, recuerdos y cuestionamientos de sus protagonistas. Yendo y volviendo en una narración que progresa linealmente a la par que lo hace también en círculos, aportando profundidad con nuevos sentidos y significados a lo ya conocido hasta entonces. Un complicado y duro camino, pero también reconfortante y enriquecedor, en busca del autoconocimiento y de la paz interior con multitud de guiños literarios. Mencionando explícitamente, entre otros, a Patricia Highsmith y Kafka, a Peter Pan y Ana Karenina, sugiriendo las Cinco horas con Mario de Miguel Delibes y declarando su devoción por El Quijote, el Poema del Mío Cid y las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.

“La canción pop” de Raúl Portero habla de ti

La música tiene el mágico poder de ser capaz de contar una historia en muy pocos minutos, presentándote los personajes involucrados, relatando qué sucede entre ellos, qué viven y qué sienten, de dónde vienen y a dónde desean ir. Todos tenemos una canción de nuestra vida, esa que imaginábamos que hablaba de nosotros y que con su ritmo nos llegó muy hondo la primera vez que la escuchamos, haciendo que afloraran a la superficie emociones cuya intensidad no creíamos ser capaces de sentir pero que deseábamos vivir. Un sueño que ya no perseguimos pero al que no renunciamos. Eso es esta novela contenida, auténtica, una partitura fresca y ágil, aparentemente liviana, pero que dispara de manera certera y da de pleno en el blanco.

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A los veinte años el futuro es una página en blanco sobre la que se puede escribir una y otra vez cómo creemos que vamos a ser, imaginando mil quiénes diferentes como compañía, otros tantos lugares en los que estar simultáneamente y cómos de lo más dispar. Pero el tiempo pasa y nada o muy poco de aquello ocurrió. La fantasía, el deseo, la ilusión de Simón no se convirtió en realidad. Quizás porque era irrealizable. Puede ser que él no fuera capaz de materializarla o que a sus 35 años aún no haya sido capaz de aceptar que la vida es esto que él tiene ahora, la nada, y no aquello que creía iba a poseer, el todo.

Hasta que el suicidio de uno de sus antiguos amigos, Carlos, le da la bofetada que le hace abrir los ojos y afrontar que ni ha cumplido nada de lo que se propuso ni consiguió retener lo bueno que un día creyó tener cerca de él, el amor y también la posibilidad de una manera de construir su propio futuro. La situación no es alegre, pero tampoco es un drama, es lo que toca, es lo que hay, resignación. ¿No es lo que le sucede a todos los de la generación educados y formados para ser capaces de lo que se propusieran y que después se vieron abocados sin anestesia ni remedio al fracaso y la decepción laboral, social, sentimental,…?

A eso vuelve Simón a Barcelona. Todo lo que le rodea, ya sea en Londres como en la ciudad condal, es la monotonía agridulce de las posibilidades imposibles, de los sueños irrealizados y de un presente resignadamente carpe diem porque el futuro no es más que incertidumbre. Eso es lo que cuenta la narrativa de Raúl Portero, que tiene forma de novela pero que se lee con la misma pasión con la que hasta hace unos años devorábamos los libretos de los cd’s para memorizar las letras de las canciones. Cada uno de sus capítulos es un tema trabajado meticulosamente, con el fin de que tenga entidad propia, que pueda llegar a funcionar por sí mismo, pero que cumple un papel fundamental en el conjunto que es este álbum, La canción pop.

Las expresiones y reflexiones que contienen sus diálogos y el espíritu con que fluyen sus descripciones tienen su génesis en ese punto en que la poesía se libera de las reglas de la literatura y se convierte en letras musicales que desde su aparente sencillez exudan una expresividad llena de garra y fuerza, sin aspavientos, pero que por su fina y eficaz elaboración resultan tremendamente atrayentes y pegadizas. Seguro que muchos de los lectores de esta canción pop sentirán que, de alguna manera, esta habla de ellos y quién sabe, puede ser que con el paso del tiempo vuelvan a ella para recordar quienes fueron un día.

“Mil mamíferos ciegos” de Isabel González

El mundo visto desde el otro lado, desde dentro hacia fuera. Isabel González no describe lo que vemos, sino que cuenta cómo se formulan, viven y materializan las emociones y las sensaciones en la mente, el corazón y el cuerpo de Yago, Santi y Eva. Una historia inquietante y sugerente, hipnótica y desconcertante, kafkiana. Como si el David Lynch de “Twin Peaks” hubiera dejado la narración visual por la literaria y las imágenes de “El perro andaluz” de Buñuel y Dalí se transformaran en palabras.

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Una de las tramas de Mil mamíferos ciegos nos lleva a la naturaleza, a la profundidad de un bosque, como si pretendiera llevarnos a la génesis, al momento de la concepción. Instante en el que comienza la evolución y la formación de la persona, de sus creencias, deseos y metas. Pero en esta ocasión este no es un proceso social o tutelado, Yago marcha por decisión propia, y allí donde se refugia no es para retirarse con fines espirituales o anímicos sino para algo mucho más primario y sencillo, dedicarse tan solo a aquello para lo que se siente llamado, tallar troncos de árboles.

Una pulsión en la que la autora se sumerge para relatarnos cómo es el mundo y cómo se interactúa con él cuando se está en esas coordenadas que no se definen por el cuándo y el dónde, que es incluso más que un estado anímico y una actitud ante la vida. Una forma de mirar y de sentir materializada con una elaborada y meticulosa prosa a base de expresivas frases cortas que concatenan, como en un cuadro cubista, afirmaciones que se interrogan sobre el sentido de lo visto, impresiones sensoriales aun en estado puro y razonamientos producto de la experiencia de la soledad. Sentencias que se suceden porque no hay otra manera de ponerlas sobre el papel, pero que en el ambiente real desde el que nos son trasladadas se intuye que no son lineales, sino que resultan simultáneas.

Por su parte, en la ciudad en la que viven Yago y Eva, lo visceral, el mandato del hipotálamo, es diferente, adopta la forma de filia sexual. La obsesión del primero por los pies de la segunda hace que ella se sienta lejos de él, cosificada, en dimensiones diferentes y sin visos de diálogo. Una interlocución imposible porque él está siempre buscando el refugio, la grieta o la oscuridad en la que ocultarse, sea ya entre las piernas de ella, en el techo o en los lienzos que pinta.

Tanto una realidad como otra son relatadas a través de una serie de cuadros, escenas y secuencias con un profundo sentido audiovisual, generando con su ritmo una atmósfera envolvente más propia del discurso cinematográfico que del literario. La clave del estilo de Isabel González está en la perturbadora, poética –y por momentos psicodélica- experiencia que genera su lectura. Una sugerente y provocadora sucesión de imágenes que se superponen de manera hipnótica, con una lógica que poco a poco se deja descubrir y que hace que Mil mamíferos ciegos resulte un gran círculo temporal. Una línea sin principio ni final que une el presente como el pasado más cercano y el lejano, aquel que está, incluso, en las páginas anteriores a su inicio.

“Hombres desnudos” de Alicia Giménez Bartlett

La prostitución masculina vista desde una doble vertiente, la visión de quien la practica como medio de ganarse la vida y las impresiones de quien acude a ella pagando por sus servicios. De uno y otro lado el trasfondo de la crisis económica y la, aún más importante, falta de valores de nuestra sociedad que esta desveló. Tras este propósito, una novela que al margen de lo poco habitual de su temática, no aporta mucho más por lo plano de su narrativa y sus personajes sin trasfondo.  

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Si no fuera por el marchamo de haber recibido el Premio Planeta en su edición de 2015, probablemente este título no sería conocido. Sin semejante carta de presentación –la del galardón mejor dotado de las letras españolas- estos Hombres desnudos hubieran pasado muy desapercibidos ya que resultan poco sugerentes. Podrían serlo por los dos elementos que Giménez Bartlett maneja correctamente. En primer lugar la estructura de lo que quiere contarnos y el devenir por donde quiere llevarlo en una correcta combinación de presentación de personajes y progresión y cruce de tramas. El segundo punto a señalar positivamente es que no recurre en ningún momento a los aspectos que podrían resultar más morbosos y aparentemente sugestivos de la profesión de sus protagonistas.

Su atención está correctamente fijada en los pasajes importantes de sus biografías. Un profesor de literatura sin mayores aspiraciones que la de tener alumnos a los que transmitir lo que se puede sentir leyendo La Celestina o a Dostoievski, y una mujer que un día se ve repentinamente abandonada por su marido y al frente de una empresa familiar. En ambos casos la crisis hace tambalear los cimientos de sus vidas, él se queda en paro por culpa de los recortes y ella ve como el legado de su padre y su vida emocional y social hacen aguas. Como enlace entre ambos un joven que, a pesar de sus muchos límites, ha sabido hacerse a sí mismo superando una infancia de abandono por parte de unos padres drogadictos

Pero más allá de esto, estos personajes resultan curiosos, pero no atractivos. Se les lee en modo pasatiempo, pero no se siente nada con ellos. Resultan planos, no trascienden el papel, no se convierten en compañeros de viaje o guías de un mundo o unas realidades que apetezca descubrir. La narración es siempre un primer plano subjetivo, un recurso con intención inteligente, como esas situaciones que se nos transmiten desde el punto de vista de todos los que están implicados en ella. Con potencial de ser interesantes, pero no lo logran.

Sus diferentes discursos resultan casi superficiales, describen mucho pero no enganchan, parece que lo que están relatando ni siquiera es importante para ellos. Les falta la pasión de quien de verdad siente lo que está viviendo, pero como no la tienen se quedan en el papel de espectadores casi ajenos de sí mismos. Y si ellos no le ponen ganas a sus propias vivencias, difícil es que consigan una especial atención de sus lectores.

“La tierra convulsa” de Ramiro Pinilla

Del Getxo agrícola y ganadero de finales del siglo XIX al Gran Bilbao industrial, burgués y capitalista del XX. Del idealismo costumbrista con que se recuerda el pasado al que nos aferramos, al realismo social de un entorno cambiado tras un proceso de profunda agitación. La primera y bien planteada entrega de una trilogía, “Verdes valles, colinas rojas”, en la que su autor prima en ocasiones sus habilidades como escritor sobre la fluidez de su relato.

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En las primeras páginas Cristina Oiaindia se desplaza junto a sus hijos en un coche tirado por caballos para acercarse a una playa virgen de Algorta a la que tan solo acuden habitualmente las barcas de los pescadores. Páginas y años después es un tranvía el que comunica su Getxo natal con Bilbao, una máquina alimentada con carbón con la que salvar en un corto espacio de tiempo los kilómetros que hasta su entrada en funcionamiento solo los más pudientes podían recorrer sin dejarse la piel en el camino.

Apenas unas décadas en las que los ricos de la margen izquierda del Nervión aseguraban tener un objetivo vital encomendado por una fuerza superior, nada menos que preservar la pureza de sus apellidos y sus títulos nobiliarios, viviendo en un entorno de armonía ambiental, de suelos verdes y horizonte azul. Mientras, obtenían grandes sumas de dinero con la explotación de sus minas de hierro en la margen izquierda, impulsando así un desarrollo industrial –siderurgia, astilleros,…- que trajo consigo una inmigración y un proletariado obrero que despreciaban tanto desde el punto de vista político-nacionalista como social-diferencia de clases. Una nueva realidad que supuso el caldo de cultivo del nacimiento, implantación y consolidación del socialismo en la que fue durante mucho tiempo una de sus zonas de liderazgo más emblemático.

Un ejemplo de esos que se consideraban dueños y señores, no solo materiales sino también espirituales, del suelo que pisaban, eran los Baskardo. Uno de los linajes originales de ese Getxo que hasta bien entrado el Medievo estuvo libre del influjo del cristianismo. Villa al lado del mar, territorio de leyendas como la del altar destinado a la basílica romana de San Pedro y que acabó convertido en barra de la venta donde se juntaban cada día los clientes de los Ermo. Donde acudían también los Altube cuando se lo permiten sus compromisos con la tierra y sus calendarios de siembras y recogidas.

Estos apellidos son algunos de los que dan identidad a los personajes, protagonistas y secundarios, de esta novela. A través de ellos vemos, vivimos y damos forma a la transformación de una tierra que dejó de ser gobernada por la madera para pasar a serlo por el hierro y donde el naciente nacionalismo político sustituyó el purismo de la sangre por lo abultado de las cuentas corrientes.  La tierra convulsa es un título ambicioso, su objetivo es abordar todas las piezas que conforman no solo las relaciones entre los vecinos de Getxo, sino también de su identidad como sociedad. Un fin para el que Ramiro Pinilla no se establece límite alguno y le dedica a cuanto considera las páginas y la narración que su inspiración le demanda.

Queda claro que sabe escribir, que tiene verbo y retórica, que sabe diseccionar, profundizar y detallar, manteniéndose siempre fiel a su idea de darnos a conocer qué hay detrás de lo que se ve, cómo piensa esa persona, qué mecanismo energético hay tras esa realidad, qué múltiples acontecimientos dieron pie a ese momento que nos parece que fue solo un instante. Sin embargo, hay pasajes en que es excesivo el nivel de milimétrico detalle al que llega, la prosa pesa más que la ficción y esta se resiente del ardid literario de su autor. De todas maneras, un hándicap que merece la pena superar para pasar a Los cuerpos desnudos, el segundo volumen de Verdes valles, colinas rojas y seguir profundizando en la historia más social del País Vasco.

“La noche del oráculo” de Paul Auster

El libro dentro del libro. El autor que se imagina la historia de un personaje que se propone iniciar una nueva vida, como si se colocara ante una hoja en blanco, tal y como hace desde este otro plano contrapuesto a la ficción que es la realidad. Un mundo de carne y hueso en el que suceden acontecimientos que adquieren un significado más allá cuando son contextualizados por un editor que sabe cómo relacionarlos entre sí. Ese es el laberinto mágico de paralelismos, espejos, verdades e irrealidades perfectamente trazado por el que nos hace transitar Paul Auster.

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Escribir es una experiencia que tiene mucho de magia, cuando las palabras que se van trazando sobre el papel encajan entre sí tienen un gran poder evocador, son capaces de trasladarnos a otros lugares haciéndonos asistir a acontecimientos y diálogos con personas que quizás no sean reales, pero sí auténticas. Eso es lo que le sucede al protagonista de La noche del oráculo desde el momento en que se pone manos a la obra a comenzar, pluma en mano e iniciando un cuaderno de tapas azules, una nueva historia. Desde ese instante, todo cuanto acontece en su plano personal parece asumir las mismas directrices que su inconsciente está llevando a lo creativo, hasta el punto de que no sabe si lo que está viviendo es una influencia que no controla del primer plano sobre el segundo o si es éste el que premoniza aquel.

Un misterioso juego en el que nos sumergimos más profundamente aún con la ficción dentro de la ficción a la que asistimos, protagonizada por un editor que lo deja todo a raíz de tener en sus manos un manuscrito cuyo personaje principal tiene la capacidad de predecir el futuro. Viajes de ida y vuelta en el tiempo que se vuelven a dar en otro de los pasajes de esta novela con una trama secundaria sobre una propuesta de adaptación cinematográfica de una creación de H.G.Wells. Referente literario que constituye uno de los pilares de esta obra junto al también mencionado Dashiel Hammet y ese momento de El halcón maltés en que uno de sus caracteres decide, sin motivo aparente alguno, dejarlo todo atrás e iniciar una nueva etapa en su biografía sin relación alguna con la anterior.

Estos son algunos de los componentes que hacen que esta novela no tenga una estructura narrativa solo lineal y progresiva, sino que se mueve indistintamente entre varias. Con la continua sensación de que avanzamos para volver al punto inicial, pero sabiendo que no hemos llegado ahí; de que estamos ya en otro sitio pero que aún no conocemos cuál es; con la certeza de que solo hay una ficción y de que todo lo demás no son sino proyecciones de esta, rocambolescas pero al tiempo profunda e inevitablemente lógicas.

Un enigma que Paul Auster sabe muy cómo construir, no solo con la estructura que le da a su historia, sino con elementos muy habituales de sus títulos como secundarios imposibles de catalogar, emplazamientos neoyorquinos con una aureola onírica, situaciones que provocan tanto en Brooklyn como en Manhattan comportamientos siquiera concebidos, disyuntivas inimaginables. Un continuo juego de plano, contraplano, reflejo y recreación que sirve tanto para observar y valorar la realidad como para convertirnos en parte de ella y vernos también sometidos a nuestro propio juicio.