Archivo de la categoría: Novela

“Quiltras” de Arelis Uribe

Ocho historias cortas protagonizas por otras tantas jóvenes en un Chile que no es ni tan moderno como nos cuentan ni tan igualitario como nos gustaría suponer. Narraciones ácidas por lo que tienen de certeras. Incisivas por su precisión a la hora de adjetivar. En ellas sus protagonistas son tan únicas como representativas de los dilemas y las barreras humanas, sociales y culturales que muchas mujeres se encuentran hoy en día.

Suele coincidir que en las comunidades menos desarrolladas las relaciones sociales tienen un gran peso en el día a día de sus habitantes. Esto no ha de ser tomado como sinónimo de lazos afectivos fuertes, sino como señal de que no hay otras vías -como formación por resultado de una escasa educación o fuentes de entretenimiento por no contar con infraestructuras o ingresos suficientes para acceder a ellas- para alimentar y vehicular las vivencias interiores. Es en estos lugares donde el mundo se reduce a las calles más próximas de la población donde se reside y a como actúen -qué digan y hagan- tus familiares y vecinos respecto a ti.

Una cercanía claustrofóbica y asfixiante, así es esa atmósfera a la que nos traslada Arelis Urbe en algunos de los relatos de este volumen, como la de Bestias y la de 29 de febrero, con los que conforma un fresco casi antropológico sobre el comportamiento humano a partir de una serie de retratos individuales, pero con muchos elementos en común con cualquier otra persona de coordenadas similares a las expuestas. Valgan como ejemplo las del imaginario de, la también chilena, Marcela Serrano (La llorona o Nosotras que nos queremos tanto).

En Quiltras el entorno -sobre todo cuando es rural- no es únicamente un complemento circunstancial, sino un emplazamiento que marca y condiciona la identidad, la vida y las posibilidades de futuro de quienes residen en él. Especialmente el de las mujeres, haciendo que este tenga connotaciones de imposición, cuando no de condena, y de servilismo y servidumbre ante los hombres -maridos, padres, hijos o hermanos- con los que viven.

En sus ficciones, Uribe muestra con un bello y rico lenguaje cuáles son esos escasos espacios en los que ellas se pueden permitir ser fieles a sí mismas. Sobre todo en lo que tiene que ver con el afecto, conlleve este -o no- una atracción física susceptible de derivar en manifestaciones físicas o, directamente, sexuales. Sitios como los de Ciudad desconocida o Italia que no siempre se identifican con una dirección, que no cuentan con un techo bajo el que resguardarse de la mirada de los demás. Parajes físicos consistentes en sus propios cuerpos acompañándose, entregándose y recibiéndose, dándose cariño –placer incluso- allá donde sea posible y hasta que las obligaciones -en forma de padres vigilantes o de guión de vida- marquen el punto y final que, en la mayoría de los casos las reconduzca a lo esperado, debido y exigido.

Pero además de sobre lo sistémico, estos cuentos tratan también sobre cómo se percibe el mundo en la adolescencia y cómo, en ocasiones, se contempla aquella visión con años de distancia. Con cierto humor (Bienvenida a San Bernardo) y con la entrada en juego de nuevas formas y maneras, como las posibilidades de internet (Rockerito83@yahoo.es), aquella intensidad se convierte en serenidad, las incertidumbres se hacen certezas y los miedos en territorios casi olvidados.

Quiltras, Arelis Uribe, 2019, Editorial Tránsito.

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“Un hijo” y “Un secreto”, el universo infantil de Alejandro Palomas

Dos novelas que se presentan bajo la categoría de juveniles pero que merecen ser leídas también por el público adulto por la mirada sincera, abierta y respetuosa con que su autor se acerca a la personalidad, las vicisitudes y la relaciones que establecen sus protagonistas. Dos historias que combinan el drama, la comedia, la intriga y la tensión atrapando a su lector y dejándole con ganas de que Guille se convierta en un personaje con una larga vida literaria.

Hace años me quedó grabado lo que comentaba la terapeuta Virginia Satir en En contacto íntimo sobre cómo crear las mejores condiciones para favorecer el entendimiento entre padres e hijos en las primeras etapas del crecimiento. La pauta era bien sencilla, los mayores lo somos no solo en edad, sino también físicamente y eso influye tanto sobre el punto de vista desde el que observamos la realidad como sobre la comunicación que establecemos con los más pequeños. Para conseguir una relación entre iguales que favorezca la comprensión y la empatía, Satir aconseja que los adultos no solo modulemos el lenguaje (hacerlo sencillo, que no simple) sino que dialoguemos haciendo que nuestros ojos estén a la misma altura de los suyos, sentándonos o agachándonos para conseguirlo.

Eso es lo que Alejandro Palomas parece haber hecho en estas dos obras para crear el universo de Guille (un niño de nueve años que vive solo con su padre y sueña con ser Mary Poppins) en Un hijo y de él y Nazia (una compañera de clase de origen pakistaní separada temporalmente de su familia biológica por las autoridades) en Un secreto. Alejandro no observa a sus protagonistas desde una posición superior (como autor o como adulto), sino que se coloca a su altura y -lo que es aún más importante- contempla el mundo que les rodea con el doble filtro de su mirada. Un enfoque que combina su corta experiencia de la vida -sin referentes que les permitan relativizar o codificar- y una imaginación que siempre encuentra argumentos para dar respuesta a lo desconocido. Una visión que se plasma en una retórica con un vocabulario reducido, pero suficientemente locuaz, y una sintaxis con modismos sin intención estética alguna, pero eficazmente expresivos.

Y ya está, que diría Guille. Así de fácil es quedar atrapado por la lectura de cuanto sucede en torno a él y así de lograda es la excelente labor literaria del autor de Un perro o El tiempo que nos une. Además de lo ya señalado, hay que destacar igualmente la manera en que se sirve de sus protagonistas principales como narradores para estructurar estas dos novelas. Esto no convierte a Un hijo y a Un secreto en historias corales al uso, sino en recorridos narrativos que se van trazando con la aportación de aquellos (el padre, la profesora y la orientadora escolar) que tienen una influencia directa sobre la vida de Guille (quien también ejerce como escritor) y Nazia.

Dos niños iceberg (que tras su apariencia esconden una realidad nada fácil de gestionar) a través de los cuales Palomas manifiesta una sensibilidad total con ese período de todos nosotros que es la infancia, y con ese colectivo, los niños, a los que nuestra sociedad no considera o integra con la dignidad, el respecto y la consideración que merecen en las dinámicas (más productivas que humanistas, quizás por ello) de su funcionamiento.

Por último, señalar que aunque se pueden leer de manera independiente, es cierto que Un secreto resulta más rico si previamente se ha disfrutado de Un hijo. Ahora solo queda esperar que llegue el día -si no lo ha hecho ya- en que Alejandro Palomas dé con las claves para escribir una nueva entrega con la que conocer cómo progresan la vida y el fascinante mundo interior de Guille, su familia y sus amigos.

Un hijo y Un secreto, Alejandro Palomas, 2015 y 2019, La Galera Ediciones y Editorial Destino.

“Sánchez”, el Madrid de Esther García Llovet

La noche del 9 al 10 de agosto hecha novela y Madrid convertida en el escenario y el aire de su ficción. Una atmósfera espesa, anclada al hormigón y el asfalto de su topografía, enfangada por un sopor estival que hace que las palabras sean las justas en una narración precisa que visibiliza esa dimensión social -a caballo entre lo convencional y lo sórdido, lo público y lo ignorado- sobre la que solo reparamos cuando la necesitamos.

Madrid nunca duerme. Aunque sea noche cerrada siempre hay gente despierta, haciendo, elucubrando, actuando para ganarse la vida, quizás para sobrellevarla, puede que incluso para sobrevivir sin más. Personas que viven al amparo de la oscuridad y de la luz eléctrica, que no nos importan porque se dedican a actividades que no conocemos, en las que nunca pensamos o cuya existencia nos negamos a reconocer por lo oscuro, mezquino y vergonzoso que revelan de nosotros mismos (drogas, juego…). Nikki y Sánchez son esa clase de habitantes, de los que se dedican a ir de aquí para allá pasando desapercibidos, pero logrando estar en todas partes como manera de ganarse la vida y de disfrutar -si es que esto es posible para ellos- de lo que esta les ofrece.

Pero a pesar de semejante vacío son dos presencias de lo más potentes por la manera en que su autora los presenta y les sigue a lo largo de la particular misión en la que se encuentran. Su objetivo, conseguir el galgo que poner a disposición de la organización de una carrera de apuestas y ganarse automáticamente unos miles de euros. Sobra decir que al margen de la ley, en ese difuso espectro en el que los propósitos ilegales se combinan con los medios alegales.

Sánchez es una novela sobria en su relato y austera en su narración. Tiene claro su objetivo y apunta a él directamente, sin rodeos llenos de adjetivos ni de excusas literarias para enmarcarnos dónde, cuándo y cómo nos encontramos. El rumbo, ritmo y tono de su escritura no es complaciente con su lector. No busca entretenerle sino ofrecerle una realidad que le exige adaptarse a la penumbra conductual, la lógica oscura y el verbo desnudo de personajes sin posibilidades ni posibles. De aquellos que esperan que las lágrimas de San Lorenzo ejerzan el anacronismo de poner un poco de orden formal en su presente, de quienes viven al margen de las convenciones, las reglas y la expectativa de un futuro si no mejor, sí menos canalla.   

Esther García no se cierra en unas coordenadas marcadas por la actividad delincuente y la poca monta de las aspiraciones de sus protagonistas. Ni cae en la caricatura del derrotismo y la desesperanza, todo lo contrario. Se acerca a esas coordenadas que deliberadamente ignoramos y muestra no solo lo que se ve, sino lo que se intuye y siente cuando se cruzan las fronteras de la comodidad burguesa en que estamos instalados. Disfrutar y engancharse a Sánchez es una experiencia de altos vuelos, pero solo posible si salimos de nuestra zona de confort para conocer qué entienden por vivir los que residen fueran de ella y ponernos en su lugar.   

Sánchez, Esther García Llovet, 2019, Editorial Anagrama.

“El nenúfar y la araña” de Claire Legendre

Miedo a morir. A la incertidumbre de no saber cuándo aparecerá el sufrimiento, la soledad o el dolor. Ni bajo qué forma, así que mejor inducir y provocar la situación para hacerle frente que ser atrapado por ella. Miedo al descontrol, una neurosis siempre presente, coaccionando las decisiones, marcando las acciones y tiñendo las emociones con que Claire narra su vida.

Dicen que escribir es una forma de hacer terapia, que ayuda a liberar aquello que nos oprime en nuestro interior para liberarnos de lo que no nos pertenece, no nos incumbe o no somos, de lo que nos impide sentirnos plenos. Ahora bien, escribir con esa motivación no convierte lo que recoja el papel en un relato comprensible para cualquiera que no sea su autor. Si eso ocurre, si su redacción nos motiva, evoca o apela de alguna manera, puede ser que nos encontremos ante un texto que además de ser un desahogo, sea también una entidad autónoma, independiente, una expresividad con categoría literaria que nos permita adentrarnos y dialogar con el universo de quien lo firma.

Eso es lo que sucede con Claire Legendre y El nenúfar y la araña. Pero que ella nos abra sus puertas no implica que sea fácil entrar en su mundo, que nos vaya a guiar con una sonrisa para que nos sintamos cómodos. Bastante hace con encontrar las palabras que vehiculen lo que siente y elaborar las frases con que hacer comprensible y presentar ordenadamente ese maremágnum interno que es su neurosis. Un mapa en el que tan pronto cambian los sentidos de orientación como muta la ubicación de sus puntos cardinales o afloran y se esfuman los accidentes geográficos en su trazado.

Hay una lógica interna en la expresión de todo neurótico, pero sea cual sea su articulación, hay que partir de la premisa de que este solo se dará a conocer si se siente respetado y escuchado, si no se le intenta atrapar, delimitar y conducir. Así es como hay que entender el esfuerzo de Claire por darle un hilo conductor a su crónica estructurándola en breves capítulos en los que sigue una línea cronológica que combina lo general con lo concreto y lo continuo con lo puntual, tanto en el plano familiar como en el afectivo o el social. Un fondo permanente de temor y pánico que se manifiesta en episodios y anécdotas -generalmente alarmantes en relación a la salud, el amor y la estabilidad- que aunque siempre diferentes no son más que una y otra vez lo mismo, el bucle en el que están atrapadas tanto su biografía como su razón y su estado anímico.

Pero cuando el ejercicio de escritura, de la introspección, de la búsqueda y la mirada interior se combina con la inteligencia, hace que se sea consciente del desequilibrio en el que se vive y de la paradoja total que provoca. Controlar el descontrol elaborando un destino oscuro sin base alguna, pero agarrándose a ello hasta convertirlo en una profecía que cumplir para proclamarse después en víctima y sujeto pasivo de los acontecimientos. Una manipulación que hace de Legendre una persona oscura en su transparencia y de la claridad expositiva de El nenúfar y la araña algo realmente críptico y no apto para los no dispuestos a contemplar otros puntos de vista ni a salir de su zona de confort.

El nenúfar y la araña, Claire Legendre, 2019, Editorial Tránsito.

“La vida a ratos” de Juan José Millás

Surrealista, onírico, ¿irreal?, sincero, absurdo, neurótico y hasta un poco paranoico. Diario, autobiografía, transcripción psicoanalítica e, incluso, un poco de juerga y fiesta daliniana. En primera persona como manifiesto de sí mismo, para comprobarse en el reflejo del papel, para liberar al yo que nunca permite mostrarse en público. Tres años de terapia y escritura automática, pero también de juegos con el lenguaje y el sentido de la realidad.

Juan José Millás no es solo el autor de esta novela, también es su protagonista. Pero aunque ambos tienen el mismo nombre y apellido, quizás no sean la misma persona. Puede que el Millás personaje no sea más que un recurso del Millás autor para liberarse y practicar una escritura menos narrativa, aunque sin dejar de serlo, y más estilística de la que se podría esperar de un novelista. O quizás el altavoz Millás sea el Millás escritor que quiere seguir en la ficción pero esta vez se ha dado el capricho de emplear horas y horas gastando tinta o aporreando el teclado pensando en un único lector, él mismo.

O quién sabe, lo mismo lo que ha hecho en La vida a ratos es tratarnos como si fuéramos la psicoanalista a la que visita todas las semanas y contarnos todo aquello que ha supuesto nos relataría si estuviera tumbado en el diván de nuestra consulta. El resultado es algo que aúna el absurdo de lo que no siempre guarda una lógica que lo explique y mecanismos surrealistas como la irracionalidad de muchas de sus situaciones, la excusa onírica en que se encuadran otras tantas y la escritura automática con que se hilvanan.

Un cruce en el que no está claro dónde quedan la credibilidad, la verosimilitud y el realismo a la hora de contarnos lo que supuestamente le pasa en su día a día. De entrada sorprende, provocando incluso una amalgama de reacciones hasta enfrentadas por no tener la certeza de qué pretende Millás. Si mostrarse naif como resultado de su falta de pudor y de haberse liberado, con humor y sin miedo a rozar el patetismo, del filtro de las formalidades. Si liberarse de las convenciones y avanzar sin rumbo definido y dejarse sorprender por lo que le surja en el camino. Cabe pensar incluso si está construyendo un gran relato a base de microrrelatos en los que combina vivencia y reflexión, recuerdo e introspección, proyección y reinterpretación.

Pero según se suceden las jornadas de los algo más de tres años que abarca La vida a ratos, si nos liberamos de nosotros mismos como hace él, de nuestras exigencias de saber dónde estamos y a dónde vamos, qué se nos pide y qué se nos dará, qué tenemos y qué seremos. Si cuando nos surgen cualquiera de esas interrogantes optamos por ignorarlas, su lectura fluye de manera tan libre, alegre y espontánea como lo hace lo que le da título a su narración, la vida. Es entonces cuando comenzamos a ver que no hay diferentes Millás, sino distintas capas de uno mismo entre las que nos podemos adentrar para estar igual de cerca del hombre que es y siente que del que piensa y escribe y del que vive y se relaciona con su mujer, sus alumnos y sus amigos.

La vida a ratos, Juan José Millás, 2019, Editorial Alfaguara.

“Fábula de un otoño romano” de Bruno Ruiz-Nicoli

Volver atrás para ordenar tus recuerdos no siempre es cosa fácil. Te atrapa la nebulosa del paso del tiempo, te confundes no sabiendo si fue tal y como lo enuncias o si lo estás reconstruyendo. Te engañas queriendo darle justificación a lo que no tiene por qué tenerla y corres el riesgo de descubrir que sigues anclado a aquel entonces que no quedó allí, sino que te acompaña de manera sorda y silente allá donde vayas y estés.

Roma es eterna, atemporal, en su urbanidad el pasado se confunde con el presente y el futuro tiene como prioridad preservar el legado histórico. Ciudad en la que las emociones brotan en cada esquina ante la repentina aparición de una nueva columna, otro palacio o un teatro, una plaza o una iglesia aún más sorprendente que todas las vistas anteriormente.  Urbe en la que los estímulos monumentales conviven con las sensaciones generadas por el ruido del tráfico, las hordas de turistas, el adoquinado de muchas de sus calles y el brillo de la mirada y la piel de sus viandantes más atractivos.

Es imposible no quedar atrapado por ese laberinto, esa amalgama de sensaciones que te obliga a dejar de ser quien crees que eres para convertirte en alguien que no sabes si es tu yo auténtico, ese con quien consideras no tener nada que ver o con el que sueñas y en quien no te atreves a convertirte. Algo así es lo que le sucede al protagonista de Fábula de un otoño romano cuando llega a la capital del Imperio dejando en Madrid a su mujer y sus hijos, sus costumbres y convenciones. Su estancia, dedicada a la investigación histórica, artística y arqueológica, está destinada a ser temporal, pero lo que no sabía o no quiso reconocer, es que lo que en teoría iba a ser un paréntesis, él lo convirtió en un punto y aparte en su vida.

De ahí que cuando vuelve narrativamente a ello años después, no tenga claro si es para recordar con una sonrisa, reconstruirse con más o menos esfuerzo o enfrentarse desnudamente a lo que pasó en aquel tiempo y lugar, si lo que sucedió con Matteo fue algo extraordinario o la sacudida que necesitaba para marcar un antes y un después tanto en su biografía como en la manifestación de su identidad y personalidad. Intenta lo primero, se ve abocado a lo segundo y finaliza inevitablemente en el tercer estadio de ese mudar de piel. Una metamorfosis que comienza por lo espiritual y lo inconsciente para acabar mostrándose en lo más mundano, en la manera de comportarse, de estar físicamente y de proponerse humana y afectivamente con los demás.

Su relato no es el diario de un viaje, la crónica de una estancia, una declaración de amor ni el testimonio a lo Stendhal de un enamorado de Roma. Lo suyo es como dice su título, una fábula, una historia en la que va de reflejo en reflejo, esperando, deseando y necesitando que los diarios, los correos electrónicos, los retazos de conversaciones y las imágenes evocadas no le aclaren si aquello ocurrió o no con el mayor o menor detalle con que lo evoca, sino que realmente tuvo lugar y que no fue una fantasía, un sueño, una ilusión. Esa afirmación absoluta es la única manera de poder darle sentido y coherencia no solo a aquel episodio de su vida, sino a quien siente ser hoy y muestra ante su mundo.

Fábula de un otoño romano, Bruno Ruiz-Nicoli, 2019, Editorial Dos Bigotes.

“Los pequeños brotes” de Abel Azcona

Treinta años de vida contada a través de los momentos que le han dado forma. Episodios aparentemente independientes, pero formando una unidad articulada por el dolor causado por el abandono y los abusos sufridos desde que nació. Narrativa que Abel ha convertido en el elemento inspirador de su obra artística y del que este volumen no solo es reflejo, sino también una pieza más que sintetiza muy eficazmente tanto su mensaje como su objetivo.

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Cuando expone en el norte de España, el día de la inauguración suele encontrarse en la puerta del local que luce su nombre a la que fuera su profesora de historia del arte cuando era niño. A veces, entre los asistentes está aquel hombre que le expulsó de la academia de dibujo en la que le inscribió su familia adoptiva. Eventos -no solo en España, también en ciudades de otros muchos países- en los que cada quince minutos discretamente sale por la puerta de atrás y tras un momento con su copa de vino vuelve a ejercer la actividad social. Estos son algunos de los muchos episodios -no continuos ni enlazados, pero que encajan como piezas de un puzle- que sobre sí mismo, su inspiración, sus intenciones, resultados y logros artísticos cuenta Abel en Los pequeños brotes.

Título que no son solo unas memorias o un ensayo sobre su trayectoria, es también una obra más que -al igual que otras de sus creaciones- se basa en los dos elementos que han marcado su vida e identidad desde el día en que nació. Abandonado a principios de abril de 1988 en Madrid por la mujer prostituta y drogadicta que le engendró, entregado a los servicios sociales en Pamplona, pasó de una familia de acogida a ser adoptado por una madre que le pretendió educar con el método de la culpa y el castigo católico, tutela de la que se liberó con la mayoría de edad. Para entonces Azcona ya estaba curtido por las múltiples formas de sufrir castigo físico, tortura psicológica y abuso sexual, y no solo en el entorno familiar y escolar.

Espiral de degradación física y psicológica que siguió posteriormente en Madrid y con la que solo fue capaz de comenzar a convivir en el momento en que hizo de ella el elemento que articula su producción. Una trayectoria en la que con sus performances da a conocer con gran crudeza los efectos que tiene el uso y abuso del cuerpo de los más débiles -generalmente a través de la prostitución, pero también mediante la presión represora que ejerce la iglesia- no solo sobre las personas que la sufren sino sobre el conjunto de nuestra sociedad.

Abel no es un artista que busque crear y transmitir belleza, él es un agitador de conciencias, nos sitúa frente a aquello que deliberadamente ignoramos, pero no para que nos posicionemos racionalmente, sino para que nos sintamos desbordados por las emociones y sensaciones que pretende provocarnos con sus propuestas. Con la particularidad de que él está de los dos lados de ese shock, en el del portavoz que elabora el discurso y, en muchas ocasiones, en el del protagonista que alimenta y documenta con su experiencia el relato que nos transmite.

Así es como está también en este título. Con una redacción clara y directa a lo esencial, a lo nuclear, sintetizando con verosimilitud tanto la crudeza de los hechos vividos cuando era niño como el eco que estos han tenido en su adultez. Transmitiendo con credibilidad el impacto experimentado, como cuando hace del uso y la exposición de la desnudez de su cuerpo el objeto central de sus propuestas. Quizás las palabras escritas no sean tan impactantes como las presencias físicas, pero sí que fijan conceptos de una manera mucho más duradera. Por este motivo Los pequeños brotes es un medio perfecta para conocer tanto la lógica de la propuesta conceptual de Abel Azcona como de profundizar en su clara intencionalidad política.

Los pequeños brotes, Abel Azcona, 2019, Editorial Dos Bigotes.