“El arpista ciego” de Terenci Moix

Las aventuras de unos personajes concebidos para el folletín, la chanza y el exceso enarbolan con orgullo el amor y conocimiento de su creador sobre la historia, el arte y la mitología del Antiguo Egipto. No les faltan imaginación ni recursos, pero a medida que pasan las páginas caen en su propio enredo, provocando que su sentido argumental quede superado por el alarde literario y las ganas de divertirse de su creador.

El arpista ciego resulta muy visual, hay mucho cine en él, pero sus imágenes están convertidas en una literatura que no deja duda alguna sobre el poder evocador de la palabra impresa. Su caudal retórico va tan cargado como las aguas del Nilo, logrando que cuanto narra y describe permita situarse en dos realidades paralelas. La que está en primer término, la de la pura ficción, y la que se deja ver tras esta, habitada por un autor jovial y canalla en su exposición, sagaz y agudo en su provocación. Sirviéndose de prejuicios, tabúes, bestialismos y demás barbaridades para trasladarnos a un mundo de lujosos decorados en el que las conductas humanas están marcadas por la hipérbole. La excusa, la llegada al trono como faraón de Tutankamón y la vuelta al politeísmo de Tebas tras el monoteísmo de su padre, Akenáton, en la ciudad del sol, Amarna.

Como hilo conductor, el joven al que describe el título, nacido en el seno de una familia y un vecindario que presentan un completo muestrario de las satirizadas costumbres y supuestos valores de aquella sociedad de muchos siglos atrás. Coordenadas en las que Moix enmarca sus andanzas, pero dándole sus tan característicos toques de acidez, ironía y mala baba. No hay rasgo de personalidad o encuentro que no utilice para sacarle punta, graduando su nivel de superficialidad u hondura en función de los asuntos que estén siendo expuestos. Y siempre con un mar de fondo de sensualidad sudorosa, sexualidad explícita y voluptuosidad envolvente entre el derroche hedonista y la picardía del juego de la seducción.

Con suma inteligencia, Moix nos transmite nociones sobre el Antiguo Egipto incluyéndolas perfectamente en las diferentes tramas con que construye su novela, no constituyendo en ningún momento píldoras informativas. Sin embargo, un poco de contención no hubiera estado de más. No hay episodio que no sea ingenioso o recurrente, pero a medida que se avanza no queda claro qué aportan algunos de ellos al conjunto. Los cimenta a golpe de delirio y fantasía, tanta que se elevan del relato en el que nacen llevándolo a planos que, aunque sugerentes, acaban constituyendo un paréntesis en la evolución de los acontecimientos.

Aun así, se intuye el regusto con que los ha ideado. Como si estuviera disfrutando de una película en technicolor del Hollywood clásico ambientada en los mismos lugares e interviniera en su guión convirtiendo a Sal Mineo, uno de sus actores fetiches, en el dueño y señor de su voluntad artística y en objeto de veneración de su más ferviente deseo carnal. Algo similar a lo que te provoca el placer culpable que es esta novela, introducirte o consolidarte en la fe, la veneración y la idolatría al paganismo de Terenci Moix.

El arpista ciego, Terenci Moix, 2002, Editorial Planeta.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s