“The milk train doesn´t stop here anymore” de Tennessee Williams

Una mujer millonaria, hedonista y alejada de la alta sociedad. Un hombre joven, enigmático y con aires de seductor. Un encuentro forzado, excéntrico y aparentemente superficial, pero con un mar de fondo en el que se enfrentan y combinan de manera explosiva lo que el autor expone de sí mismo con lo que se plantea sobre el sentido de la vida. Un texto histriónico con una propuesta escenográfica inspirada en la raíces griegas del teatro occidental.

En 1963 Williams era un autor más que consagrado. Había demostrado ser capaz de todo. De escribir endiabladamente bien (El zoo de cristal, 1944), de construir personajes que arrasaban en el escenario (La rosa tatuada, 1951), de proponer tramas con asuntos de lo más delicado (La gata sobre el tejado de zinc caliente, 1955) y de haber jugado, incluso, con las lógicas de la construcción dramática (Camino Real, 1953). ¿Qué le quedaba por conseguir? Seguir avanzando en ese camino, investigando, probando nuevos elementos con los que poner a prueba las convenciones teatrales para llevar a sus espectadores a coordenadas nunca antes visitadas.

Ese es el punto de partida de esta obra, denostada en su estreno, pero que merece ser revisitada. El primer tránsito por su escritura deja una sensación de liviandad y vacuidad, como si en lugar de apostar por unas bases sólidas, Williams hubiera tirado de imaginario y juntado en una villa mediterránea con unas vistas espectaculares al mar a unos personajes que recuerdan a los protagonistas de la primera de sus dos novelas, La primavera romana de la Señora Stone (1950). Pero llevándolos al exceso, ella parece un sucedáneo de la Gloria Swanson de Sunset Boulevard y él podría haber sido extraído del casting de una película peplum.

Mientras ella escribe, en una soledad entre voluntaria y forzada, sus memorias para dejar testimonio de una vida de posesiones, glamour y grandes experiencias, él aparece de la nada, con lo justo y proponiéndose como un fiel compañero con el que disfrutar de los placeres más sencillos de la vida. Una frugalidad de buenos alimentos, vivienda confortable y viajes excitantes que exige contar con recursos con que sufragarlos. Complementariedad en la que reside el conflicto de cuáles son los intereses y las verdaderas intenciones de cada uno con respecto al otro.

Pero más que centrarse en los argumentos de convicción o chantaje de cada uno de los contendientes, Williams parece querer analizar la conducta humana planteando una alegoría sobre qué nos mueve como individuos cuando tenemos dinero y nos falta afecto, y cuando deseamos el dinero y, a priori, solo contamos con nuestra belleza física. ¿Hasta dónde y de qué somos capaces para conjugarlo todo? ¿Es posible conseguir que en una unión así salgan los dos vencedores?

Por momentos, especialmente en las escenas entre Mrs. Goforth y Chris, los diálogos resultan artificiosos. Más que a conversación contemporánea, suenan a intento de trascendencia con aires grecolatinos. Pero si se tiene en cuenta la propuesta escenográfica que Tennessee explica en su introducción, telas que modulan y separan los distintos espacios y son manipuladas por actores que se mueven por las tablas al margen de los protagonistas, quizás se da con la clave de su propuesta, de la dificultad de su ejecución y de porqué fue tan mal recibida por la crítica.

Su intención ya no es epatar, como con sus textos anteriores, sino como haría después en Out cry (1973) o The notebook of Trigorin (1980), plantear cuestiones morales y espirituales como quién soy y a dónde voy, qué sentido tiene el recorrido transitado hasta llegar a este punto y si ha merecido la pena. Quizás no lo haga con la claridad y soltura que en el futuro, pero si se mira este título con esa perspectiva, es más fácil entender su propósito y sus logros.

The Milk Train Doesn´t Stop Here Anymore, Tennessee Williams, 1963, Dramatist Play Service.

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