“No más besos”, del off-Broadway al off-Madrid

Cuando un texto es bueno las posibilidades de que triunfe donde quiera que sea representado son muy altas. Y este de Diana Son lo hace gracias a lo bien adaptado que está y a una puesta en escena correctamente dirigida e interpretada. Cuidando algunos detalles un poco más el resultado de esta historia sobre cómo se conocen y van intimando dos chicas en Nueva York podría ser sobresaliente, pero en cualquier caso, conocerlas es una grata experiencia.

Probablemente lo haya escrito ya antes, admiro la capacidad que tienen los dramaturgos norteamericanos para combinar la cotidianidad con la emocionalidad. No necesitan de grandes épicas o acontecimientos para dar pie a que sus personajes se abran en canal y se conviertan en espejos en los que proyectarnos. El primer contacto que he tenido con Stop Kiss ha sido siendo espectador de No más besos, no sé cómo sonará leído y en su idioma original lo escrito por Diana Son, pero en español y en las voces de Pilar Molina y Miriam Vázquez resulta espontáneo. Hay algún momento, breve, de sobreactuación pero el tono general es de autenticidad en este encuentro entre una chica de Saint Louis que lleva a Nueva York deseando ejercer como profesora y una joven periodista que cubre diariamente la situación del tráfico desde un helicóptero.  

Miriam se merece un bravo por el excelente trabajo de traducción y adaptación que ha hecho. Será por lo acostumbrados que estamos a escuchar localizaciones como Manhattan, Bronx o Brooklyn, pero pronunciadas por ellas suenan cotidianas, cercanas, no como palabros con los que algunos intérpretes se engolan a la hora de simular ser urbanistas fashion que viven al otro lado del Atlántico. Un detalle que, junto a otros muchos, demuestra lo sólidas que son sus interpretaciones. Y será por el tiempo que llevan representando esta función, será por los hábiles que son, pero consiguen que sigamos con interés lo que Callie y Saran viven, con tensión y temor cuando nos trasladan a la trama paralela, y con una sonrisa simpática en su tránsito por el entendimiento, la afinidad, la complicidad, la atracción…

Me gustó que aunque la línea argumental principal sea un flashback no tengas la sensación de estar siendo colocado en el pasado, lo que revela lo bien planteada que está la dimensión temporal en esta dramaturgia. Ubicar los momentos de paréntesis de la actualidad en los laterales del escenario queda muy bien, los medios de la sala Lola Membrives del Teatro Lara son limitados, pero en este caso funcionan. Donde no me bastaron fueron en otras cuestiones fácilmente enmendables, aunque supongo que estoy entrando en esa zona pantanosa que es el bajo presupuesto con que cuentan muchas producciones para llegar a estrenarse y mantenerse en cartel cada día. Más aún en estos tiempos tan inciertos.  

Provoca sensación de monotonía que unos hombres y mujeres que evolucionan a lo largo del tiempo vayan siempre vestidos de la misma manera. O de amateurismo que en una situación que hace pensar que se acaban de levantar, el personaje aparezca en escena abrochándose el último botón de la camisa. Cuestiones menores que si se resolvieran seguro darían brillo a una historia que engancha, con la que es muy fácil conectar y da gusto compartir casi dos horas de tu vida.

No más besos, en el Teatro Lara (Madrid).

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