“Vida con Picasso” de Françoise Gilot y Carlton Lake

Poca gracia debió hacerle a Pablo que doce años después de que su relación se acabara, su cuarta musa publicara este conjunto de caras B del máximo impulsor del arte del siglo XX. Un ajuste de cuentas entretenido, que no sobresale ni por su calidad narrativa ni por la calidad de sus contenidos, pero que se presenta como un supuesto retrato de la persona que se escondía tras el personaje.

VidaConPicasso

Cuando se conocieron Pablo se veía joven y ella se consideraba una persona en proceso de formación. Cuando se dejaron, él se negaba a reconocer que contemplaba ya la perspectiva de la vejez y Françoise afrontaba la vida desde la estabilidad de la madurez y la experiencia ganada. Entre tanto, pasaron juntos diez años, desde 1943 hasta 1953. Los encuentros esporádicos en el estudio de la Rue des Grands-Augustins entre una joven aspirante a artista y el ya consagrado maestro se fueron haciendo más frecuentes hasta que derivaron en una convivencia formal entre París y diversas localizaciones del Midi francés. Una relación que trajo consigo dos hijos, Claude y Paloma, y que constituye uno de los grandes capítulos femeninos de la vida de Picasso tras los anteriores de Olga, Marie-Thérèse y Dora y el posterior de Jacqueline.

Al igual que todas ellas, Gilot también fue musa y compañera, pero una vez que el autor del Guernica sintió que la novedad que ella le aportaba se iba apagando, le dio un papel secundario en su día a día como encargada de sus cuestiones logísticas y de mantenimiento, en lugar del coprotagonismo que ella estimaba merecer como resultado del amor, el diálogo y el entendimiento mutuo.

Hay quien dice que fue por deseo de protagonismo, según otros por venganza, pero fuera cual fuera la motivación cuando en 1965 publicó Vida con Picasso en colaboración con el crítico de arte Carlton Lake, nadie en torno al genio de la pintura, la escultura y el grabado se mostró indiferente. Muchos denostaron esta obra por oportunista, otros por su poca calidad literaria, pero tantos unos como otros leyeron alguno de los más de un millón de ejemplares que se vendieron en sus primeros años en el mercado.

Cierto es que el inventor del cubismo no sale bien parado. Françoise Gilot le retrata como un constante trabajador cuyo afán era superarse cada día, pero también como un padre despreocupado, una pareja desconsiderada, un jefe tiránico y un amigo desconfiado. Algo así como un vampiro y un parásito que se alimentaba de la energía de los demás y cuya tranquilidad espiritual pasaba por tener todo bajo control, dominando de manera harto caprichosa cuanto sucediera a su alrededor.

A tenor de lo que cuenta su ex, solo era capaz de ser completamente educado y respetuoso con aquellos a los que admiraba, como fue el caso de Matisse cuando ambos ya eran figuras que muy pocos se atrevían a poner en duda. En cambio, cuando consideraba que quien tenía enfrente no estaba a su nivel intelectual y creativo, su comportamiento era manipulador –poniendo a prueba la paciencia de sus marchantes-, incisivo o irónico –como los episodios narrados en torno a Braque o Paul Eluard-. Y como estos, muchos otros momentos de todo tipo que revelan cómo era, supuestamente, Pablo Picasso, genio ilustre unas veces, déspota ilustrado otras.

Vida con Picasso, Françoise Gilot y Carlton Lake, 1965 (edición de 2010), Elba Editorial.

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