“La azotea” de Fernanda Trías

Hay narradores fríos, inteligentes, capaces de ver y mostrarnos cuanto es necesario, o de abstraerse de ellos mismos para ofrecernos su propio relato. Pero también están aquellos que lo son porque les sobrepasa lo que les sucede y su intención no es compartir o comunicarse, sino ponerle palabras a lo que viven en una suerte de redacción automática. Esta es la propuesta de esta novela corta guiada por la neurosis de su protagonista, sin un principio claro ni un final previsible, pero con un inquietante trayecto entre ambos puntos.

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La azotea tiene algo indefinible desde su inicio. A pesar de ser quien lleva el día a día de las cuestiones logísticas de su casa y de las necesidades y el cuidado de su padre y de su hija, Clara se revela desde el primer momento como una persona en la que algo no encaja. Su narración muestra una profunda dicotomía entre el intento de control de su situación exterior y el viaje cada vez más profundo, oscuro y sin rumbo por su interior. Un período de cuatro años en una ciudad sin nombre –supongo que en el Uruguay natal de Fernanda Trías- en la que el abatimiento psicológico se va apoderando poco a poco de los pensamientos y comportamientos con que esta joven mujer intenta evitarlo primero y vencerlo después.

Desde el otro lado de las páginas esa inestabilidad tiene un doble filo. Por un lado es una barrera de entrada a la mente de una persona con comportamientos aparentemente ilógicos -en su relación con sus vecinos- y pensamientos claramente inestables en lo que respecta a su relación y proyecto familiar. Pero al tiempo es también una manera de ver la convivencia y valorar el día a día desde un prisma sugerente por lo que tiene de irracional e impredecible.

Ese es el elemento atractivo de esta ficción, el no saber a dónde desea llevarnos, si es que quiere dirigirnos hacia un lugar concreto -qué pasará con el triángulo relacional presentado- o por un camino determinado -cuándo y cómo comenzó lo que estamos conociendo-. La azotea es una elección de una única opción para caminar por una senda que se dibuja y desdibuja mientras se recorre. Un trazado en el que solo hay presente, el pasado desaparece según se deja atrás y el futuro no toma forma hasta que nos adentramos en él.

Por esto mismo la propuesta de Fernanda Trías no es un título para todos los públicos ni una novela de consumo rápido y digestión automática. No por una cuestión de aptitud, sino por lo que exige en términos de actitud, de salir de tus coordenadas, aparcar la necesidad de establecer unas expectativas que satisfacer para ejercer la empatía hacia personas y vivencias nada comunes. La protagonista de La azotea no es un personaje, una construcción que recrea o reinterpreta la realidad, sino una persona auténtica que muestra sus acciones tal y como las ejecuta y comparte sus pensamientos tal y como los elabora.

Sin esa consideración, el relato de Clara puede resultar incomprensible, absurdo o vacuo, pero liberándolo de las exigencias de convencionalismo, su trayectoria resulta perturbadora, física y psicológicamente enfermiza, casi kamikaze.  El reto del lector es acompañarle en ese recorrido sin alejarse por el aislamiento que transmite ni dejarse atrapar por su desasosiego.

La azotea, Fernanda Trías, 2001, Editorial Tránsito.

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