“La vida ante sí” de Romain Gary

Literatura de alto nivel, exquisita y elevada, pero accesible para todos los públicos. Por su protagonista, un niño árabe criado por una antigua meretriz judía, ahora metida a regente de una pequeña residencia de hijos de mujeres que ejercen la que fuera su profesión. Por su punto de vista, el del menor, espontáneo en sus respuestas y aplastantemente lógico en sus planteamientos. Pero sobre todo por la humanidad con que el autor nos presenta las relaciones entre personas de todo tipo, los retos cotidianos que supone el día a día y las dificultades de vivir al margen del sistema en el París de los años 60.

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Romain Gary sorprendió al establishment literario de Francia a finales de los 70. En 1975 ganó el Goncourt con esta novela que se dio a conocer como escrita por Émile Ajar, su sobrino. La verdad de su autoría se conocería tras el suicidio de Gary, en 1980. Una manera de reírse de la crítica que le acusaba de no haber sabido evolucionar lo suficiente tras haber ganado este galardón por primera vez en 1956. Una burla con la que también jugaba una vez más a cambiar de registro en una biografía personal que comenzó en Rusia en 1914, le llevó a París en 1928, a luchar del lado francés en la II Guerra Mundial para posteriormente convertirse en diplomático, carrera que dejó por la dirección cinematográfica y la escritura. Una trayectoria rica en miserias y riquezas, momentos altos y bajos, y seguro que profusa en encuentros de todo tipo y momentos de introspección en los que conoció y descubrió cosas de sí mismo que posteriormente reflejó en páginas como las de La vida ante sí.

Tras diez años de estancia en casa de la señora Rosa, el pequeño Mohammed, un hijo de puta tal y como él se dice a sí mismo, es ya más que un inquilino, es casi familia de esta madame que se gana la vida cuidando a hijos e hijas de mujeres que se ganan la vida en la calle. Viven en un sexto piso que pone a prueba la resistencia física de una dama que está más cerca de su final que de su principio tras haber sufrido los vapuleos de clientes, proxenetas y los campos de exterminio nazi que no acabaron con ella. Ella llegó de Polonia, a él le han contado que es hijo de argelinos y sus vecinos son marroquíes, tunecinos, senegaleses y negros del África Subsahariana. Allí cada uno aporta lo que tiene, lo que es y lo que sabe. Desde las tradiciones y valores que ha traído de su lugar de origen a sus trucos para subsistir en el callejero parisino.

Una ciudad en la que Momo, así es como le gusta a él que le llamen, se desenvuelve sin pudor, conociendo por sí mismo el mundo que le rodea, sin haber sido antes instruido por sus mayores y ayudándose para ello únicamente de los conocimientos que ya tiene, de los descubrimientos que realiza y de lo que aprende escuchando a los demás. Un variado panorama de situaciones –la convivencia en el piso y en el edificio, encuentros a pie de calle o en vías más lejanas, de día y de noche- que Romain Gary teje con precisión y detalle, pero siempre desde un lado humano, cercano al corazón, a la vivencia, a ese tesoro que son las emociones para aquellos que no tienen ni aspiran a nada en lo material. Un mapa en el que se mira al mundo con los ojos bien abiertos a pocos palmos del suelo y se ve que la vida es una combinación de amor, convivencia, respeto a los mayores, referentes culturales, enfermedad, deseo de pertenencia y aceptación de la muerte.

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