“Un monstruo viene a verme”

Un cuento sencillo que en pantalla resulta ser una gran historia. La puesta en escena es asombrosa, los personajes son pura emoción y están interpretados con tanta fuerza que es imposible no dejarse llevar por ellos a ese mundo de realidad y fantasía paralela que nos muestran. Detrás de las cámaras Bayona resulta ser, una vez más, un director que domina el relato audiovisual como aquellos que han hecho del cine el séptimo arte.

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Al comienzo de la película Conor y su madre ponen en marcha un proyector antiguo para ver una película en blanco y negro, es el clásico de King Kong en el preciso momento en que el gigante es atacado en lo alto del Empire State Building de Nueva York. Uno de esos grandes momentos del cine clásico que, a pesar de haber quedado muy atrás técnicamente, siguen emocionando a sus espectadores. Esa es la propuesta de Bayona, contarnos una historia a la manera de antes, en la que lo importante son las emociones y vivencias de sus personajes y donde va a poner todo al servicio de lo que estos expresan y sienten. Un relato construido prestando atención a los pequeños detalles, sabiendo que el cine tiene mucho de artesanía, como demuestra con esos planos en los que vemos cómo comienza a a esbozarse el monstruo que después vendrá a visitarnos. En este sentido hay que hacer una especial mención a las piezas de animación a golpe de colorida acuarela con que se da imagen a los cuentos que este narra, una muestra del extraordinario ejercicio de producción que tiene tras de sí este título.

Como ya ocurriera en Lo Imposible, una de las claves para conseguir que lo que vemos en pantalla esté tan bien hilvanado es el montaje. Un recurso técnico que nuevamente es el gancho para llevarnos de un pasaje a otro sin que tengamos sensación de ruptura o de cambio y todo nos parezca tan lógico y natural que ni nos preguntemos por ello. En cada minuto de la proyección estamos donde debemos estar, en el lugar y momento en que procede, con el encuadre que corresponde, haciendo que cada plano dure los segundos adecuados y con el movimiento de cámara que requiera la acción y el diálogo de ese preciso instante. Así es como quedan perfectamente compaginados y equilibrados realidad y fantasía, miedos y deseos con lazos afectivos y vínculos familiares.

La valentía y el desconcierto de Conor ante la enfermedad de su madre es la ventana por la que somos introducidos en un mundo en el que la sensibilidad nunca es sensiblería ni la emocionalidad es infantil. Lo uno y lo otro son auténticos, características humanas que en él tienen la virtud de no estar contaminadas por los prejuicios y las huellas que en los adultos suele provocar la experiencia. Una autenticidad y una fuerza que hace que lo que en el guión funcione, lo haga aún más en pantalla con el excepcional trabajo de Lewis MacDougall, la siempre eficaz Sigourney Weaver y la no menos hábil Felicity Jones. Rostros cuyas miradas hacen que cada fotograma condense toda la creatividad y emocionalidad de esta película en una magia que recuerda a aquellos instantes de Spielberg en que se veía venir a los dinosaurios en Parque Jurásico o se descubría a aquel fantástico amigo que era E.T.

Quién sabe si al igual que décadas después continuamos recordando con admiración y cariño a aquellos seres irreales, sucederá lo mismo con este Un monstruo viene a verme con el que Juan Antonio Bayona sigue haciendo crecer su filmografía.

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