Apasionante partida de ajedrez en “Reikivaik”

Lo que sucedió, lo que vimos y lo que la leyenda posterior ha decidido que quede, auténtico o no, de todo aquello. Con la misma precisión del ajedrez, con la combinación de estrategia, dinamismo y paciencia que exige su juego, como con la pasión con que lo viven sus jugadores y aficionados, así fluye “Reikiavik”. Una ficción que condensa de manera ágil y precisa las múltiples facetas de aquella mítica partida, así como de su antes y después, entre Bobby Fischer y Boris Spasski en la capital islandesa en 1972. Así son este texto y su puesta en escena de Juan Mayorga.

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Las palabras bien manejadas nos hacen viajar a multitud de lugares y situaciones con toda clase de personajes. Esta obra comienza con una partida de ajedrez al aire libre y no solo nos lleva por medio mundo, sino que nos sienta en los aviones que nos trasladan de un continente a otro, nos pone al teléfono con mandatarios de principios opuestos, y nos sitúa en casas de niños y de adultos escuchando a madres y esposas que les apoyan a su manera. Pero sobre todo nos coloca frente a frente con nosotros mismos, con el verdadero sentido que tiene para nosotros aquello que nos apasiona y nos motiva, al margen del significado que tenga para los demás. Más aún cuando nos quieren utilizar terceros ajenos a nosotros, que pretenden usarnos a través de la burocracia administrativa como símbolo ideológico e icono de su poder.

La leyenda dice que la final del Campeonato Mundial de Ajedrez de 1972 no solo fue una competición deportiva, sino también una alegoría del enfrentamiento entre los dos bloques políticos en que entonces estaba dividido Occidente. Los rusos y los americanos, los comunistas y los demócratas, Spassi y Fischer, el controlado por el sistema y el hecho a sí mismo, el que tenía una vida diseñada segundo a segundo y aquel al que nadie le dio nada, el que fue encauzado para triunfar y el que lograba victorias sin haber tenido maestro que le enseñara. Una compleja alegoría limpiamente desmadejada y finamente diseccionada, expuesta sobre el escenario con un lenguaje claro y conciso transformado en diálogos rápidos y evocadores hechos carne, movimiento y expresión de manera vibrante, ágil y dinámica por Daniel Albaladejo, César Sarachu y Elena Rayos.

Juan Mayorga hace que ellos tres lo sean todo. Lo externo, lo que nos presiona y nos condiciona, son EE.UU. y la URSS y los espectadores necesitados de mitos; pero también son ellos mismos, lo que les hace felices y lo que les disturba, el niño que sigue presente, el adulto solitario y el hombre con lazos familiares, lo que buscan en el largo plazo y en cada preciso momento, esa complejidad interior –nebulosa, curva y que por momentos nos lleva a una difusa penumbra- que nunca se llega a saber con exactitud de dónde viene ni hacia dónde quiere ir, pero que también nos gobierna, que se deja influir, pero que también se impone cuando lo considera necesario, cueste lo que cueste y le pese a quien le pese.

Reikiavik, en Teatro Valle-Inclán (Madrid).

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