Impactante realismo el de “La puerta abierta”

Una historia sin trampa ni cartón. Un guión desnudo, sin excesos, censuras ni adornos. Una dirección honesta y transparente, fiel a sus personajes y sus vivencias. Carmen Machi espectacular, Terele Pávez soberbia y Asier Etxeandía fantástico. Una película que dejará huella tanto en sus espectadores como, probablemente, en los balances de lo mejor visto en nuestras pantallas a lo largo de este año.

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Para muchos, cada mañana no es la alegría de un nuevo amanecer, es la aburrida y claustrofóbica monotonía de noches pasadas en la calle pasando frío o calor y días en interiores de escasa luz, paredes sucias y fregaderos llenos de platos por lavar, vecinos irrespetuosos y monederos con los euros justos para conseguir comer y poco más. Carmen Machi es esa mujer que con los mil matices de su mirada, ella no necesita palabras, nos hace saber que la vida no le ha dado otro medio más que su cuerpo para conseguir el dinero  con que mantenerse tanto a sí misma como a su progenitora, una vieja en silla de ruedas que Terele Pávez encarna entre alegre y demente, cínica y amable a su manera, tan buena y mala madre como gran actriz es ella. Ambas putas, una en el pasado, otra en el presente, una retirada, la otra doblemente, además de puta, hija de puta.

Pero en esta familia escrita y dirigida por Marina Seresesky la dignidad es impermeable a la amargura y en su manera de llevarlas a la gran pantalla hay tanto realismo como respeto, tanta verdad como equilibrio. El patio de la corrala en la que viven es una muestra de los bajos fondos de nuestra sociedad, aquellos a los que les negamos identidad y existencia por ayudarnos a materializar aquellas dimensiones de nosotros de las que nos avergonzamos, del sexo por el que pagamos, de las drogas que consumimos para soportar sabe Dios qué. Cada plano, cada encuadre –fotografía y escenografía sobresalientes- nos da un detalle de dónde estamos y con quién; los diálogos de cada secuencia son el quiero y no puedo que estas mujeres sienten hondamente en sus corazones, procesan con gran trabajo en sus cabezas y digieren como si fueran piedras en sus estómagos.

Su pequeña vivienda y el pasillo que las conduce hasta sus vecinas, amigas y compañeras de profesión conforman las fronteras en las que se sienten cómodas y protegidas. Allí no llega el estado del bienestar, la protección de la policía ni el soporte de los servicios sociales. Por eso cuando muere una de ellas, una rusa, una inmigrante, una prostituta, su hija, su niña, su huérfana, se convierte en esa persona de la que no quieren hacerse cargo, pero a la que no pueden decirle que no cuando les pide que la ayuden. Comienza entonces el conflicto, el de tener que hacer frente a una situación para lo que no tienen espacio, ni lugar ni recursos en sus vidas; así como sumar un elemento más a la presión que sobre ellas ejerce el mundo convencional, el burocrático y el supuestamente legal.

En el edificio que plasman los fotogramas de esta película, pesan las críticas que se reciben sin piedad alguna a la espalda y a la cara, se sufre la violencia de los clientes y hay que aguantar la dureza y la frialdad el hambre, el sueño y la miseria. Pero también hay amistad y una fuerza de voluntad por no dejarse vencer tras la que está el más puro y simple de los instintos, el de supervivencia. Todos esos matices, facetas, momentos, decisiones, reflexiones, luchas y conflictos son los que nos transmite y hace sentir Carmen Machi en carne propia, poniéndonos el vello como escarpias, los ojos húmedos y el latir del pecho en la garganta. Su trabajo se resume en una palabra, magistral.

Un papel y una interpretación que se complementan a la perfección con el cinismo hecho humor de Terele Pávez y la ligereza amable con la que Asier Etxeandía transmite tanto su propio drama como despierta sonrisas con un personaje con el que demuestra que para él no hay límites. Junto con los demás secundarios, ellos tres hacen que la sensibilidad y sosiego que su directora y guionista ha puesto en La puerta abierta logre su objetivo y emocione, dejándonos la sensación de haber sido testigos de un relato valiente, de aquellos que hacen del cine un arte y un medio con el que conocer mundos y realidades que obligamos a permanecer al margen de nuestra cotidianidad.

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