“Café society”: amor, ambición y buen humor

Woody Allen vuelve a llenar la pantalla de diálogos ágiles y fluidos, despertando sonrisas y dando toques de hilaridad a su reflexión sobre las emociones y las relaciones, declarando por enésima vez su amor por el cine y dejando claro que le gusta más Nueva York que Hollywood.

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Toda película del director de Annie Hall tiene dos grandes pilares, su guión y el elenco encargado de encarnarlo. El primero es el gran filtro para conectar con su manera de entender el mundo y su visión de las relaciones humanas, siempre con una buena carga de acidez -cercana por momentos al humor negro- y un exceso verbal que roza el histrionismo cuando se dirige a sí mismo. Diálogos que son el elemento central de sus historias, que discurren rápido  y que hacen que la producción de sus películas no necesite más recursos que una correcta ambientación (escenografía, vestuario, maquillaje y peluquería), lo que le permite trabajar con unos presupuestos reducidos y al margen de los grandes estudios. Esto deja todo el protagonismo a quien verdaderamente ha de tenerlo durante la proyección, sus actores y actrices, profesionales que saben que cuando Woody Allen llama a sus puertas se les está ofreciendo una gran oportunidad que puede llegar a convertirse en un hito de sus carreras (he ahí el Oscar de Cate Blanchett por Blue Jamine o el de Penélope Cruz por Vicky Cristina Barcelona).

En esta ocasión quienes han sabido aprovechar la ocasión han sido Jesse Eisenberg y Kristen Stewart. Ellos son quienes en noventa minutos nos llevan de un Hollywood que se presenta como la tierra prometida en la que soñar con verse en las marquesinas y vivir un amor romántico a un Nueva York en el que se puede hacer y tener dinero y vivir conforme a la materialidad y los contactos que este permite. En este recorrido de una única dirección, cada trama tiene el tiempo que necesita, se plantea y da a conocer en su justa medida, progresa correctamente y cuando no tiene manera de continuar, da el giro que necesita para seguir avanzando. Un salto de costa a costa que no acaba con el amor porque este, de una u otra manera, encuentra sus momentos, lugares y maneras para seguir vivo.

Esa es una de las reflexiones que ofrece Café Society, cuánto tiene el amor de espontáneo y cuánto de racional, en qué medida podemos interferir sobre sus designios y bajo qué motivaciones. Y sobre todo, que ninguna opción es absolutamente positiva o negativa, el no sigue presente aunque hayamos dicho  que sí y al revés, el pasado sigue con nosotros aun habiéndole negado posibilidad de futuro a aquella chispa que sigue encendida aunque, aparentemente, no le prestemos atención.

Como no todo es amor en esta vida, Woody Allen sale de este debate interno, que ya no es obsesión como lo fue en el pasado, sino reflexión amable y hasta auto aceptación, para regodearse en esa válvula de escape que también maneja como es el humor socarrón. Chistes, bromas y casi parodias de algo que conoce tan bien como es la cultura judía y la maquinaria de despachos, intereses, llamadas y contraprestaciones en que se mueve la industria del cine tras las pantallas . Dos ingredientes que se combinan con la presencia de la mafia y sus socarronas fechorías sin escrúpulos para dar ritmo y agilidad a esta historia cuando la necesita.

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