“Pastel de pera con lavanda” y un poquito de amor

El amor lo puede todo, hace que el campo sea bonito, que la vida rural resulte amable, que las mujeres viudas miren al futuro con ilusión y que los hombres con síndrome de Asperger sean capaces de relacionarse. No es profunda ni con gran contenido, pero esta historia supera en algunos momentos su tono naif para, gracias al buen hacer de sus protagonistas, resultar hasta tierna.

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El cielo azul intenso lleno de nubes de formas caprichosas. El campo verde y amarillo salpicado de rojo y lila. Los árboles frondosos y las espigas de trigo bien altas ondeando con la brisa. Los puestos del mercado local ofrecen toda clase de productos de intensos y ricos sabores. Las casas están construidas con grandes muros de piedra y decoradas con bonitas contraventanas de madera. ¿Cómo no va a surgir la confianza, la amistad y el cariño en un lugar tan hermoso como el sur de Francia? Es imposible que no ocurra, lo estamos esperando desde que comienza la proyección, así que cuando Louise atropella a Pierre sabemos que lo que ha sucedido no es solo un accidente automovilístico sino el choque de dos corazones faltos de afecto, de dos almas deseosas de unirse.

Comienza entonces el proceso de acercamiento, de darse a conocer y vincularse mostrando –motivado por el estímulo del otro- facetas hasta entonces nunca o rara vez mostradas a nadie. Un recorrido visto mil veces antes en la gran pantalla, pero con la particularidad de que en esta ocasión no estamos ante dos personas que actúan de manera similar, una de ellas tiene un comportamiento poco convencional, siendo extremadamente educado parece estar al margen de las buenas manera de la convivencia cotidiana. Sin embargo, su austeridad y asertividad a la hora de dialogar y comportarse resultan ser el mejor filtro para dejar patente su honestidad, afectividad y ternura. ¿Conseguirá ser admitido alguien tan poco corriente? ¿Serán capaces los que viven en las convenciones diarias de aceptar un amor tan puro y transparente?

La línea argumental resulta muy previsible, la nota de sorpresa viene por algunos de los episodios secundarios, esos destinados a hacernos sonreír a través del humor, a ponernos en tensión ante la intervención ruidosa de terceros empeñados en hacer que la historia tome otros caminos y a emocionarnos dándonos a conocer los detalles más íntimos de la biografía de los protagonistas. No hay intrigas ni misterios, extraños acontecimientos o malvados interesados, lo único que aquí sucede es el simple transcurrir de la vida, ese que determina lo que haya o no de pasar. Pastel de pera con lavanda avanza igual que la vida en el campo, casi invisiblemente, provocando la impaciencia de los que no están acostumbrados a su ritmo y sus tiempos al no ser capaces de percibir cómo crecen las plantas, surgen los brotes y maduran los frutos. Pero cuando te quieres dar cuenta están ahí, un proceso de siembra, riego, mucho cuidado, fé y esperanza que encarnan muy eficazmente, tanto en conjunto, como en cada uno de estos apectos, los rostros de Virginie Efira y Benjamin Lavernhe.

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