“Sofía”, la persona tras el personaje

Setenta minutos de monólogo que son también varias décadas de la historia de nuestro país a través de las experiencias, recuerdos y pensamientos de una mujer que además de reina es también madre, esposa e hija. Un buen texto y una gran actriz que, sin reivindicaciones ni posicionamientos ideológicos,  diseccionan con elegante pulcritud y gran equilibrio, entre su parte pública y privada, a su personaje.  

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Los avatares por los que ha pasado la monarquía española en los últimos años han alimentado hasta la extenuación el morbo de querer saber cuál ha sido la realidad tras los focos de una institución que pasó de ser una familia modélica con funciones de estado a un conjunto de protagonistas individuales de las páginas de sociedad por comportamientos muy poco modélicos. Quizás sea esa la lógica motivación del texto de Ignacio García May, pero él no se queda ahí y realiza lo propio de un trabajo objetivo. No obvia lo morboso y lo mundano, pero lo trata como un punto más de la biografía y el relato de su personaje, integrándolo sin hacer ningún juicio de valor al respecto. Una tormenta que hoy parece haber amainado pero que tiene muchas papeletas de volver a arreciar si se produce la escena con la que comienza esta función, Juan Carlos muere y Sofía es quien atrae las escrutadora miradas de esa España que siempre se cree en posesión de la verdad y que dicta sentencias culpabilizadoras como manera de expurgar tanto sus excesos como sus pecados.

Con un lenguaje preciso, plagado de ricos adjetivos, lleno de matices para hacernos entender cómo se conjuga la imagen que se pretende transmitir, y la interpretación que hacen de esta toda clase de comentaristas, con la vivencia que se experimenta. Un triángulo de ser, estar y parecer que ha acompañado durante toda su vida a esta Reina española nacida griega y con sangre inglesa, danesa, prusiana y rusa en sus venas. Desde que su madre la mandara interna a un colegio alemán, cuando su boda tuvo que resolver toda clase de peros tanto del lado heleno como del franquista o en el instante en que su vestido fucsia atentó contra la negritud de las cortes que proclamaban Rey a su marido. Conflictos que también han sido internos como el de su lealtad matrimonial frente a la infidelidad recibida, o la obra maestra que ha sido su hijo en contraposición a los disgustos que le han dado sus hijas. Ella no esconde ni guarda nada, desgranando incluso aquellas entelequias bajo las que se la ha encorsetado y escondido, como su aclamada profesionalidad, que no era sino el complemento y el despiste necesario para popularizar la campechanía borbónica.

Un planteamiento y un material con el que Victoria Salvador se hace grande. Su versatilidad, capacidad y fluidez son asombrosas. Su dicción, la riqueza de sus registros y su lenguaje no verbal la colocan a la altura de señoras de la escena como Lola Herrera o Concha Velasco. La naturalidad con que llena el escenario y se mueve por él transmitiendo solemnidad, despertando sonrisas, compartiendo intimidad, concretando datos y trasladándonos desde su madurez y su presente a su infancia y juventud es digna de admiración. Un espléndido trabajo interpretativo que hace aún más grande a un personaje tan interesante en su faceta histórica como ahora también en su recreación teatral.

Sofía, en el Teatro Español (Madrid).

 

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