“Trumbo: La lista negra de Hollywood”

Cuando se lo propone y deja a un lado su, cada día más exclusivo, deseo de hacer caja, la meca del cine sabe cómo construir un buen relato, con el que de paso limpiar su mala conciencia por aquellos años en que se puso de manera descarada al servicio del poder en su intento de absolutismo ideológico. Años 40 y 50 muy bien plasmados en la pantalla con un guión que, como no podía ser menos en un biopic de uno de los mejores escritores cinematográficos de la historia, es la clave de esta película.

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El fin de la II Guerra Mundial no supuso el cierre de una etapa. Para muchos tuvo una prolongación en la que la contienda ya no fue cuerpo a cuerpo a miles de kilómetros de su hogar, sino que tuvo lugar tanto en la calle en la que vivían como en su puesto de trabajo. El motivo, no asumir como propias las palabras vacías que los gobernantes de Washington habían dictado como manera de crear entre la población estadounidense una sensación de riesgo y amenaza ideológica, por una supuesta invasión comunista, sin lógica alguna. Conscientes del poder del cine como medio difusor de ideas y modos de comportamiento, políticos de todo pelo pusieron a Hollywood en su punto de mira para poner al servicio de sus objetivos tenebristas a productores, directores, actores y guionistas. El precio a pagar por aquellos que dijeron que no fue el de ser víctimas de la famosa caza de brujas que les llevó al escarnio público y al fin de su carrera profesional.

Pero a pesar de todo, si de algo se vanaglorian en EE.UU. es de saber hacer frente a las injusticias. Cuando la realidad les demuestra que se han equivocado, no tienen pudor alguno en construir un relato épico en el que se ponen del lado del ganador y hacen suya tanto su lucha como sus principios, renegando de lo que fueron y convirtiendo al entonces vilipendiado en el héroe de hoy. Así fue como le sucedió a Dalton Trumbo, afamado guionista de clásicos del cine como Vacaciones en Roma, Espartaco o Éxodo y tras cuya labor están personajes que lanzaron o consolidaron el estrellato de nombres como Audrey Hepburn, Kirk Douglas o Paul Newman.

Como en todo biopic, no hay riesgo de spoiler en esta cinta, ya conocemos las líneas generales de lo sucedido. Su interés recae en ver con qué grado de sinceridad se cuentan los acontecimientos, así como la calidad técnica y narrativa de su relato. Lo primero ha de ser evaluado por los más expertos conocedores de aquella época y sus protagonistas. Pero si hay algo que Trumbo deja claro es que aquellos fueron años de una libertad de pilares dudosos, de una supuesta democracia en la que los que se vieron obligados a luchar contra ella no tenían mayor intención que la de hacer frente a una injusticia que les negaba cualquier posibilidad de vida libre, no solo en el terreno creativo y laboral, sino también en el social. El Dalton Trumbo que nos muestra esta película es un ejemplo de como el hombre se crece, por pura necesidad de supervivencia, ante la adversidad y como tener los objetivos claros a largo plazo hacen que el camino que se traza al andar se dirija en la dirección correcta.

La historia está construida a la manera en que lo hacía el guionista que le da título. Primero nos presenta el ambiente de relaciones personales y modos laborales de los grandes estudios a finales de la década de los 40. Acto seguido introduce el elemento que distorsiona esta tranquilidad y que acaba por provocar la historia de la que somos espectadores. Comienza entonces un relato de tensión, de choques de fuerzas en una serie de escenarios (testificación ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses en Washington, cárcel en Texarkana, residencia familiar, pequeños estudios cinematográficos,…) en los que confluyen unos personajes cuyos bien planteados y desarrollados diálogos hacen que la trama evolucione de la manera tan inteligente y equilibrada en que lo hace.

Sobre este buen material, señalar el notable trabajo interpretativo de Bryan Canston, presente en todas las secuencias, encarnando a un protagonista totalmente creíble en su conflicto humano y su volcánica vitalidad creativa. Tras él, un coro de secundarios en el que destacan Diane Lane y Helen Mirren llenando la pantalla cada vez que aparecen.  Por todo esto, por lo que cuenta y por la manera tan ordenada y correcta en que lo hace, Trumbo es una película que tiene todas las papeletas para resistir el paso del tiempo y ser recordada y vuelta a ver una y otra vez sin perder ni un ápice de interés.

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