“La habitación”

No hay actores, hay personajes. No hay guión, hay diálogos y acción. No hay dirección, hay una historia real que sucede ante nuestros ojos. Todo en “La habitación” respira honestidad, compromiso y verdad. Una gran película sobre lo difícil y lo enriquecedora que es la vida en cualquier circunstancia.

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Una mujer secuestrada junto a su hijo de cinco años desde antes de que este fuera concebido podría dar pie a secuencias de mucho dramatismo. Un niño que descubre el mundo a la edad en que muchos ya se han hecho en él un sitio propio, sería una excusa perfecta para un relato de emociones fáciles. Sin embargo, lo que Lenny Abrahamson ha creado a partir del guión de Emma Donoghue es un relato contado desde la normalidad de quienes la viven, y no desde el ojo subjetivo, prejuicioso e, incluso, mediatizado por el sensacionalismo de los medios de comunicación que muchos espectadores podríamos tener. Frente a esto, no opta por la épica de convertir a sus protagonistas en héroes que se enfrentan a la adversidad y lo desconocido. No, quienes viven dentro y fuera de La habitación son personas de carne y hueso que hacen del instinto de supervivencia y el deseo de una vida con perspectiva de futuro, el motor que guía sus pensamientos y decisiones. Un planteamiento que es en sí mismo la primera de las muchas virtudes que tiene esta cinta.

Cada escena se desarrolla como si fuera un gran momento, cuanto ocurre en cada una de ellas forma una pequeña cápsula de vida que tiene sentido y significado por sí misma. No hay ni un momento vacuo en las casi dos horas de proyección y a medida que pasan los minutos, el universo interior y exterior en el que habitan Ma y y el pequeño Jack crece con la suma de las situaciones de las que hemos sido testigos, con sus momentos de inflexión, pero sin giros de ciento ochenta grados que nos hagan variar las percepciones o las primeras impresiones obtenidas en el discurrir de su historia. Aquí todo es tal y como se ve, no se nos engaña, no se juega a que descubramos qué no es lo que parece. Lo que se nos ofrece es un viaje al interior de las emociones y los sentimientos de los miembros de una familia de tres generaciones (abuelos, madre e hijo) que tan solo exige un esfuerzo a cambio, hacer un trayecto paralelo y similar por nuestro interior. Se crea así una conexión que va más allá de la empatía, la proyección o la identificación para, sin dejar de ser nunca espectadores, convertir lo que estamos viendo en una experiencia, en un sentir que muta en vivencia y que, por tanto, deja poso y huella interior.

Cada segundo de Brie Larson en pantalla es un equilibrio de las múltiples emociones que esta madre, hija, mujer y niña, valiente, dolida, aturdida y confundida a la vez, ha de gestionar de manera simultánea. Ella no pasa de un registro a otro, ella es todos a la vez. En cambio, el joven Jacob Tremblay es una hoja en blanco sobre la que se puede escribir cuanto se desee, que no solo hay espacio en él para describir y narrar cuanto sea necesario, sino que además va a adquirir una presencia necesariamente protagonista, absoluta incluso cuando así es requerido sin necesidad de adornos ni subrayados técnicos. Le basta con ser, con estar. Junto a ellos, destacar a Joan Allen entre un plantel de secundarios que demuestran que en La habitación todo tiene un sentido y una función, que no sobra nada ni nadie, que todo la enriquece y la hace grande.

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