Asesinato (Munch, 1906)

MunchAsesinato1906

Atrás quedaron los trazos a la manera de los impresionistas, como si fueran golpes de luz sobre el lienzo, momentos que había que capturar en el escaso margen de tiempo en que el sol se deja ver en las coordenadas deseadas. Quizás por eso Munch (1863-1944) no intentó captar la falsa ilusión, ese holograma de felicidad que apenas dura un instante al que nos conduce engañados la utopía. Quizás por eso él se propuso ser más auténtico y hacer de su pincel el instrumento con el que dar imagen a lo que no se ve, a algo etéreo que no tiene fin ni principio, que está en nosotros sin saber cómo surgió, que siempre está ahí, una veces haciendo que seamos quienes somos, otras, persiguiéndonos para no dejarnos ser quienes queremos ser. Munch pintaba lo que se siente.

Unos veían el mundo de fuera hacia dentro. Él no, él al revés. El filtro comienza por uno mismo. Edward dejó a un lado las convenciones e hizo de la introspección no solo su inspiración, sino también su lenguaje. La melancolía, el miedo, la angustia son las sensaciones que le imponían la lente con la que percibía el mundo que vivía. No es la niebla la que nos entristece, no, no son los elementos externos los que nos marcan, no. Es lo que ocurre dentro de nosotros lo que determina la expresión de nuestro rostro, nuestro ceño fruncido es la señal del abrazo que no llega. Las emociones que curvan hasta atrofiar nuestra espalda marcan el inicio de un camino oscuro, de perspectiva estrecha y de un cese al que se llega mediante corte abrupto, ruptura traumática o muerte inesperada, incluso. Como en este “Asesinato” de 1906 en el que no hacen falta detalles explícitos, formas definidas o líneas precisas para dilucidar lo que puede haber ocurrido.

Del amarillo luminoso que se cuela por la ventana de fondo hasta los verdes oscuros del primer plano, del azul del vestido de la mujer en el centro de la escena al del traje de su víctima y a la sombra de su sombrero. Dos triángulos, uno que nace arriba y otro que surge de abajo, forman la composición que nos obligan a tener miedo de ser los siguientes. De que esa Carmen, esa María Magdalena no arrepentida que está en la confluencia de ambos y que nos mira sonriente, casi pérfida, considere que no ha finalizado su misión acabando con el hombre que yace en la cama en que la esperaba y haga de nosotros las siguientes víctimas cuyo cadáver será silueteado sobre el suelo. Los trazos curvos y centrífugos de las pinceladas, más largas y estiradas en la parte superior, más cortas y superpuestas en la inferior, nos dejan claro donde fluye la vida y donde pesa la muerte. Y todos y cada uno de nosotros, cada espectador, solo frente a ella, descubierto, atrapado, apuntado por esa expresión sonriente y maléfica, por esa mirada difusa que nos apunta.

Hay algo profundamente expresivo, sugerente y seductor en obras como esta de Munch que las haría convertirse años después en inspiración de los fotogramas de Fritz Lang, de las composiciones de John Huston o de las apariciones estelares de Barbara Stanwyck en algunos de los momentos estelares y seña de identidad del cine negro.

“Edward Munch. Arquetipos” en Museo Thyssen (Madrid) hasta el 17 de enero de 2016.

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