“Capricho”, personas convertidas en personajes

Una historia que son los cuatro personajes que la habitan en un texto al que sus actores dieron forma durante los ensayos. Un libreto que plantea dónde está la línea roja que separa la persona que somos del personaje que interpretamos de cara a los demás.

CaprichoCartel

La primera escena de esta obra –una mujer aparentemente sabia pregunta a una recién llegada qué ve representado en un lienzo de estilo abstracto- recuerda a lo que proponía Yasmina Resza en “Arte”, manipulamos lo intangible como medio con el que consolidar diferencias aparentemente cualitativas. Pero tras ellas, lo que realmente se encuentran son conflictos de clases, proyectos de vida sin sentido alguno y personalidades inseguras. Así es el inicio de esta función habitada por dos parejas de registros diferentes –recursos económicos, edad, escalón en la escala jerárquica de la empresa en la que trabajan- y en la que intentaremos conocer quiénes son realmente detrás de esas características y en qué se basa su relación más allá de lo aparentemente formal.

El juego de las apariencias arranca con la exposición del catálogo de posesiones materiales en una serie de poses y diálogos con una visión esperpéntica de la vida llenos de hilaridad, acidez e ironía nada fina. Mientras tanto, el mapa relacional se va haciendo más complejo y descubrimos que no solo hay más vínculos de los iniciales, sino que también surgen otros con el simple discurrir del tiempo compartido.

Las máscaras no se pueden mantener todo el tiempo y llega el momento, más temprano que tarde, que por sus fisuras surgen los vacíos emocionales, las insatisfacciones personales y las frustraciones profesionales. Entonces ya no se juega solo a aparentar, sino también a esconder y a fingir que no se sabe, lo que hace que se falsee aún más el comportamiento. Un enredo de registros que los actores resuelven con gran soltura y destreza en ese ir haciendo que lo sencillo se llene de matices y de hacer convivir de manera natural puntos de vista aparentemente opuestos e incompatibles.

Tras este buen planteamiento e inicio del fin de semana que se disponen a pasar juntos los cuatro protagonistas, la acción se ralentiza para entrar en los detalles más íntimos, auténticos y sinceros -y tras ellos el dolor, las heridas y los conflictos pendientes de resolver- tanto de cada pareja -una con años tras de sí, otra iniciándose- como de cada uno de sus integrantes. Entonces la atmósfera se llena de frases breves y descarnadas, el humor queda a un lado, combinadas con silencios sostenidos en los que los gestos  y las expresiones faciales se hacen más duras y expresivas. Algo que enriquece a la narración, pero que por momentos roza la mera recreación de los actores en su deleite interpretativo y hace pensar que quizás no han dado con la solución más óptima para enriquecer y hacernos llegar lo que nos quieren contar.

Por el lado contrario, la integración del espectador en la escena que supone el espacio de la Pensión de las Pulgas, juega muy a favor de “Capricho”. En ella no todo es texto, sino que tiene igual peso el registro corporal de sus intérpretes: sus miradas, su moverse por la sala, el cómo se tocan, se llenan una copa de whisky o cogen los cubiertos a la hora de comer. El estar a apenas un par de metros de los personajes es clave para que la representación tal y como está planteada funcione.

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“Capricho”, en La Pensión de las Pulgas (Madrid).

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