Pasen y vean

20150404_Paris

Es ya casi la una de la tarde, ¿quieren entrar y probar algo? ¿Una sopa de cebolla bien caliente para entrar en calor?  El día se ha levantado muy frío, ¡esta humedad invisible cala hasta los huesos! No me digan que no, que se nota, que ustedes son del sur. En esta época del año se les reconoce porque son de los que cuando vienen a París aún lo hacen con una bufanda y un gorro por si acaso. Y la verdad es que razón no les falta, con lo bueno que estuvo ayer y anteayer con cielo sin una nube y el sol brillando, y hoy nada. Hoy se torció el día y se levantó bien nublado.

¿No se deciden ustedes? ¡Vamos hombre! Miren, les diré una cosa, cuando entren dentro el local les va a sonar, o lo mismo ya habían oído hablar de él. Hace casi veinte años, en 1996, Woody Allen rodó aquí una secuencia de “Todos dicen I love you”. No estaba mal la peli, seguro que visitarnos fue uno de los motivos por los que se enamoró aún más de esta ciudad y luego la retrató tan genialmente en 2011 en “Midnight in Paris”. Esperen, esperen, un minuto de paciencia, que no me enrollo sin más, que si les cuento esto por algo, ya verán, solo un minuto. Acabo lo que les quiero decir y luego ya ustedes deciden si entran o si se van sin más continuando su paseo.

¿Recuerdan cómo en  “Midnight in Paris” aparecían Picasso, Dalí o Toulouse-Lautrec cuando a media noche el protagonista subía hasta Montmartre? Pues bien, muchos ratos pasaron ellos en el interior de “Le consulat” debatiendo sobre lo divino y lo humano, lo carnal y lo espiritual, las líneas rectas y los espacios de color. Aquí vivieron mañanas de café con leche y croissant, almuerzos de menú del día, tardes de absenta y noches de foie regadas con vino, con mucho vino de la casa, que sigue siendo tan bueno hoy como excepcional entonces.

Porque no lo duden, la carta que tenemos es de lo más sabrosa: mejillones, tablas de quesos, omelettes para chuparse los dedos, asados de pato cuyo sabor recordarán toda la vida, ¡lo que les digo! ¿No se lo creen? Y si no tienen mucha hambre, pues elijan entre un crepe salado o uno dulce. Se lo aseguro, si entran, volver a “Le consulat” será uno de los motivos por los que algún día visitarán de nuevo París. ¿No me creen? Recuérdenmelo cuando llegue ese momento y me encuentren aquí parado a la puerta hablando con los viandantes o fumándome un pitillo en mis cinco minutos de descanso.

Yo mismo me enamoré de este restaurante hace muchos años. También llegué a Montmartre queriendo conocer las calles por los que pasaron el autor de las señoritas de Avignon o el que nos hizo creer que el Moulin Rouge era un sitio de bailes apasionantes –y no el burdel de sesión continua, que realmente era, créanme- y acabé viviendo donde ellos lo hacían, apenas a unas calles de aquí, y sirviendo comidas a gente entre los que quizás estén los que revolucionen el arte cualquier día de estos. Si entran, les aseguro que no se arrepentirán de haber vivido la experiencia de sentarse a nuestras mesas de manteles de cuadros rojos y blancos. Si no lo hacen, ¡quién sabe! Pero les aseguro que en ese caso, ¡llegará el día en que se arrepientan de no haber entrado!

¿Y bien?… ¡Adelante, están ustedes en su casa! ¡Marchando una mesa para cuatro!

(Fotografía tomada en París el 4 de abril de 2015).

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