“La dama de oro” ni brilla ni reluce

Un relato con personajes e historia que podrían dar mucho de sí, pero que se queda en lo superficial, dejando su posible impacto en el espectador en la maestría de Helen Mirren frente a la cámara.

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Parece que los efectos secundarios del nazismo se acabaron con el fin de la II Guerra Mundial y las inversiones del Plan Marshall de los EE.UU. que hicieron que Europa se volviera a levantar consiguiendo pasar página. Sin embargo, los años han demostrado que la historia no la forman solo los grandes acontecimientos que dan título a los capítulos que la van formando a lo largo del tiempo, sino también esas otras narraciones protagonizadas por personas anónimas que pasan desapercibidas por no tener entre ellas a personajes de ringo rango, ejércitos, documentos que formen parte de archivos nacionales o afectados que vayan más allá de ellos mismos. Eso fue lo que ocurrió con tantas familias arrasadas por la sinrazón de los que creían en la supremacía aria. Se quedaron sin el lugar en el que vivían, sin propiedades materiales y casi sin conciencia de ser seres humanos. ¿Cómo devolverles la dignidad? ¿Cómo ayudarles a recuperar lo que un día fue suyo, las que eran las coordenadas materiales de su vida?

De esto trata “La dama de oro”, una de aquellas familias resultó tener entre sus propiedades varios encargos a un pintor de renombre de aquel momento y considerado un maestro hoy, Gustav Klimt. Obras de arte que a pesar de ser consideradas degeneradas por los de la esvástica, se salvaron de la quema y tras el conflicto acabaron luciendo en las paredes de la Galería Belvedere de Viena. Uno de estos óleos fue el retrato de Adele Bloch-Bauer en torno al cual se desarrolla esta película basada en los hechos que hicieron que dejara de ser un icono nacional para acabar siendo expuesta en su emplazamiento habitual en Nueva York.

Un pasado con detalles aún por ser conocidos y con capacidad de asombrarnos, y un presente que ha ocupado portadas en los medios de comunicación, ingredientes con los que el cine americano podría crear un gran producto lleno de épica y con dosis de exaltación de la libertad y la justicia en un paralelismo entre David y Goliat. Pero eso sucede cuando las películas que llegan de Hollywood son buenas, cuando no, resultan ser un producto de sobremesa, mero entretenimiento. “La dama de oro” cae de este segundo lado, con un guión que parece basado en las crónicas periodísticas que pudieron darse durante el juicio entre la heredera y descendiente de la señora Bloch-Blauer y el estado austríaco.

Y así es como resultan estas dos horas de película, un relato bien estructurado, presentando cada suceso y personaje en el momento adecuado, pero sin ahondar en ellos. Son poco más que excusas para el desarrollo de una historia cuyo final ya sabemos, con lo cual todo resulta previsible y lineal, sin aliciente alguno. Se quedan por el camino tramas bien iniciadas como la vida en la Viena de los años 20 y 30, tiempos cuya estética es una muestra del triunfo del buen gusto frente a las secuencias que suceden en la ciudad de Los Angeles en los 90, planas, mates, dominadas por los tonos marrones y los crema. Apenas pincelado queda el debate sobre cómo se sienten las personas ante la dicotomía de ser originarios de un país del que se vieron expulsadas y vivir en otro en el que les acogieron con los brazos abiertos.

Preguntas sin respuesta, debates sin desarrollo de posturas que se sostiene gracias al buen hacer de “la reina” –parafraseando el título que le dio el Oscar a la mejor actriz- Helen Mirren ya que ni siquiera el abogado y el periodista que encarnan Ryan Reynolds y Daniel Brülh pasan de ser dos caracteres sin matiz alguno. Una ficción basada en hechos reales sin nada malo, pero con todo tan escaso y tan simple que seguro acabará siendo una opción para tardes de manta y sofá o de entretenimiento en un viaje en tren, avión o autobús.

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