“Kingsman”, la sección más divertida del servicio secreto británico

La elegancia de Colin Firth unida a las historias de James Bond, las gamberradas de Austin Powers o la fantasía de X-Men en una intrépida aventura para todos los públicos.

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Tras un inicio en el que convergen un adolescente británico que podría haberse escapado de una película de Guy Ritchie, una familia de una de Mike Leigh y un siempre apuesto Colin Firth capaz de retar en porte y figura a Daniel Craig o Sean Connery, se junta todo en la coctelera y queda claro qué va a ser Kingsman. Dos horas de cine disparatadamente entretenido con los justos y precisos toques de formalidad para darle el suficiente trasfondo serio y trascendente a los momentos en que el ritmo se dispare de manera casi alocada.

De fondo un completo catálogo de escenografías en los que se mezcla lo real con lo imaginado, la campiña inglesa, el Londres más victoriano y lugares que dejarían con la boca abierta a cualquier joven deseoso de descubrir nuevas posibilidades científicas y tecnológicas aún por crear en nuestro mundo cotidiano. Así es la escuela de formación de superagentes Kingsman, a mitad de camino entre los espías y los superhéroes de veloz ingenio y físico potente. Pasada la etapa escolar y la de los retos psicológicos y físicos que esta supondrá, las circunstancias obligarán a poner a prueba lo aprendido. Será el momento de luchar en el mundo real con el peor de los villanos, ese que pone en riesgo la existencia futura de la humanidad tal y como lo hicieron los homólogos suyos que en el pasado han retado al más famoso agente secreto del cine. Y a grandes malvados, aún mayores salvadores con nuestros dos chicos en acción.

En primer lugar el siempre magnífico y encantador ante la cámara Colin Firth, un perfecto Pygmalion para el resultón –tanto interpretativamente como en la cuestión de fotogenia- Taron Egerton. Ambos componen un equilibrado y complementario diálogo intergeneracional que cuenta con el apoyo maestro de Michael Caine como el jefe de los buenos. Frente a este trío, Samuel L. Jackson haciendo del esperpéntico criminal que encarna, una caricatura con ecos de la psicodelia pop de Austin Powers, pero sin caer en el histrionismo

Del trabajo de todos ellos queda claro que estamos ante un buen guión y una muy trabajada realización que hacen de un material que en manos de otros hubiera quedado en una película de sobremesa para adolescentes o en un relleno de cartelera estival, un título capaz de sostenerse  por su frescura, soltura y buena factura entre estrenos aparentemente más serios   y académicos.

Como responsable de este festín visual con guiños a “Matrix”, “El resplandor”, “28 días después” o “World war Z” está Matthew Vaughn. Un nombre que tiene tras de sí una carrera produciendo a Guy Ritchie (la brutal “Snatch, cerdos y diamantes” y “Barridos por la marea”, aquel delirio pseudoitaliano al servicio de Madonna) o tras la cámara en “X-Men: primera generación”, que recordada ahora podría parecer un borrador para este “Kingsman” en la que aúna con muy notable éxito todas las facetas de su pasado: escritor, director y productor.

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