Lucía (diálogos en metro de Madrid V)

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Hola, buenos días. Me llamo Lucía. Vivo en Vallecas, en el Puente de Vallecas exactamente, a dos minutos andando de esta parada de metro junto a la avenida de la Albufera. Llevo aquí toda la vida, en Madrid, en este barrio, desde que nací. Andrés y Lucía, mis padres, sí, me llamo como ella, se instalaron aquí cuando llegaron recién casados. Vinieron desde La Mancha, aún no nos habían tenido a ninguno de sus hijos, ni a mí ni a mis tres hermanos, dos chicos y una chica más que nacieron después. En el pueblo no había otra manera de ganarse la vida que trabajando en el campo, con heladas en invierno y sudor asfixiante en verano. Y ellos aspiraban a más y al igual que en las películas del oeste, ellos marcharon a la capital buscando la promesa de un mejor porvenir. Y lo encontraron, pero porque se lo trabajaron. Entre los humildes los resultados no llegan por golpes de suerte, tuvieron que pasar mucho frío y mucho calor, cansancio agotador y horas de sueño para conseguir cuanto con el paso del tiempo fueron construyendo. Una primera casa baja en una calle sin asfaltar, un barrizal los días de lluvia, en la que dormíamos todos entre el dormitorio de mis padres y el sofá-cama del comedor. Después un piso ya en propiedad, un segundo en un edificio de cuatro plantas con tres habitaciones, una de matrimonio, a continuación la mía y de mi hermana y al final del pasillo la de los chicos, esa que mi madre llamaba la cueva porque según ella allí no había manera de ver luz alguna entre tanto caos y desorden.

Para entonces el pueblo era un lugar al que íbamos solo en verano, en el mes de agosto. Los 31 días, desde el 1 hasta el 31. Supongo que era la manera en que mis padres compensaban con los suyos no hacerse cargo del legado de cultivar la tierra que sus padres les iban a dejar en herencia. Yo lo pasaba bien, me gustaba. Entraba y salía a mi aire, no había horarios, los únicos a cumplir eran los de la comida y la cena en casa de mis abuelos, hasta el día 14 en la de los maternos y desde esa noche hasta el final de mes en la de los paternos. Alternando cada año para dar gusto a todos y no dar sensación de favoritismo alguno sobre con quien pasar el día 15, el día de la Virgen, el día grande, ese en que nos poníamos nuestros mejores vestidos. Comenzaba entonces tres intensas jornadas de fiestas, comidas con familiares y amigos, vaquillas a las seis en punto y noches de baile al aire libre con orquesta. Un paréntesis en la rutina de mañanas de ayudar en casa, tardes de siesta y baños en el río y noches de paseo casi a oscuras con chicas y con chicos, unos del pueblo y otros como nosotros llegados de Madrid, de Barcelona, de Bilbao o Zaragoza, allá a donde quiera que nuestros mayores hubieran decidido ir a probar suerte.

Y hete ahí que entre estos últimos estaba Andrés, que no me lo pudo poner el destino más fácil. A dos calles de mí en el pueblo y a dos calles de mí en el barrio, que parecía que a todos nuestros progenitores les había dado a por emigrar al mismo lugar. Pero me van a perdonar, se ve entrar ya al tren en el andén y yo me tengo que ir a trabajar, otro día que coincidamos aquí si quieren les sigo contando sobre el marido que ya no está, los dos hijos que tengo, lo que hago en mi tiempo libre, el libro que estoy leyendo,… A eso de las ocho y cuarto que es cuando suelo pasar por aquí. Muchas gracias por estos cinco minutos de que han dedicado a escucharme. Que tengan ustedes un buen día.

(Fotografía tomada en Madrid el 3 de abril de 2014).

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