De la mano (diálogos en Metro de Madrid III)

Manos El uno: ¿Te acuerdas?

El otro: ¿De qué?

El uno: Del primer día que nos cogimos de la mano, fue así, en el metro como ahora.

El otro: Pues sí, claro que me acuerdo, hecho un manojo de nervios que estaba yo, las ganas que tenía de cogértela. Y cagado de miedo que estaba, cómo lo tomarías tú, si alguien diría algo, si a ti te importaría que lo hiciera en público.

El uno: Y entonces fui yo y te la cogí.

El otro: Siempre fuiste más directo, y yo más pavo. Si hasta tardé un rato en reaccionar. De repente me quedé ojiplático pensando que estábamos en el metro, que a lo mejor nos estaban mirando.

El uno: Sin embargo, no te soltaste.

El otro: No, no lo había pensado, pero lo tenía claro. Por encima de lo que cualquiera pudiera decir, lo que estaba claro para mí eras tú. Me costó, pero después de aquella tarde en la que había participado por primera vez en una marcha por la reivindicación de nuestros derechos pidiendo visibilidad e igualdad, no podía en ese momento retirar mi mano de la tuya. Entonces no lo pensaba así, pero esto ya lo hemos hablado mil veces, no hay mejor activismo que el predicar con el ejemplo.

El uno: Esta conversación la hemos tenido no mil, ¡dos mil veces! Nos estamos convirtiendo en unos viejos que repiten las mismas historias una y otra vez hasta la saciedad.

El otro: Sí, pero a mí me gusta. Me gusta recordarlo de cuando en cuando, igual que me sigue gustando cuando vamos de la mano.

El uno: Lo dicho, un viejo repetitivo, cansino y merengue a más no poder, ¡menos mal que no soy diabético!

El otro: Ya, pero eso te gusta, por eso eres tú el que suele coger mi mano.

El uno: ¿Yo hago eso?

El otro: Ya ves, va a ser que eres un viejo…, un viejo,… ¿cómo se dice? ¿cuál es el palabro ese? ¡Va a resultar que eres un viejo enamorado!

El uno: ¿De la luna?

El otro: No, de mí. Y si intentas hacer humor, antes aprende buenos chistes, que los que te salen son malos, ¡malísimos! Otros veinte años pasarán juntos y no conseguiré escucharte uno bueno. Y que aun así me hagas reír…

El uno: Ese es un comentario de viejo, de viejo quisquilloso, de señor mayor. Te estás haciendo mayor.

El otro: Como si los años no pasaran por ti. Bueno, por ti y por tu DNI. Cuando nos conocimos tenías pelo en la foto del carnet, y ahora…

El uno: Ahora me hablan de usted por la calle, pero eso es porque infundo respeto, ¿no?

El otro: Yo más bien diría que es por la cara de rancio que llevas a veces. Así, frunciendo el ceño como si fueras la bruja del oeste del mago de Oz. Los niños te temen, van a creer que les vas a echar una maldición.

El uno: A ti te la voy a echar borrando el camino de baldosas amarillas, a ver entonces cómo llegas a casa. Te recuerdo que el sentido de la orientación no es lo tuyo.

El otro: No, pero… ¿para qué necesito un GPS si ya voy de la mano contigo?

El uno: Qué tonto eres.

El otro: Ya, pero te gusto y te ríes conmigo.

(Fotografía tomada en Madrid el 30 de noviembre de 2014).

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