El encanto de los “Amores minúsculos”

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Te sientas en tu silla –esto es la sala off del Lara, por lo que no son butacas- y a apenas unos metros –o unos centímetros si estás en primera fila- verás la vida pasar frente a tus ojos hasta tal punto que no solo la ves y la escuchas, sino que casi la tocas, como cuando estás en un parque fijándote en los que van y vienen o en una fiesta improvisada en tu casa observando a los que entran y salen. Eso es “Amores minúsculos”, esos instantes que no son grandes momentos, pero que tienen el potencial de ser el germen de algo que quizás no, pero que quizás sí, lleguen a ser algo importante en la trayectoria de los que los viven. Eso es lo que nos relata esta obra que fue cómic antes que libreto, y que si te acercas a ella libre de pretensiones puede ser una vivencia inspiradora tras dejar la sala.

Su naturalidad radica en su espontaneidad, la misma con que se inicia la acción como si fuera una continuidad de la cotidianeidad que los espectadores introducen en la sala, haciendo que esta se transforme en apenas un segundo, ese en el que se apagan las luces generales y se enciende un primer foco, en energía teatral. El planteamiento escenográfico hace de los actores no solo personajes, sino también narradores para el público de sus historias, así como atrezzistas y apuntadores de las de sus compañeros. Y en su ir y venir por el escenario, su estar aquí o allí, “Amores minúsculos” va hilvanando sus historias individuales y entrelazadas utilizando como hilo tejedor la chispa de la vida.

Un viaje de emociones –ilusión, ganas, desencanto, sorpresa, aturdimiento, dolor, esperanza, futuro, sonrisa,…-  a cuyo servicio se pone todo el reparto para hacer del trayecto de hora y media una atmósfera única en la que sienten y viven tanto ellos como sus espectadores. Quizás te llegue, quizás no, pero probablemente sea más por lo que lo en ti pueda calar lo que allí se cuenta –por tus experiencias, tus prejuicios o tu capacidad de concebir otras maneras de vivenciar- que porque los actores te puedan resultar más o menos completos en su trabajo de recreación de alguien tan normal y tan auténtico, tan anodino y tan especial como cualquiera de los que van a verles en cada función.

El encanto de un cruce casual de miradas; el de mirar por la ventana en un día de lluvia o recibir la luz del sol en el rostro en un día de invierno; el de pasar las primeras páginas de un libro al comenzar su lectura o el de escuchar a lo lejos la melodía de una canción que por mucho tiempo que pase te sigue enganchando; el de vivir la vida tal y como venga, tomando lo que ella te muestre y ofreciéndole tú todo lo que eres; carpe diem, eso es “Amores minúsculos”,  eso es lo que puede ser este título que ya lleva meses en la cartelera madrileña para el que vaya a verla.

“Amores minúsculos”, viernes y sábados en el Teatro Lara (Madrid).

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