Paseando por Bratislava

Al bajar del tren he cogido la impresión de Google Maps que traía para saber cómo llegar hasta el hotel reservado en booking.com y me he puesto en marcha. Fácil y rápido, según el papel un kilómetro cuesta abajo en línea recta y al llegar a una gran intersección con una avenida girar a la izquierda y ahí encontraré el Tatra Hotel, a las puertas del casco histórico de la ciudad. Todo pensado para aprovechar el día, ayer Viena, hoy aquí y mañana a Budapest.

Durante el trayecto desde Viena, en un momento determinado ha sonado el móvil, era un sms anunciándome las tarifas de roaming en Eslovaquia. En ese instante he pensado que estaba pasando el telón de acero y entrando en la antigua Europa comunista. ¿Cuánto de aquel mundo seguiría aún presente en las calles de esta ciudad? Primera impresión, la estación del tren: tan solo ocho andenes, sin escaleras mecánicas para acceder a la terminal, con poca luz, oscura, todo hormigón, llena de carteles en –supongo- eslovaco y poca información en inglés,… Segunda impresión, salir a la calle y cabecera de varias líneas de autobuses urbanos: vehículos como los que recuerdo haber visto cuando era niño en Madrid y marquesinas de por aquellos entonces, el punto que se supuso debió ser el de las llegadas de los tranvías y que por su aspecto parece abandonado,…

Mientras comenzaba a seguir el camino, pensaba que me encontraba en lo que en su día fue la Europa del otro lado, no había más que ver los edificios residenciales que encontraba, también todo hormigón como la estación, sin elemento decorativo alguno, ni color, todos iguales, como cubos, como feas cajas de zapatos. La estética soviética era la total falta de estética, sin belleza ni deleite visual alguno en lo que rodeaba a la gente para anestesiarles mentalmente, que se quedaran sin estímulos, y así programarles y dirigirles en base a sus criterios y doctrinas.

En esta disquisición conmigo mismo estaba cuando he visto que la caída del muro de Berlín sí llegó, un sex shop al otro lado de la calle, y otro más unos metros más allá. Los locales cerrados, pero los neones bien en su sitio, así que supongo que negocios operativos, seguro que hasta boyantes. Más allá en el horizonte se ven edificios modernos, acero y cristal, con grandes logotipos de empresas de telecomunicaciones sobre ellos, el capitalismo aquí parece que llegó de las manos de los alemanes.

Me oriento bien, pero como en la calle no veía ningún nombre en ningún momento y los locales comerciales se veían todos vacíos –sino abandonados- paré a un chico con el que me crucé y enseñándole el mapa le pregunté en inglés si iba bien orientado. De nada me valió, me habló en –deduzco- eslovaco y evidentemente no entendía nada de lo que decía, intercalé tres OK en su respuesta y seguí de frente. Debía estar ya cerca de llegar, a mi izquierda se veía un parque verde –con aspecto de llevar tiempo sin haber sido cuidado por un jardinero- que coincidía con el que se veía en la impresión que llevaba en mis manos.

Estaba en un cruce con una calle más grande de lo que se veía en el mapa, así que para asegurarme he vuelto a preguntar. La mujer con la que lo he intentado tampoco hablaba inglés, pero al menos ella ha puesto en marcha el lenguaje no verbal y me ha indicado una calle perpendicular a por donde venía. Eso no coincidía con la orientación que llevaba en mente, no entendía nada, me he dado la vuelta y en la marquesina del autobús que había al lado me he puesto a mirar el mapa intentando descifrar dónde estaba. He localizado donde creía estar y en esto que ha llegado la mujer y me ha marcado otro punto que no era donde yo tenía el dedo, sino más arriba y a la derecha. A salir de la estación no había ido todo recto en dirección sur, sino todo recto en dirección ¡este! Regla número uno del turista no cumplida, ir preparado para saber ¡dónde llegar! ¡Ay! Bueno, cosas que pasan,… también ese es el encanto del viaje, la improvisación, dejarse llevar, interactuar con los locales,… Todo lo que diga no van a sonar más que a justificaciones. En cualquier caso, ¡qué más da! Modo sonrisa y a seguir con el día en la capital de Eslovaquia.

Caminando por la historia

En diez minutos, y esta vez ya sí que en línea recta bien dirigida he llegado al hotel. El resto de este 6 de agosto ha sido dedicado a la ciudad antigua de Bratislava, a esa que existía mucho antes de que llegaran los soviéticos y construyeran esa parte que he cruzado al salir de la estación del tren. Después de tres días recorriendo el águila que es la ciudad de Viena –ese es el animal que aparece en su escudo-, la capital de Eslovenia podría definirse a su lado como un gorrioncillo por su mucho menor dimensión tanto en extensión geográfica como en la reducida altura y solemnidad de sus edificios.

Con los pocos datos de las sintéticas explicaciones del mapa de la oficina de turismo he paseado por la historia de la ciudad. Fundación en el s. X sobre la colina en la que se sitúa el castillo, un fragmento de la muralla medieval en el casco histórico, iglesias y catedral de planta gótica –en la que se coronó a varios reyes húngaros- y posteriores añadidos en unas y otras de estilo barroco o neogótico, palacios rococó y neoclasicistas con fachadas de color (crema, rosa o verde), el lugar en el que Napoléon firmó la Paz de Presburgo en 1805, y hasta una edificación art nouveau, ¡una iglesia toda ella en color azul! Antiguos palacios, castillos, puertas de la muralla o almacenes que hoy son residencias institucionales (como del presidente de la república), sedes de administraciones públicas (ayuntamiento) o de instituciones culturales (museos o teatros). Todo ello en un espacio peatonal que parece vivir únicamente del turismo y del mundo burocrático, además de distintos edificios públicos, me he cruzado con embajadas de países como España, Francia, Grecia o EE.UU.

El buen tiempo se nota y las calles están plagadas de terrazas en las que disfrutar de la gastronomía nacional (gulas de ternera y limonada para comer, gnocchi y una copa de vino tinto de la región del Danubio para cenar). Lo que tiene un momento concreto del día es la subida al castillo, a eso de las seis de la tarde es el momento ideal para ver cómo el sol da sobre la ciudad histórica que queda a tus pies y el Danubio a su vera, ancho, grande, caudaloso, llegando desde Viena y marchando para Budapest. Pero eso no será hoy que ya cae la noche, sino mañana.

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