Impresiones, anécdotas y ganas de más Marruecos

Llega el momento de dejar Marruecos, se acabó el viaje que he hecho por Tetuán, Chefchaouen, Assilah y Tánger. Toca hacer la maleta, recoger las cosas que traje y guardar también las que he comprado. Vuelvo con poco equipaje extra en la maleta, tan sólo tres pequeños libros, tres obras de teatro marroquíes traducidas al inglés.

Literatura

No conozco nada sobre literatura marroquí ni sobre sus autores,  pero leer teatro es una de mis pasiones, aunque lo haga mucho menos de lo que me gustaría. Me he encontrado con ellas sin buscarlo, surgieron sin más. Las dos primeras en la librería de la antigua legación americana y la tercera en la librería Colonnes, a la que llegué siguiendo los pasos de Paul Bowles. Leyendo sus reseñas me han parecido interesantes, “No man’s land” de Mohammed Kaouti dice ser una predicción del movimiento del 20 de febrero, la versión marroquí de la primavera árabe de 2011, y de Zoubeir Ben Bouchta “Shakespeare Lane”, una reinterpretación de momentos de distintas obras del genial inglés, y “The red fire” que toma punto de partida una historia que el pintor y novelista local Ahmed Elyakoubi contó a Paul Bowles y que este redactaría en inglés bajo el título “The night before thinking”.

Tras haber conocido un poco más sobre él y su vida aquí, de Paul Bowles me voy con ganas de leer “El cielo protector”. Tengo en casa sin ver la adaptación cinematográfica de Bernardo Bertolucci, quizás sea también el momento de desprecintarla y poner el dvd en marcha.

El Reducto

Con la maleta cerrada y la mochila al hombro bajo por última vez en el ascensor estilo colonial del hotel Rembrandt. No será este el hotel que me lleve como recuerdo, será el riad de Tetuán, “El Reducto”. Llegar hasta él callejeando por la medina ya le dio un primer toque de autenticidad, y a este súmale otros como su pequeño tamaño articulado en torno a su bonito patio interior de estilo morisco, la calidez de la decoración de la habitación y el que el hotel en total contara con tan sólo cinco estancias, las vistas desde su azotea, el desayuno que te preparaban al sentarte, la mesa llena de libros en el comedor para hojear y la anécdota de ser uno de ellos “El tiempo entre costuras”, la novela de María Dueñas cuya lectura he hecho coincidir con este viaje para así avanzar entre sus páginas por las ciudades en las que acontece parte de su historia.

Viajando en autobús y en tren

Pagadas las cuatro noches que he hecho en Tánger, salgo a la calle a coger un taxi. En apenas 30 segundos para uno a mi lado, antes de subir y siguiendo el manual del turista precavido le pregunto cuánto me cobrará por llevarme al aeropuerto.

Esta vez sé que voy seguro a mi destino, no como cuando en Chefchaouen me subí al bus para volver a Tetuán. El billete marcaba como hora de salida las 15:15 y a esa hora apareció un autobús, me subí a él rápidamente ya que llovía a mares mientras el resto de los que también debían hacerlo introducían sus equipajes en el maletero. Sube una chica y me dice que ella tiene mi asiento también, le enseño el billete y ella me enseña el suyo. Al ver los dos algo me llama la atención, no son iguales, tenemos el mismo número de butaca, pero el suyo dice que va de Chefchaouen a Fez y el mío que voy de Chefchaouen a Tetuán. ¡Me había equivocado de autobús! ¡Qué momento! Me excusaré alegando que en la estación no había ningún panel indicativo ni avisos por megafonía.

Parecida cara de ¡ay! se me debió quedar en la estación de tren de Assilah al volver para Tánger. Había comprado billete para el tren de las 16:41, llegué media hora antes y pensé que si llegaba otro tren antes lo cogía ya que los asientos no eran numerados. Por la mañana el tren en el que vine de Tánger había parado en la vía 1, y ante, nuevamente, la falta de paneles informativos y de avisos por megafonía supuse que para volver debía colocarme en el otro andén, el 2. Y a eso de las 16:20 oigo la sirena del tren, dejo de leer y miro, están viniendo dos trenes a la vez, cada uno en un sentido. Y el que va en dirección norte, en el que tengo que subir yo ¡es el del otro andén! No hay paso soterrado y el convoy que va hacia el sur me impedía cruzar las vías, imagino que me quedé con cara de pasmado en grado supremo. Una vez se fueron los trenes pregunté al de seguridad cuál era el andén de mi tren, me dijo que el 1 y allí me coloqué y esperé sentado leyendo al que era mi tren. Y leí bastante, tanto como los 50 minutos de retraso con que llegó el tren Oujda-Tánger. La experiencia ferroviaria creció con intensidad al intentar subir al tren, imposible hacerlo en los vagones de segunda clase tal y como me correspondía por mi billete. Iban tan llenos como el metro en hora punta, con los pasillos y los espacios entre puertas repletos de gente de pie. Así que subí en el de primera en el que todo el mundo va sentado en el asiento asignado en su billete, pero como también iba completo, hice el trayecto de pie.

Relativo a los trenes me quedo con las ganas de saber por qué el único colectivo que vi que tenían derecho a descuento en la tarifa, del 50%, eran los periodistas. Cuando viajo llevo conmigo mi carnet de la federación internacional de periodistas, pero estuve lento de reflejos en la taquilla y no llegué a sacarlo. No por el ahorro en el billete, sino por ver la reacción, parto del concepto de que los periodistas en este país son un colectivo controlado. Me lo anoto para la próxima vez que vuelva.

“Hola amigo”

Ya en la terminal del aeropuerto de Tánger me dirijo al mostrador de facturación, en apenas un minuto tengo mi tarjeta de embarque. El personal habla perfectamente español, supongo será un requisito que ha tener en su cv para poder trabajar en el aeropuerto atendiendo a turistas españoles, pero caminando por las calles de Tánger y, sobre todo, de Tetuán, queda patente que hubo un tiempo que en este fue un territorio con amplia presencia del otro lado del Estrecho de Gibraltar. Nombres de establecimientos y antiguas placas de denominación de calles son algunos de los testigos de aquel pasado.

Entre la población, el español básico está a la orden del día entre todos los que te vayan a atender como turista. Enseguida por la cara me identificaban como español  y llegaban los “Hola amigo”, “¿De dónde eres, de Madrid?”, “Yo te enseño la medina”, “Si buscas cosas bonitas yo te llevo”,…, todas ellas ofertas de lo más interesadas. Siguiendo el manual del turista precavido respondía con un “No, gracias” o un “Ya sé, conozco la ciudad”, evitaba la mirada, seguía caminando a mi paso y no respondía a la propuesta de diálogo. En algunos momentos, sobre todo en la medina de Tánger, aceptar este cortejo impuesto por mayores y pequeños fue todo un ejercicio de paciencia, no había calle en que no te libraras y no parecían aceptar un no por respuesta.

Si con el español no puedes hacerte entender, con un francés básico sí que llegas a todas partes. Aunque ha habido algún momento, con gente mayor fundamentalmente, en que al no hablar árabe la comunicación no ha sido posible.

¿Seguridad o control?

Como si fuera un ejercicio simétrico a la llegada hace una semana, paso el control policial para que mi pasaporte quede registrado en el sistema informático del Ministerio del Interior del Reino de Marruecos y en su página 30 pongan el sello de salida.

Será la última vez que vea presencia policial o militar en este viaje, un continuo que me ha acompañado desde el primer día y que parece ser la cotidianeidad del país. En controles de carreteras, en estaciones de autobús y tren, repartidos aquí y allá por el paseo marítimo o el llamado mirador “de los perezosos” en Tánger, en la plaza Hassan II o en la medina de Tetuán y en la de Chefchaouen, en la parada de taxis en Assilah,… Creo no haber pasado por un sitio donde no haya visto hombres uniformados visiblemente colocados.

¿Serán ellos el motivo de la sensación de seguridad que hay en el ambiente? ¿O me equivoco y realmente debo interpretarla como sensación de control? ¿Tendrá algo que ver con los acontecimientos de la llamada primavera árabe en el país en febrero de 2011 o con atentados como el de Marrakech en abril de 2011? ¿O sencillamente ha sido siempre así? Si comparo con mi viaje anterior hace tres años, mi sensación es que la presencia policial y militar en las calles era entonces, igual que ahora.

Comerciantes como Mahoma

Cuando cae la noche das por hecho que las calles se van a vaciar porque ha llegado el momento de hacer vida en casa. Sin embargo, lo que he vivido estos días ha sido todo lo contrario, al desaparecer el sol las aceras se abarrotaban de gente, de familias y grupos de mujeres y hombres jóvenes que parecen estar haciendo vida social.

Mujeres mayores ves pocas, y hombres de mediana edad y mayores ves muchos, pero casi todos ellos sentados en las terrazas de los cafés y salones de té de nombres exóticos como “Salón de Thé Grand Paris” y “Café Saigon” que recuerdan la huella del protectorado francés cuando el referente de modernismo era la antigua metrópoli y sus colonias africanas y asiáticas.

Y junto a aceras repletas de paseantes y terrazas llenas de hombres que miran a aquellos o debaten entre ellos, un comercio que se coloca por todas partes. No sólo se vende en la medina y en los locales comerciales convencionales de las zonas modernas, allí donde hay un hueco en el adoquinado surge una mesa o una manta en el suelo sobre el que se colocan toda clase de artículos a la venta.

–           “Lo que pasó en febrero de 2011 ha hecho que levanten la mano en algunas cosas, hasta entonces, por ejemplo, el tema del comercio se desarrollaba exclusivamente dentro de la medina. Los puestos ambulantes que has visto en la plaza de Hassan II o repartidos por las calles del ensanche antes no estaban”, me decía una española en Tetuán.

–          “Pero si aquí los sueldos son más bajos, ¿quién compra todo esto? ¿de verdad tanta gente puede vivir del comercio?”, preguntaba yo intentando saber dónde estaba el equilibrio oferta-demanda en aquel espectáculo de calles abarrotadas de mercancía exhibida y cantidades ingentes de peatones y potenciales clientes que hasta dificultaban el paso de vehículos.

–          “No sé decirte si se puede vivir o no de ello, pero la realidad es que ahí están un día tras otro desde primera hora hasta bien entrada la noche. El profeta Mahoma era comerciante y supongo que eso es lo que hace que tanta gente elija esta actividad en esta cultura”, y llegada a esta conclusión que sigue pululando en mi cabeza como explicación al porqué del asunto dejamos el tema de conversación.

Surgió la mención a Mahoma con la misma cotidianeidad con que se vive el islam en la vida pública de los países árabes. Esta ahí, es permeable, transversal a todo. De hecho, el estado marroquí tiene en su estructura un ministerio de asuntos religiosos, el Habus. Andas por la ciudad y oyes las llamadas a la oración, paseando por cualquier rincón de la ciudad encontrarás una mezquita en la que hombres y mujeres entrarán por puertas diferentes ya que en su interior sus espacios están completamente separados.

Excepto a determinadas horas del día en la suntuosa mezquita de Hassan II en Casablanca, ningún no musulmán puede entrar a una mezquita en Marruecos. La medida comenzó durante el protectorado francés para que los musulmanes sintieran respetadas sus creencias e identidad y evitar conflictos con la comunidad expatriada, y tras la declaración de independencia se siguió manteniendo la prohibición.

La familia

Ya estoy en la zona de embarque del aeropuerto. Mi entretenimiento aquí es siempre el mismo, ¿a qué otras ciudades habrá vuelos desde aquí? ¿Y cómo será la gente que va a esos destinos? En las próximas horas veo que aparte de a Madrid, hay programados vuelos a Casablanca, París, Lisboa y Bruselas.

Veo personas con look occidental y otros tradicional, una diferencia visualmente mucho más evidente en las mujeres, los colores vivo de sus chilabas, el pañuelo en la cabeza, el hiyab. Entre los que parecen nacionales apenas se ven pasajeros individuales, abundan las familias, y en ellas queda claro como cuando lo ves en cualquier ciudad que hay un cabeza de familia, él, y una encargada, ella, de estar al tanto de los varios hijos que tienen.

Sabores

El vuelo es a las 13:00, mala hora, me veré obligado a tener que pedir algo de la comida de pago del avión. Nada que ver con los zumos naturales de naranja exprimidos en el momento en puestos callejeros que he tomado estos días, el pescado fresco en las terrazas del paseo marítimos de Tánger, el sabroso couscous con pollo que tomé frente a la kasbah de Chefchaouen y en el Restinga de Tetuán o el tajin de verduras en Assilah. Me llevo en el sentido del gusto las distintas clases de preparación de aceitunas que puedo haber probado y descubrimientos como la harira, la tradicional sopa marroquí elaborada a base de carne, tomate y legumbres.

Cenar en el “Populaire Saveur de Poisson” la última noche fue toda una experiencia. Un pequeño local con capacidad para unas 25 personas cerca de la entrada de la medina de Tánger. Llegas y te sientan donde haya hueco junto a otros clientes en sus mesas corridas. No hay carta, menú único servido en fuentes de barro: sopa de pescado, un revuelto a la plancha de sepia, mero y distintos mariscos, a continuación un lenguado a la plancha y marrajo a la brasa. Todo ello acompañado de un rico zumo de frutas que combina frambuesas, pera y frutos secos. Éxtasis para la boca. Y como cierre de postre dos combinaciones de miel, una con copos de avena y frutos secos y otra fresas y granada.

Tres años después

Asiento 17A, he tenido suerte, salida de emergencia, así podré ir un poco más cómodo con las piernas estiradas. Miro el sello de salida en el pasaporte, mismas fecha tres años después que mi anterior viaje a Marruecos, del 26 de diciembre al 2 de enero. Entonces entre 2010 y 2011 en el que fue mi último viaje como guía acompañante de grupos en viajes organizados.

La ruta de aquel tour fue Marrakech-Ourzazate-Erfoud-Fez-Casablanca-Marrakech. La plaza Djemaa el Fna de Marrakech me pareció un auténtico espectáculo en vivo, quedé impresionado al conocer que la medina de Fez la forman más de 9.000 calles en las que viven 300.000 personas, me encantaron los amaneceres en Erfoud a las puertas del desierto, así como cruzar por dos veces el macizo del Atlas y descubrir que en sus zonas altas tiene nieves perpetuas,… Entonces me llevé la impresión que esta es una buena época del año para visitar Marruecos, viniendo del invierno de Madrid, la luz y las temperaturas de hasta 20º en el momento central del día resultan muy agradables.

Después de lo conocido estos días sobre el protectorado español y francés, me quedo con ganas de conocer Casablanca y Rabat, las ciudades en las que está el centro político y económico del país que surgió en 1956. Y si vuelvo a Tánger intentar recorrerla siguiendo las huellas de Delacroix y Matisse, qué vivieron y conocieron, qué sintieron, qué les impactó en esta ciudad y en las demás que visitaron en el país, qué hay detrás de las pinturas que aquí crearon. Me queda como pendiente la experiencia de ir a un barbero local, de repetir la visita a un hamman,…

“Buenas tardes señores pasajeros. El comandante y todos nosotros les damos las gracias por elegir este vuelo con destino Madrid. La duración del vuelo será de aproximadamente una hora.” Ahora sí que sí, con el aviso de megafonía de la sobrecargo puedo decir que la experiencia de este viaje ha llegado a su fin.

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